La escena lo dice todo: un paciente recién diagnosticado, una receta con el nombre de un medicamento que existe en el mundo pero no en la farmacia de alto costo del Seguro Social venezolano, y un médico que tiene que explicar, otra vez, por qué la ciencia disponible en otros países no llega a su consultorio. Esa es, en esencia, la historia que este viernes puso sobre la mesa Augusto Pereira, presidente de la Sociedad Venezolana de Oncología.
En entrevista concedida al programa «A Tiempo», transmitido por Unión Radio, Pereira informó que apenas 7% de los pacientes oncológicos tiene acceso a las nuevas tecnologías y tratamientos contra el cáncer en Venezuela. La cifra, dicha sin rodeos, resume un problema que el propio gremio médico viene señalando desde hace tiempo: la brecha entre lo que la oncología moderna puede ofrecer y lo que el sistema público venezolano puede pagar.
«Nosotros tenemos disponibles en el país muchas de las tecnologías, muchos de los medicamentos», aclaró Pereira. Pero inmediatamente matizó el alcance de esa disponibilidad: «Desafortunadamente algunos de estos medicamentos de alto costo no están disponibles a nivel del Seguro Social, en la farmacia de alto costo, pero la mayoría de la quimioterapia convencional sí se consigue, entonces nosotros logramos tratar un número importante de pacientes a nivel de los hospitales públicos».
El matiz importa. No se trata de que en Venezuela no exista ninguna oferta oncológica: existe, y según Pereira permite tratar a un número importante de pacientes con esquemas convencionales dentro de la red hospitalaria pública. El problema aparece cuando la enfermedad exige algo más que quimioterapia estándar.
Para entender el presente hay que volver a esa frontera que Pereira trazó con precisión: la que separa lo convencional, que el sistema logra sostener, de lo innovador, que queda fuera del alcance de la farmacia de alto costo del Seguro Social. Ahí es donde se ubica ese 93% de pacientes que, según sus propias palabras, no llega a las terapias más recientes.
El médico explicó que la evolución de la ciencia ha producido nuevas terapias y medicamentos «de muy alto costo», una tendencia que genera preocupación en el gremio oncológico porque, dijo, «para el paciente es una situación de angustia». No es una angustia abstracta: es la de quien sabe que existe un tratamiento más efectivo, pero que ese tratamiento está fuera de su alcance económico o administrativo dentro del sistema en el que se atiende.
Pereira detalló además hacia dónde avanza la disciplina: la oncología moderna se mueve hacia la terapia personalizada, que requiere estudios moleculares. Esos estudios, dijo, «son de muy alto costo y la mayoría no se pueden hacer en Venezuela». La alternativa —enviar las muestras a laboratorios o instituciones en el extranjero que sí puedan procesarlas— añade otra capa de costo y de tiempo a un proceso donde ambas variables suelen ser decisivas para el pronóstico del paciente.
Los detalles cuentan la historia mejor que cualquier resumen: un país que produce oncólogos capaces de identificar con exactitud qué necesita cada paciente, pero que no puede sostener la infraestructura de laboratorio ni la cobertura farmacéutica que esa medicina de precisión exige. La ciencia avanza en Boston, en Madrid, en Bogotá; la factura de esa ciencia, cuando llega a Caracas, se topa con un Seguro Social que no la cubre.
Esta desconexión no es un accidente técnico aislado: es el resultado de un sistema de salud pública que ha concentrado en el Estado la decisión de qué medicamento se compra, se subsidia o se excluye de la farmacia de alto costo, sin que exista un mercado de seguros privados o de provisión alternativa lo bastante amplio como para llenar ese vacío. Cuando la única puerta de entrada a un tratamiento de alto costo es una farmacia estatal con presupuesto limitado, el resultado es previsible: la mayoría de los pacientes queda del lado equivocado de la estadística que este viernes reveló Pereira.
El desenlace, para el paciente venezolano de cáncer, depende hoy menos de qué tan avanzada esté la ciencia en el mundo y más de qué tan dispuesto esté el aparato estatal a costear esa ciencia o a permitir que otros —laboratorios privados, aseguradoras, redes internacionales— lo hagan en su lugar. Mientras esa discusión no se resuelva, el 7% seguirá siendo, para la oncología venezolana, no una cifra de éxito sino la medida exacta de lo que el monopolio estatal de la salud no logra entregar.



