Años después de aquellas vivencias que marcaron a fuego a la farándula nacional, Román Martínez trazó un camino muy distinto al de la exposición mediática. Hijo de Pedro Julio César Martínez, histórico galán recordado como Adrián «El Facha» Martel, vive desde hace tiempo en Miami junto a su esposa Jennifer y sus hijos Tomás y Benjamín.
Hoy trabaja como agente inmobiliario, una actividad que lo mantuvo lejos de los flashes y de los vaivenes del espectáculo argentino. La escena lo dice todo: mientras la memoria pública lo sigue vinculando a una familia atravesada por el show y sus tragedias, él eligió una rutina familiar y laboral en Florida.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. En distintas entrevistas a lo largo de los años, Román repasó su infancia y reconstruyó el verano de 1988 en Mar del Plata, una temporada que quedó grabada en la memoria colectiva como una de las más oscuras del espectáculo. Tenía apenas nueve años y pasaba los fines de semana con su padre en un entorno donde las figuras públicas convivían de cerca con los códigos de la época.
Esa cotidianeidad estalló por el aire con dos tragedias consecutivas: el femicidio de Alicia Muñiz a manos de Carlos Monzón, que se hospedaba transitoriamente en la misma casa, y poco después la caída fatal de Alberto «El Negro» Olmedo desde el piso 12 del edificio Maral 39.
Román recordó los vestigios en el garaje, la presencia policial y la personalidad que describía como excéntrica e inquietante de Monzón. Sobre Olmedo, lo retrataba como un hombre sobrio y reservado en la intimidad. Esa pérdida no solo significó un golpe anímico para el Facha, sino también un derrumbe laboral abrupto del que su padre nunca pudo reponerse por completo.
El otro eje doloroso de su historia familiar fueron las adicciones. Con los años, el propio actor le reconoció a su hijo el peso y la condena de la cocaína, un consumo que lo marginó de las grandes producciones y lo obligó a buscarse la vida en circos o changas, pese a la ayuda de amigos del medio como Jacobo Winograd o Guillermo Marín.
«Si no hubiese consumido, lo tendría conmigo hoy», reflexionó Román en 2022 en diálogo con LA NACION, con la angustia de una cuenta pendiente que quedó trunca tras el fallecimiento de su padre en febrero de 2013, cuando no llegaron a concretarse las gestiones para radicarlo en Estados Unidos.
Aunque recibió propuestas para incursionar en la actuación, Román las rechazó por temor a la fragilidad de la exposición pública. Prefirió forjar su propio destino con esfuerzo cotidiano, en rubros que fueron desde la electricidad y la construcción hasta la conducción de aplicaciones de transporte.
Ese recorrido habla de una decisión que vale por sí sola: salir del ruido, trabajar y construir patrimonio lejos del circuito que lo vio nacer. Hoy, consolidado en Florida con su empresa inmobiliaria, acompaña de cerca los primeros pasos artísticos de su hijo mayor, intentando equilibrar la herencia familiar con la tranquilidad y el resguardo de los suyos.
En tiempos en que la notoriedad suele presentarse como un fin en sí mismo, la historia de Román Martínez deja una lección incómoda para el mundo del espectáculo: la vida privada, el trabajo sostenido y la independencia económica también pueden ser una forma de triunfo. Frente a una cultura de la exposición permanente, su desenlace favorece otra escala de valores, más ligada al esfuerzo individual que a la dependencia del aplauso.
Y ese giro importa. Porque detrás de la anécdota familiar aparece una idea que el mercado entiende mejor que la farándula: la posibilidad de rehacer una vida sin pedir permiso al aparato del espectáculo. La libertad de elegir oficio, ciudad y ritmo propio vale más que cualquier fama heredada.


