La escena la describe la propia investigadora: un paisaje de azules y grises, «impresionante y austero», que en menos de dos décadas se ha vuelto menos blanco y más líquido. Melinda Webster, científica del Laboratorio de Física Aplicada de la Universidad de Washington, visita el Ártico al menos una vez al año desde 2009. En algunas campañas permaneció allí hasta cinco meses. Esa cercanía sostiene el estudio que ahora lidera, publicado en Nature Reviews Earth & Environment, y que amplía con entre 15 y 20 años de datos adicionales el registro sobre el hielo marino ártico.
El hallazgo central es aritmético y elocuente: la temporada de pérdida de hielo marino dura hoy aproximadamente siete días y medio más que en 1979. No se trata de un derretimiento más intenso en verano, sino de un retraso en el otoño, cuando el océano tarda más en volver a congelarse. Ese desfase, según el trabajo, es el motor principal de la tendencia registrada en los últimos 50 años.
La explicación física es simple y por eso mismo persuasiva. El hielo marino refleja entre el 60% y el 90% de la luz solar que recibe. El agua oscura del océano, en cambio, devuelve solo el 7%. Cuando el hielo se demora en formarse, el mar abierto absorbe mucha más energía, eleva su temperatura y posterga aún más la congelación. El resultado es un mecanismo de retroalimentación: menos hielo expone más océano, el océano absorbe más calor y el sistema acumula energía con el paso de los años.
El estudio se concentra especialmente en el llamado hielo perenne, el que sobrevive al deshielo del verano y debería persistir de una estación a otra. Un episodio registrado el 31 de julio de 2020 —un témpano de hielo perenne que se derritió por completo, documentado en una imagen atribuida a Webster— funciona como fotografía de ese proceso. Cuando finalmente vuelve el frío, el hielo que se forma es más fino y tiene menos capacidad de resistir la primavera y el verano siguientes.
Hay otro cambio, menos visible pero con consecuencias concretas: la capa de nieve sobre el hielo se volvió más delgada y la superficie, más lisa. Osos polares y focas dependen de esas condiciones para construir madrigueras y criar a sus crías, de modo que la transformación de la textura del hielo golpea directamente su capacidad reproductiva.
Los efectos, según el trabajo, no se detienen en la fauna más visible. Los cambios en la cobertura de nieve y hielo alteran las condiciones de luz para las algas que sostienen la base de la cadena alimentaria marina. Adaptadas a ambientes de escasa iluminación, esas algas «se queman con el sol», en palabras de Webster, cuando disminuyen la nieve y el hielo que las protegían. El deterioro repercute hacia arriba en la cadena alimentaria y abre una pregunta con implicancias económicas directas: menos algas pueden significar menos peces, con el consiguiente impacto sobre la pesca en el Ártico y el subártico.
El trabajo también contrasta las dos regiones polares. El Ártico es un océano rodeado de tierra; la Antártida, una masa continental rodeada de agua. Durante décadas, el hielo marino antártico no mostró una disminución comparable a la del Ártico. Esa diferencia cambió en los últimos cuatro años, cuando la región austral registró pérdidas de hielo marino sin precedentes en los registros disponibles.
Las cifras que aporta el estudio —siete días y medio de temporada de deshielo extendida, un albedo que cae del 60-90% al 7% cuando el hielo desaparece, un calentamiento ártico que ya se sabía era cuatro veces superior al promedio mundial— son datos duros, obtenidos con instrumentos y observación directa durante medio siglo. Eso los distingue de buena parte del debate público sobre el clima, saturado de proyecciones y escenarios que no siempre distinguen entre modelo y medición.
Ahí está, precisamente, el valor y el límite de este tipo de investigación. Documenta con rigor un fenómeno físico verificable —el retraso otoñal en la congelación, su efecto sobre el albedo, la fragilidad de la nieve y el hielo perenne— sin que eso obligue a aceptar sin escrutinio cada receta de política pública que se presenta en su nombre. La pesca del subártico, los osos polares, las focas: son consecuencias reales que merecen atención seria, no eslóganes.
El desafío para quienes deciden políticas —desde cuotas pesqueras hasta regulaciones sobre navegación ártica, donde también se abren nuevas rutas comerciales y oportunidades de inversión con el retroceso del hielo— es separar la evidencia empírica, como la que aporta Webster, de la urgencia retórica que con frecuencia acompaña estos anuncios. El hielo se derrite; eso lo muestran los datos. Qué hacer con esa información, y a qué costo para contribuyentes e industrias, sigue siendo una discusión distinta, que no debería resolverse por decreto ni por pánico.


