Joe Manganiello sacó a la luz una versión más áspera del final de su matrimonio con Sofía Vergara y la puso en el centro de sus memorias Bloodlines, que saldrán a la venta el 13 de octubre de 2026. El actor, de 49 años, afirma que atravesó una enfermedad autoinmune durante siete años, sin diagnóstico definitivo, y que ese proceso terminó marcando su relación de pareja.
Los fragmentos difundidos por People y citados por otros medios describen una historia de deterioro físico prolongado. Manganiello contó que, poco después de casarse en 2015, comenzó con dolor abdominal severo, úlceras en el tracto digestivo, fiebre, erupciones con ampollas, dolores de cabeza, fatiga crónica y sangrado rectal. También afirmó que perdió 27 kilos, se sometió a numerosas colonoscopias y en 2016 fue intervenido de urgencia, cuando le extirparon parte del intestino.
En sus memorias, el actor insiste en que nunca obtuvo una explicación concluyente para lo que le ocurría. Dijo que los médicos lo trataron con medicamentos para el dolor nervioso y fármacos habitualmente usados contra la enfermedad de Crohn y la colitis, pero que ninguno funcionó. Para controlar el dolor, recurrió a hidrocodona, parches de fentanilo y marihuana, y admitió que eso puso en riesgo sus 13 años de sobriedad.
La parte más delicada del relato es la que toca la intimidad de la ruptura. Manganiello aseguró que su relación con Vergara se volvió «completamente carente de emotividad» mientras avanzaba la enfermedad. Según su versión, la actriz se negaba a abrazarlo incluso cuando él se lo pedía y llegó a burlarse de Bubbles, una chihuahua que había adoptado en 2019 en un momento en que contemplaba el suicidio.
«Tuve que regalar mi arma porque no dejaba de pensar en ella, y después llegó la perrita. Pasé de ser el paciente a ser el cuidador», contó el actor en los fragmentos difundidos. También dijo que su matrimonio se fue rompiendo porque no podían formar una familia y porque, tras varios intentos fallidos de fertilización in vitro, él había descartado la paternidad ante su estado de salud.
En ese punto, Manganiello contradijo de manera directa la explicación que Vergara había dado tras la separación. En una entrevista con El País de España, la actriz dijo que el matrimonio terminó «porque mi marido era más joven; él quería tener hijos y yo no quería ser una madre mayor». El actor respondió en el libro que renunció a esa posibilidad por su enfermedad y que temía morir y dejar a Vergara con un hijo «que no fuera biológicamente suyo».
«Se dijeron y se publicaron cosas sobre mí que eran falsas», afirmó al justificar por qué decidió contar su versión. La frase condensa el tono de un libro que no solo repasa una crisis médica, sino que también intenta corregir el relato público sobre el divorcio.
Manganiello dijo además que exploró alternativas no convencionales ante la falta de diagnóstico. Viajó a Cuba, donde un curandero le hizo lamer la glándula pituitaria de la calavera de una cabra, y más tarde consultó a un chamán en Santa Mónica, quien atribuyó su padecimiento a un trauma generacional. El actor vinculó esa idea con su historia familiar: mencionó que su bisabuela perdió a nueve hijos durante el genocidio armenio y que su abuela padeció lupus.
Hoy, según sus propios dichos, está libre de síntomas y ya no toma medicamentos. Tras una cirugía de seguimiento para reconectar su tracto digestivo, aseguró que dejó toda la medicación y que se encuentra comprometido con Caitlin O’Connor, a quien conoció después de presentar la demanda de divorcio de Vergara en 2023.
La escena lo dice todo: una separación de celebridades que, en el fondo, está atravesada por enfermedad, dependencia médica y decisiones familiares tomadas bajo presión. Pero también deja una lección más amplia sobre la fragilidad de la vida privada cuando el relato público lo domina todo.
Para el lector, el desenlace importa por algo más que el morbo de Hollywood. Cuando una ruptura se explica a medias, el costo no lo pagan solo los protagonistas: también queda expuesta la facilidad con la que se simplifica el sufrimiento ajeno. Y allí hay un principio en juego que vale fuera del espectáculo: la verdad personal, como la salud, no debería quedar secuestrada por la versión más cómoda del momento.


