Trump volvió a ocupar el centro de la semana desde dos frentes distintos. En lo económico, el diésel —ya más determinante que el crudo para la inflación y los rendimientos del Tesoro a 10 años, con un promedio nacional de unos $6.277 el galón— lo llevó a mover fichas sobre impuestos y el suministro ruso, aunque el alivio para los consumidores llega, según los datos, limitado y tarde.
En lo político, declaró que el Partido Demócrata «ya es el partido socialista de América» y pidió incluso cambiarle el nombre por considerarlo «inexacto». Apuntó contra lo que llamó una deriva izquierdista, un adoctrinamiento interno y una agenda que, a su juicio, choca con reglas básicas como la identificación de votantes.
Entre presión inflacionaria y guerra retórica partidaria, Trump definió simultáneamente el pulso de los mercados y el del debate político estadounidense.




