Un grupo de investigadores de la Universidad de Antioquia dio un paso que podría cambiar la forma en que se diagnostican y tratan algunos casos de cáncer gástrico en Colombia. La escena lo dice todo: en una enfermedad que en 2024 causó 6.757 fallecimientos en el país, el equipo identificó por primera vez en pacientes de la región un subtipo asociado al virus de Epstein-Barr.
El cáncer gástrico es el que más muertes causa en Colombia. Según cifras de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, en 2024 el país registró 9.010 nuevos casos y 6.757 fallecimientos por esta enfermedad, que ocupa el cuarto lugar en incidencia pero el primero en mortalidad.
Frente a ese panorama, investigadores de la Facultad de Medicina de la UdeA trabajaron con muestras de tejido tumoral de 35 pacientes operados en el Hospital Alma Mater de Antioquia y el Hospital San Vicente Fundación. El objetivo fue identificar y caracterizar en la población antioqueña un subtipo de la enfermedad asociado al virus de Epstein-Barr, descrito hasta ahora principalmente en Asia, Europa y Norteamérica.
Ana María Muñoz Restrepo, médica general de la UdeA e investigadora del Grupo de Gastrohepatología, explicó que la importancia del proyecto está en dejar de extrapolar solo datos extranjeros y empezar a construir evidencia propia, adaptada a la realidad epidemiológica y a los hospitales de la región.
Ese giro no es menor. Para la medicina, contar con información local puede marcar la diferencia entre tratar un tumor con criterios generales o identificar rasgos que orienten opciones más precisas. Los detalles cuentan la historia.
El virus de Epstein-Barr es uno de los más extendidos en el mundo. Se transmite principalmente por la saliva, la mayoría de las personas lo contrae durante la adolescencia y en muchos casos no produce síntomas. En otros, causa mononucleosis infecciosa, conocida como la «enfermedad del beso». Eso no significa, aclaran los investigadores, que quien haya tenido el virus vaya a desarrollar cáncer.
Según Muñoz Restrepo, el cáncer gástrico asociado a este virus es poco común y depende de la interacción de factores genéticos, ambientales e inmunológicos. El equipo no estudió personas infectadas, sino tumores ya diagnosticados, para comprender mejor su biología y encontrar oportunidades de tratamiento.
Mediante una técnica de laboratorio especializada llamada EBER-ISH, el grupo detectó la presencia del virus en el 42,9 % de los tumores analizados. Ese porcentaje no representa la prevalencia general del subtipo en la población, sino la proporción dentro de una muestra seleccionada intencionalmente. Aun así, para los investigadores confirma que este tipo de tumor sí existe en pacientes de la región y que vale la pena buscarlo de forma sistemática.
El hallazgo más significativo fue la descripción del entorno en el que las células cancerosas interactúan con el sistema inmunológico. María Cristina Navas Navas, viróloga y coordinadora del Grupo de Gastrohepatología, explicó que prácticamente todos los tumores estudiados tenían una gran cantidad de linfocitos dentro del tumor, señal de que las defensas del organismo intentan reconocer y atacar las células cancerosas. Al mismo tiempo, cerca de un tercio de los tumores expresaba la proteína PD-L1.
Esa dinámica es la que aprovechan los tratamientos de inmunoterapia, que buscan desactivar el freno que impone el tumor y permitir que las defensas del cuerpo actúen con más fuerza. El estudio abre la posibilidad de que pruebas como EBER-ISH y la evaluación de PD-L1 se incorporen de manera más rutinaria en los laboratorios de patología del país, para identificar qué pacientes podrían beneficiarse de tratamientos específicos antes de iniciarlos.
Pero los propios investigadores insisten en que la mejor herramienta sigue siendo el diagnóstico temprano. La endoscopia digestiva alta permite detectar lesiones premalignas en etapas iniciales, cuando las posibilidades de tratamiento son considerablemente mayores.
Navas Navas concluyó que el pronóstico del cáncer gástrico cambia de manera importante cuando se diagnostica en etapas iniciales. Por eso, además de seguir investigando nuevos tratamientos, dijo que es fundamental fortalecer las estrategias de prevención, acudir al médico ante síntomas digestivos persistentes y promover el diagnóstico oportuno en las personas con mayor riesgo.
Entre los factores de riesgo figuran la infección crónica por Helicobacter pylori, tener más de 60 años, el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados o preservados con sal, el alcohol, el tabaquismo y el sobrepeso.
Para Colombia, la apuesta científica tiene valor práctico: más evidencia local, mejores filtros diagnósticos y, potencialmente, terapias mejor dirigidas. Para el paciente, en cambio, la lección de fondo es más simple y más dura: en una enfermedad tan letal, llegar a tiempo sigue valiendo más que cualquier avance de laboratorio. La burocracia sanitaria puede discutir protocolos; la biología no espera.
Si esta línea de investigación se consolida, el beneficio será doble: para los médicos, que ganan herramientas; y para los enfermos, que podrían evitar tratamientos a ciegas. En un sistema donde cada mejora diagnóstica puede ahorrar sufrimiento y recursos, el valor real está en convertir ciencia local en decisiones clínicas concretas.

