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Investir en científicos, no solo en ciencia: la apuesta que puede disparar descubrimientos y empresas

El debate no es solo cuánto dinero recibe la investigación, sino a quién se le entrega. TIME defiende que apoyar a los científicos, con fondos sin restricciones, amplía la libertad para explorar y puede acelerar avances, empresas y talento.
viernes 9 de octubre de 2026

La escena lo dice todo. Mientras una parte del debate público celebra los hallazgos visibles, Nicholas B. Dirks pone el foco en el proceso que casi nunca recibe aplausos: la curiosidad, los tanteos, los falsos arranques y la paciencia que sostienen el trabajo científico.

Su argumento es simple y directo: la investigación no avanza en línea recta. A menudo arranca con una intuición, deriva hacia preguntas nuevas y termina abriendo caminos que nadie había previsto. El ejemplo que menciona es graphene, nacido de una investigación tangencial en la University of Manchester y hoy presente en equipos médicos, electrónica, baterías y raquetas de tenis.

El punto de fricción, dice Dirks, aparece cuando instituciones públicas y universidades deben decidir qué proyectos financiar antes de saber adónde llegarán. En ese terreno, los científicos jóvenes quedan en desventaja. Son, a su juicio, los más creativos y productivos al inicio de su carrera, pero también los que menos apoyo financiero reciben para desplegar su potencial.

Ahí entra el giro que propone: no solo financiar proyectos, sino personas. El autor sostiene que la financiación sin restricciones es una inversión en el individuo, porque reconoce talento, juicio, curiosidad y potencial de largo plazo. Ese dinero, afirma, puede servir para comprar equipos, contratar personal o explorar una nueva línea de investigación sin la camisa de fuerza de un proyecto cerrado.

También presenta un argumento de libertad personal. Según Dirks, esa ayuda puede aliviar la ansiedad por el alquiler, permitir unas vacaciones familiares muy necesarias o simplemente reducir la presión financiera para que los científicos tengan más tiempo para pensar.

Ese modelo, dice, está en la base de los Blavatnik Awards for Young Scientists. Los galardonados reciben becas de entre 15.000 y 250.000 dólares, descritas como las mayores entregadas a científicos en etapas tempranas de su carrera. Y, crucialmente, no tienen condiciones: cada premiado decide cómo y dónde ese dinero puede generar el mayor impacto para su trabajo.

La experiencia que cita no se queda en la teoría. De acuerdo con Dirks, los receptores del Blavatnik Award han creado más de 50 empresas, con un valor combinado superior a 40.000 millones de dólares. Entre esos casos aparecen Amprius, Editas Medicine y Revolution Medicines.

Pero el autor insiste en que el retorno comercial no es la única medida de éxito. También cuenta un descubrimiento que cambia la manera de entender el mundo o abre un campo entero de investigación. En su marco, el dinero sin condiciones no es solo dinero: es margen para experimentar, persistir y asumir riesgos que la burocracia muchas veces ahoga.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en la que se consolidó una idea sencilla, pero incómoda para los sistemas de financiación: apoyar solo las certezas deja fuera buena parte del progreso. La libertad de investigar no nace del formulario perfecto, sino del espacio para equivocarse, corregir y seguir.

El desenlace deja una lección que trasciende el ámbito académico. Si el financiamiento público y universitario premia únicamente lo que puede justificarse de antemano, empuja a los científicos hacia lo seguro y castiga la exploración. Y cuando eso ocurre, pierde la innovación, pierde el talento y pierde el ecosistema que convierte una intuición en una empresa, un hallazgo o una tecnología útil.

La lectura de fondo también importa para quienes creen en el mercado y en la creación de valor. El dinero bien asignado no es un premio simbólico: es una herramienta para liberar capacidad humana. Cuando la burocracia decide demasiado, se reduce el espacio para el mérito, la iniciativa y el descubrimiento. Cuando se confía en el científico, no solo en la ciencia ya empaquetada, se abre la puerta a avances que todavía no saben cómo llamarse.

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