A puerta cerrada o frente a una multitud, Donald Trump repite el mismo libreto: provocar, dominar la conversación y enterrar los problemas bajo más ruido. Esta vez lo hizo en Grand Island, Nebraska, donde defendió el precio que los estadounidenses pagan por su guerra con Irán y dijo ante una multitud que permitir que destruyan Los Ángeles o San Diego sería «un precio muy pequeño».
La escena lo dice todo. Trump no habló de contención, ni de costos, ni de los riesgos para la población civil. Habló como si la destrucción potencial de grandes ciudades estadounidenses y la muerte de millones fueran un detalle aceptable en una guerra que él presenta como propia. Jeffrey Sonnenfeld y Steven Tian sostienen que esa forma de hablar es «peligrosa y cruel».
La reacción fue inmediata. Gavin Newsom calificó a Trump de «desequilibrado y peligroso». Todd Gloria recordó que San Diego «no es daño colateral». Jim Desmond, supervisor del condado de San Diego y veterano de la Marina, dijo que está en desacuerdo con Trump y subrayó que la primera responsabilidad del comandante en jefe es proteger al pueblo estadounidense y al país.
Pero el episodio no vive solo por la frase. Vive por el método. Los autores de la pieza sostienen que Trump obtuvo exactamente lo que buscaba: una jornada entera de televisión por cable analizando qué quiso decir, mientras se diluían otros asuntos que lo complicaban, entre ellos la inflación en alza, el empleo a la baja y su incapacidad para proteger instalaciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio y el Reino Unido.
Según Sonnenfeld y Tian, el giro es deliberado. Cuando un líder convencional enfrenta una mala noticia, intenta cambiar de tema con algo positivo. Trump hace lo contrario: entierra la mala noticia bajo una provocación más grande, más escandalosa y completamente suya. Lo llaman el «Muro de Sonido», una máquina de atención diseñada para saturarlo todo.
La referencia no es nueva en su historial. En enero, dicen, Trump elevó sus amenazas contra Groenlandia, habló de un peligro sin sustento para la seguridad nacional de Estados Unidos, puso unidades de reserva en alerta y amenazó con una invasión militar no provocada y sanciones comerciales contra Dinamarca. También renovó sus burlas sobre convertir a Canadá en el estado 51.
Más tarde, según la misma crónica, ordenó una incursión militar para capturar y extraer al dictador venezolano Nicolás Maduro, con explicaciones que cambiaron de una hora a otra: seguridad nacional, interdicción de drogas, cambio de régimen y aumento de la oferta de combustibles en Estados Unidos. Los autores afirman que esas justificaciones no se sostuvieron frente a los hechos que describen.
El patrón se repitió en Irán. El 22 de junio de 2025, Trump lanzó la Operación Martillo de Medianoche con bombarderos furtivos B-2 y misiles Tomahawk lanzados desde submarinos contra Fordow, Natanz e Isfahán. Declaró que había destruido la capacidad de enriquecimiento nuclear de Irán y eliminado la amenaza nuclear del régimen. La continuación de la capacidad nuclear iraní, escriben, desmintió esa bravata.
También mencionan la Operación Furia Épica, lanzada el 28 de febrero con la promesa de derribar al régimen iraní y eliminar en días a Hamás, Hezbolá y los hutíes. Ocho meses después, sostienen, los combates siguen sin resolución en todos esos frentes.
El escándalo del video generado por inteligencia artificial con los Obama, compartido por Trump en febrero, aparece en la crónica como otro desvío calculado, igual que su intento de rebautizar el Centro Kennedy para las Artes Escénicas y luego amenazar con demolerlo si no podía ponerle su nombre. Para los autores, todo responde a la misma lógica: cuando una derrota política se acerca, el ruido sube de volumen.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El poder de la provocación no está solo en la frase escandalosa, sino en el costo que traslada al resto del país: atención desperdiciada, discusión pública degradada y una Casa Blanca que convierte el escándalo en método. Ese es el precio que paga el contribuyente cuando el aparato estatal se usa para distraer y no para gobernar.
La trastienda de este episodio muestra algo más profundo que una simple torpeza retórica. Cuando un presidente trata la destrucción de ciudades estadounidenses como una variable menor, el principio en juego es la responsabilidad básica del Estado: proteger a su gente antes que alimentar el espectáculo. Si la política se reduce a ruido, el país pierde algo más valioso que un ciclo de noticias: pierde claridad sobre quién manda y para qué.


