El Palacio de los Deportes quedó en oscuridad absoluta pasadas las 21:00 horas. Una «R» apareció en las pantallas, sonó «Odisea 2001» y cinco bailarinas entraron junto a los músicos antes de que Robbie Williams apareciera ante 18 mil fans.
«Buenas noches, me llamo Robbie maldito Williams, esta es mi banda, este es mi trasero, espero que estén emocionados porque yo lo estoy», dijo mientras bailaba y se quitaba su característica chamarra roja. Desde el arranque, el concierto se presentó como un acto calculado para mantener al público dentro de una misma corriente de energía.
Después de «Rocket», Williams tomó el micrófono para saludar en español y preguntar la traducción de «entertainment», con la intención de explicar qué significa para él seguir en la ruta después de tantos años. «Dicen que el entretenimiento es hacer que las personas sientan algo y a veces me pregunto si todavía lo hago. Mis mejores días quedaron atrás; luego los veo y recuerdo por qué sigo aquí. No es la fama, no es el dinero; es porque tengo cuatro hijos y tengo que salir de casa. Los amo, pero ya saben», señaló.
A partir de ahí, el show se movió entre la complicidad y el despliegue. «Rock Dj» encendió otra vez el recinto, y Williams bajó hasta algunos afortunados que pudieron tenerlo frente a frente mientras cantaba. Brincando, riendo, hablando en español y haciendo chistes, sostuvo una sonrisa casi permanente durante buena parte de la noche.
El británico también aprovechó para hablar de su película «Better Man». Preguntó si los presentes la habían visto y luego explicó que la cinta muestra solo una parte de su vida, hasta los 27 años. «Mi vida empezó otra vez cuando conocí a mi esposa», dijo. Añadió que antes de su familia estaba perdido, que era exitoso pero perdido, y que sus hijos y su esposa «salvaron» su vida antes de «Love My Life».
Más tarde, presentó a un invitado especial: Omar Chaparro. «Damas y caballeros, tocó la guitarra conmigo hace 20 años y ahora cantará conmigo, Omar Chaparro, viva México», anunció antes de seguir con el repertorio. El público respondió con un coro de «Robbie, Robbie, Roobie», que desde el escenario fue devuelto con un «México, México, México».
Williams también recurrió al humor para jugar con sus propias referencias. Invitó a Tom de The Lottery Winners y pidió canciones que el público no conociera para su setlist, aunque enseguida soltó fragmentos de éxitos como «Angels» en versión acústica. Cuando sonó «Wonderwall», contó que se ofreció para ser vocalista de Oasis y fue rechazado por Noel Gallagher. «Se rio y colgó el maldito teléfono», relató antes de cantar parte del tema.
En otro tramo, ya en un vestuario rosa y detrás del piano, invitó a sus fans a dejar de intentar ser cool. «Yo nunca he sido cool; simplemente mi cara parece, ¿cuál es la palabra en español?, constipado; basta, solo parecen tontos tratando de ser cool», dijo.
Las bailarinas regresaron en vestidos dorados y el escenario se transformó otra vez para que interpretara «New York, New York» en una especie de acto de circo. Luego llegó una dinámica en la que cada miembro de la banda tocó una canción para que el público decidiera si «es buena o un pedazo de mierda». Sonaron «Seven Nation Army», «YMCA» y hasta «Hey Jude», con aplauso general de las 18 mil personas presentes.
Antes del cierre, Williams bajó de nuevo para cantar «She’s the one» a una fan llamada Leila. «Le voy a cantar una canción a una afortunada mujer, creo que la encontré, serás tú, dime tu nombre, no importa, ¿de dónde eres?, tampoco importa, lo único que importa es que estoy aquí», dijo.
En el tramo final, volvió sobre su historia familiar. Recordó a su padre, comediante y músico, y contó que la noche anterior a un concierto le dijo: «Hijo, Dios me hizo un gran hombre, pero a ti te hizo el mejor del mundo». Mientras la melodía seguía, fotos de sus hijos aparecieron en la pantalla, presentados uno por uno como el pilar de su renacimiento.
La escena lo dice todo. Lo que Williams ofreció en el Palacio no fue solo una sucesión de canciones, sino una demostración de control del escenario y de lectura exacta del público. En una época en la que muchos espectáculos se consumen como producto rápido, él apostó por el relato, la confesión y el oficio.
Para el público, el desenlace fue claro: una noche de nostalgia bien administrada, humor y cercanía. Para un artista que insiste en que sigue de gira no por la fama ni por el dinero, sino por algo más íntimo, el resultado fue el mismo de siempre cuando el show funciona: el escenario mandó y el recinto respondió.


