Esta semana Trump ocupó el centro de la conversación global desde dos frentes opuestos. Mientras el Pentágono destruía tres petroleros iraníes en la escalada por el estrecho de Ormuz —respondiendo a un intento de ataque con misiles contra buques estadounidenses bajo la doctrina del «costo económico»—, el propio presidente restó importancia al conflicto, a semanas de las elecciones de mitad de mandato. Esa misma indiferencia calculada contrastó con el revuelo doméstico: una foto suya tras aterrizar en Bedminster, con el pelo teñido de castaño, desató memes y teorías durante horas, en una semana que por lo demás transcurrió entre golf y un gorro rojo, sin que el misterio se resolviera. La yuxtaposición resume su influencia: capaz de bajarle el tono a una guerra naval que compromete el 20% del petróleo mundial y, al mismo tiempo, de secuestrar la atención pública con un detalle estético. Pocas figuras logran esa doble gravitación en los mismos siete días.

















































































