En el estudio de La Fórmula Podcast, sin bata ni consultorio, Daniel Pérez habla como quien lleva años acumulando la misma frustración. Es cardiólogo, formado para destapar arterias y salvar infartos, pero hace cinco años decidió correrse un paso atrás en la cadena de la enfermedad. Su pregunta, dice, empezó en el quirófano: veía pacientes recién operados —«de René Favaloro o de otro cirujano»— con cuatro bypass encima, y se preguntaba de dónde venía todo eso.
La respuesta, sostiene, estaba en la biología misma del daño. «El proceso aterosclerótico, que en general suele ser difuso, extenso y progresivo a lo largo de la vida, se va gestando de a poco», explica. Las enfermedades crónicas —cáncer, diabetes, cardiovasculares, autoinmunes, neurodegenerativas— no aparecen de un día para el otro: son el resultado acumulado de decisiones y descuidos sostenidos durante décadas. Ahí, dice, está el margen real para actuar: «corregir cuestiones que pueden ser muy sencillas en ese momento y evitar, a futuro, enfermedades muy graves y de alto costo».
La escena que describe es conocida por cualquiera que haya pasado por un chequeo de rutina. Un paciente con el colesterol «un poquito alto» sale del consultorio con un «andá a tu casa, fijate una dieta». Nadie vuelve a llamarlo. Años después, ese mismo paciente tiene un infarto y ahí sí, recién ahí, la medicina convencional despliega toda su potencia: destapa la arteria, opera, salva. «Para eso la medicina convencional es buenísima», reconoce Pérez sin matices. El problema, insiste, no es la medicina que cura sino el vacío que deja entre el diagnóstico leve y la emergencia grave.
Ese vacío es, para él, el terreno de la longevidad como disciplina: la medicina de precisión y regenerativa, el uso de inteligencia artificial para anticipar enfermedades a partir de biomarcadores, las investigaciones sobre reprogramación celular que podrían modificar procesos del propio envejecimiento. Pero baja rápido esas herramientas de vanguardia a un terreno mucho más terrenal: actividad física, alimentación, sueño, gestión del estrés y vínculos. Cinco pilares, dice, al alcance de cualquiera, sin depender de un laboratorio ni de un sistema de salud.
El giro de la conversación llega cuando Pérez cuenta los mensajes que recibe de quienes le responden que él «tiene tiempo» para cuidarse y ellos no. Su respuesta es tajante: «¿Pero vos para qué tenés tiempo? ¿Qué es lo que vos podés hacer? ¿Con qué te comprometés vos?». Ahí traza la línea que atraviesa toda la entrevista: la diferencia entre una postura pasiva —«víctimas de nuestros genes, de las cosas que nos pasan»— y la decisión activa de tomar las riendas de la propia salud.
Esa distinción no es menor si se mira el resultado que describe: gente que llega a edades que antes nadie alcanzaba, pero en un estado «al que uno no querría llegar: frágiles, dependientes y con enfermedades crónicas». Vivir más, advierte, no es lo mismo que vivir bien, y la brecha entre ambas cosas se agranda cuanto más tarde se empieza a actuar.
Pérez también hace una advertencia sobre el terreno en el que se mueve: reconoce que circula mucha información sobre suplementos, ayuno intermitente o VO2 máx que no tiene respaldo científico, y pide distinguirla de la que sí lo tiene. No todo lo que se dice sobre longevidad, avisa, merece el mismo crédito. Su mensaje de cierre, sin embargo, es sencillo y deliberadamente accesible: nunca es tarde para empezar, y hacer un poco es mucho mejor que no hacer nada.
La entrevista no toca política ni presupuestos públicos, pero su lógica de fondo tiene un eco que va más allá del consultorio. Cada vez que Pérez insiste en que el paciente debe dejar de esperar instrucciones y empezar a decidir por sí mismo, está describiendo, en el lenguaje de la salud, una idea que también es económica: los sistemas que solo reaccionan ante la crisis —sea un infarto o un rescate— terminan siendo más caros y más lentos que los que premian la anticipación y la responsabilidad individual.
Hay, además, una lectura incómoda para cualquier sistema de salud pública que reparta el mismo turno de cinco minutos a quien se cuida y a quien no: si la enfermedad crónica se construye durante años de decisiones diarias, la prevención no es un lujo de quienes «tienen tiempo», como le reprochan a Pérez, sino la forma más barata —para el paciente y para el contribuyente que financia hospitales— de evitar la factura del bypass, la diálisis o la internación prolongada. El cardiólogo no lo dice con esas palabras, pero su diagnóstico apunta en esa dirección: cuidar la propia salud es, también, una forma de no depender de que otro venga a rescatarnos.


