El Salón Azul del Senado se llenó este viernes de banderas, marchas militares y ejemplares recién impresos de un libro. Faltó, sin embargo, una frase. Victoria Villarruel, vicepresidenta de la Nación, no dijo una sola palabra sobre los anuncios que horas antes había hecho el presidente Javier Milei en relación a la soberanía de las Islas Malvinas y las medidas al respecto.
La escena lo dice todo. Villarruel, hija de un combatiente del Atlántico Sur y una de las figuras que con más constancia reivindicó la causa Malvinas en su carrera pública, presidió un acto bajo el lema «Malvinas: epopeya nacional» sin hacer ninguna mención a los dichos de su compañero de fórmula. Estaba previsto que tomara la palabra. Decidió no hacerlo.
El evento, organizado por la Dirección Gesta de Malvinas y la Dirección General de Publicaciones de la Cámara Alta, presentaba un libro con el mismo nombre del lema. Villarruel entonó la Marcha de San Lorenzo y la Marcha de las Malvinas, se ubicó frente a los excombatientes presentes y entregó los 50 ejemplares que se obsequiaron. Después, saludó uno por uno a quienes se le acercaron. Nada más.
Un detalle no pasó inadvertido entre quienes siguieron la transmisión: el acto no contó con la presencia de ninguna agrupación de las Fuerzas Armadas. La musicalización estuvo a cargo de la banda de la Policía de la Ciudad. Es sabido que la relación entre Milei y Villarruel es, según describe la crónica del acto, inexistente, y ese vacío institucional en la organización del homenaje no hizo más que subrayarlo.
Quien sí habló fue el director de Gesta de Malvinas del Senado, Nicolás Kasanzew, uno de los organizadores. «Nuestros héroes están aquí. Ellos defendieron las Malvinas con las armas, ahora tenemos que defenderlas con libros. Los libros son un arma, han alterado la marcha de la historia», dijo el funcionario, en un discurso que también apuntó, sin nombrarlo, contra «las mentiras de las declaraciones políticas con respecto a la soberanía de Malvinas en las que no cree quien las pronuncia». Villarruel siguió atentamente sus palabras y gritó «¡Viva!» cuando Kasanzew cerró con «¡Viva la Patria!».
El acto se extendió cerca de sesenta minutos. Se entonaron los himnos y se retiró la bandera argentina, llevada por tres excombatientes: como abanderado, el suboficial mayor (retirado) veterano de guerra de Malvinas Américo Carlos Mayorga, de la Compañía de Comunicaciones 3; como escolta izquierdo, el sargento ayudante (retirado) veterano de guerra Edgardo Daniel González, artillero de los helicópteros Bell de la aviación del ejército en las islas; y como escolta derecho, el soldado conscripto clase 63 Roberto Guillermo Basso, de la Compañía de Comunicaciones 10.
Los detalles cuentan la historia, y hubo uno más que circuló con fuerza entre los presentes: Villarruel llevaba en la solapa derecha un pin que reproducía «el trapo» confeccionado por hinchas argentinos durante el Mundial de fútbol y que mostraron los jugadores de la selección. El mismo pin lo portan los senadores del bloque peronista, ya que fue un regalo del senador Marcelo Lewandowski, quien también le hizo llegar uno a la presidenta del Senado.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en la que el Gobierno buscaba capitalizar políticamente sus anuncios sobre Malvinas y su número dos, en el estrado más simbólico posible, optó por el silencio. La trastienda de ese silencio es la misma de siempre desde que Villarruel y Milei comparten fórmula sin compartir mesa: una vicepresidenta que construye poder propio dentro del propio oficialismo y que, en los hechos, no convalidó públicamente la agenda que el presidente quiso imponer ese día.
El desenlace, por ahora, es ambiguo. Villarruel no criticó a Milei ni desmintió sus anuncios; simplemente los ignoró en el escenario que ella misma eligió para hablar de Malvinas. Pero el gesto, sumado al pin de origen peronista y a la ausencia de las Fuerzas Armadas en un acto que ella presidió, deja una lectura incómoda para la coalición gobernante: la fractura entre el presidente y su vicepresidenta ya no se libra solo en los pasillos, sino también en los símbolos que cada uno decide llevar en la solapa.
Para un Gobierno que necesita disciplina interna para sostener el rumbo de ajuste y reformas que exhibe como su mayor activo, cada gesto de distancia de Villarruel —por menor que parezca— erosiona la imagen de unidad que Milei intenta proyectar hacia los mercados y hacia su propio electorado. La causa Malvinas, que debería unir, terminó exhibiendo una vez más la grieta que separa a los dos nombres de la misma boleta.



