La escena lo dice todo: dos congresos pedagógicos, uno junto al otro, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Panamá 2026. Uno reunió a bibliotecarios. El otro, a docentes. Ambos, según relata un análisis publicado en La Prensa, coincidieron en un mismo punto de partida: la lectura, la escritura y la oralidad deben ser prioridad de Estado, y hoy no lo son con la fuerza necesaria.
El texto no habla de falta de leyes. Panamá ya cuenta con ellas. La Constitución de la República, la Ley General de Cultura (Ley 175 de 2020) y la Ley de Bibliotecas Públicas (Ley 331 de 2022) forman, según el artículo, el andamiaje jurídico sobre el que debería sostenerse una política de lectura. A eso se suman, en camino, el Plan General de Culturas y el Plan Nacional de Lectura Escritura y Oralidad.
El problema, sostiene el análisis, no es normativo sino operativo: el sector educación y el sector cultura trabajan «desde islas». Se invierte en inteligencia artificial, laptops y conectividad, pero se resiste la idea de que sin articulación interinstitucional no hay desarrollo cultural ni acercamiento real a los libros. Es un diagnóstico incómodo para cualquier administración que mida su gestión en anuncios tecnológicos: la comprensión lectora, advierte el texto, «no es coyuntural, sino estructural» y no se resuelve con campañas, entrega de laptops, ferias de libros o concursos de deletreo.
Los detalles cuentan la historia de lo que sí funciona en otros países, según el artículo: volver al libro físico frente a la pantalla, fortalecer la biblioteca escolar, sostener políticas de lectura coherentes en el tiempo y enseñar a leer y escribir con criterio crítico desde el aula. Nada de eso, subraya el texto, depende de más gasto discrecional, sino de que las instituciones que ya existen —escuela y biblioteca pública— dejen de operar en paralelo y empiecen a funcionar como un mismo ecosistema.
El artículo describe a la biblioteca pública y a la biblioteca escolar como dos caras de una misma moneda: la primera ancla la lectura en la estructura comunitaria y social; la segunda, en la estructura pedagógica. Juntas, sostiene, crean los escenarios donde se forman lectores. Separadas, cada una pierde alcance. De ahí la advertencia central del texto: sin programas de articulación entre ambas, la inversión legal y presupuestaria hecha hasta ahora rinde por debajo de su potencial.
Hay, además, un llamado explícito a la estabilidad institucional por encima del calendario político. El análisis pide que esta arquitectura interinstitucional esté «blindada por marcos legales permanentes que sobrevivan a los vaivenes de la política partidista cada cinco años». Es, en esencia, un reclamo de continuidad de Estado frente al riesgo de que cada nueva administración reinicie el esfuerzo desde cero, algo que en Panamá ya tiene, según el propio texto, respaldo constitucional y legal esperando ser ejecutado con coherencia.
El cierre del artículo original resume el reclamo con una frase que apunta directo al debate presupuestario: la lectura debe asumirse «como una inversión en ciudadanía y no como un gasto accesorio». Es la clave de todo el planteamiento. No se trata de crear más burocracia cultural, sino de que la que ya existe —bibliotecas, escuelas, planes nacionales aprobados o en trámite— deje de competir por atención y presupuesto y empiece a coordinarse bajo objetivos medibles.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de feria, cuando dos gremios que deberían hablar el mismo idioma —el de la lectura como derecho y como base de la participación ciudadana— se reunieron en salas separadas para llegar, por caminos distintos, a la misma conclusión. El diagnóstico no acusa a nadie por nombre ni denuncia un escándalo puntual: describe una falla de diseño institucional que, de no corregirse, seguirá drenando recursos públicos sin traducirse en mejores resultados en el aula.
Esa es, en el fondo, la lectura que más debería importarle al contribuyente panameño: no cuánto se gasta en cultura y educación, sino si ese gasto está organizado para producir algo. Las leyes existen. Los planes están en camino. Lo que falta, según la propia trastienda del debate documentado en la feria, es la voluntad de ejecutar con disciplina lo que ya está escrito en la ley, en lugar de sumar programas nuevos cada cinco años. Ese es el desenlace pendiente: convertir el marco jurídico en resultados verificables, no en otro anuncio de feria.



