La sala de juntas de la Cámara de Comercio de Bogotá no tiene nada de escenario, pero ahí se decide buena parte de lo que suena en los parlantes de la región. Violeta Parra De Moya, historiadora del arte convertida en gestora cultural, lleva más de una década diseñando estrategias para que la música y el audiovisual colombianos dejen de ser solo talento y se conviertan en negocio. Su currículo incluye el BAM, plataforma para artes visuales y cine, y el BOmm, el Bogotá Music Market que este año llega a su edición número 15.
La cifra no es menor: quince años de continuidad en un sector que, según Parra, ha cambiado de piel varias veces. El evento se celebra del 8 al 11 de septiembre y, por primera vez en su historia, abre sus puertas a proyectos y artistas internacionales. La escena lo dice todo: lo que empezó como «un encuentro de nicho mediano», en palabras de su directora, hoy convoca a más de 3.000 personas diarias, un volumen que ella misma describe como «casi un evento masivo».
El giro no es solo de tamaño sino de naturaleza. «Bogotá hoy no solamente es un espacio para encontrar talentos, también un destino para ofertar y demandar», explicó Parra a Arcadia, la revista cultural de Semana. Traducido a números de negocio: la ciudad deja de ser únicamente vitrina de exportación y empieza a funcionar como mercado de doble vía, donde también se compra.
Detrás de esa apuesta está la Cámara de Comercio de Bogotá, la entidad gremial que sostiene el BOmm y que, según Parra, entendió «muy rápido» el valor económico de la cultura hace casi 23 años, cuando decidió involucrarse en el sector. No es un matiz menor: quien mueve la maquinaria del mercado musical bogotano no es un ministerio, sino un gremio empresarial que mide el ecosistema cultural en términos de industria y de negocios reales detrás de los artistas.
Para entender el presente hay que volver a los argumentos que Parra despliega sobre el lugar de Colombia en el mapa regional. Según ella, el país es «seguramente» el segundo mercado musical más importante de Latinoamérica, detrás de México, que le lleva ventaja en trayectoria. Pero en un terreno específico, el del talento, Parra va más lejos: «En talento, creo que somos el primero», afirmó, atribuyéndolo a la combinación de una nueva generación de artistas, figuras consagradas y una red de profesionales con más de veinte años de trabajo conjunto, con vínculos directos con Miami, México, Argentina y Europa.
Los detalles cuentan la historia de una industria que, según su propia gestora, ya no depende solo de la creatividad individual sino de un tejido profesional consolidado: managers, sellos, bookers y programadores que llevan dos décadas agremiándose. Parra también apunta a la escena electrónica como próxima apuesta de especialización, con el modelo francés como referencia, y a la necesidad de «agrandar la capa media de la música», es decir, el escalón de artistas que ya superó la etapa emergente pero todavía no llega a las grandes ligas.
Nada de esto ocurre en el vacío institucional. Parra encabeza el área de Industrias Culturales y Creativas de la Cámara de Comercio de Bogotá, un cargo que ella misma describe como «un gran honor y un privilegio», pero también como una responsabilidad de continuidad: sostener quince años de un programa exige, dice, escuchar constantemente «lo que necesitan la música, los profesionales y los artistas» para traducirlo en estrategia.
El desenlace de esta edición número 15 se medirá en los próximos meses, cuando se sepa cuántos de esos proyectos internacionales cierran negocios reales en Bogotá y cuántos artistas colombianos logran, por primera vez, vender su música a compradores que antes solo venían a mirar.
Que sea una cámara de comercio, y no un despacho ministerial, quien mida el pulso del sector cultural colombiano dice algo sobre dónde ha estado la eficacia en este caso: en la lógica de mercado, redes profesionales y capital gremial, no en el subsidio estatal. El BOmm crece porque hay negocio detrás, y ese negocio, según su propia directora, ya compite con México por el liderazgo regional. La apertura a talento extranjero es la prueba de que Bogotá apuesta a jugar de local y de visitante en el mismo mercado.
Si la industria musical colombiana logra consolidarse como receptora y no solo como exportadora de talento, el mérito, a juzgar por lo que cuenta su gestora, habrá sido de veinte años de trabajo en red y de una entidad empresarial que entendió antes que muchos gobiernos que la cultura también es una cuenta de resultados.



