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El bunker de Iara Weich: de tres carreras sin terminar a una marca con locales en dos continentes

La hija de Julián Weich cambió las aulas de Medicina por una feria americana que, seis años después, es una marca de moda circular con tienda en Argentina, tienda en España y más de 124 mil seguidores.
Imagen ilustrativa
domingo 6 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo: dos amigas, un puñado de prendas que ya no usaban y una feria americana improvisada. Nadie en ese momento imaginaba que ahí empezaba un negocio con locales en dos continentes. Esta es la historia de esa decisión.

Iara Weich, hija del conductor Julián Weich, probó tres caminos universitarios antes de encontrar el suyo. Empezó Medicina, luego Administración de Empresas y después Publicidad. Ninguna de las tres terminó por convencerla. Según relatan las fuentes de su entorno, fue después de la pandemia cuando notó que el consumo de moda estaba cambiando: la gente empezaba a valorar que las prendas duraran más.

El giro llegó sin plan de negocios ni inversión inicial. Un día organizó, junto a su mejor amiga, una feria americana para vender ropa que ya no usaban. La respuesta del público fue, en palabras de quienes la conocen, muy grande. Ese dato -la reacción espontánea de la demanda- fue el que terminó de convencerlas de que había un mercado real detrás de la idea.

De la feria pasaron a organizar ventas con prendas de amigos, familiares y conocidos, a quienes les daban un porcentaje de lo vendido. Los detalles cuentan la historia: primero llegó un showroom, después la construcción de una marca con identidad propia. Establecieron reglas de selección -estado, estilo y actualidad de cada prenda- y con el tiempo dejaron atrás la ropa de industria nacional para trabajar con marcas internacionales como Prada, Gucci o Dolce & Gabbana.

El objetivo, tal como lo describen, es doble: que los clientes accedan a prendas de segunda mano cuidadosamente seleccionadas y que esa indumentaria extienda su vida útil en lugar de terminar descartada. El emprendimiento se bautizó Bunker y hoy tiene dos locales físicos -uno en Argentina y otro en España-, venta online y más de 124 mil seguidores en redes sociales.

A diferencia de otros hijos de figuras públicas, Iara mantuvo un perfil bajo. Es, según describen quienes la rodean, la más reservada de sus hermanos y hay poco conocido sobre su vida privada. No maneja las redes sociales de la marca ni busca protagonismo mediático. Fue a través de un posteo de sus propias socias que se conoció cómo es su rol dentro del negocio.

«Con Iaru somos socias, pero principalmente amigas. Hace casi cuatro años que trabajamos juntas, tirando para el mismo lado. Ella es la más ordenada, si se podría decir. La que lleva los números, el orden, está atrás de cada uno de los pedidos y cada una de las tareas», reconocieron sus colegas en ese posteo.

Su función, sin embargo, no se limita a la planilla de números. «A veces le toca pasar ropa, otras responder mails, hacer lo administrativo, pelear con el sistema de gestión, comprar ropa y, obviamente, me estoy olvidando de algunas más», enumeraron sus socias, que también la describieron como alguien que «está siempre al pie del cañón cuidando de nuestro bebé» y que es «la mejor socia» que pudieron elegir, «incondicional como ninguna».

Para entender el presente hay que volver a esa feria improvisada de hace más de seis años. Ahí no había plan estratégico ni capital de arranque: había dos amigas, un lote de ropa usada y un público que respondió antes de que existiera una marca. Ese fue el verdadero capital inicial del negocio.

La trayectoria de Bunker ilustra algo que rara vez se cuenta con estos nombres propios: el apellido famoso no fabricó el negocio, lo hizo la validación de un mercado que decidió, feria tras feria, que estaba dispuesto a pagar por esas prendas. Weich pudo haber elegido la exposición mediática que le ofrecía su apellido; eligió, en cambio, construir algo propio a partir de una idea puesta a prueba por clientes reales, no por subsidios ni por la sombra de la fama paterna.

El desenlace, por ahora, es una marca que exporta un modelo argentino de moda circular a Europa sin depender de ayudas estatales ni de campañas de sustentabilidad impuestas desde arriba: la demanda de los consumidores, que preferían pagar menos por prendas de lujo usadas antes que comprar nuevas, hizo el resto. Es, en pequeña escala, el mismo mecanismo que explica cualquier negocio exitoso: alguien detecta una necesidad no satisfecha y arma, con lo que tiene a mano, una respuesta que el mercado termina premiando.

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