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El regreso de Palito Ortega: de Alberto Greco al sample de Ca7riel y Paco Amoroso

Una reposición teatral en el Centro Cultural Borges y un lanzamiento pop coincidieron en la misma semana para revelar cuánto de la música de Palito Ortega sigue circulando, medio siglo después, por los circuitos más inesperados del arte argentino.
Imagen ilustrativa
domingo 6 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. El jueves, en la sala Mercedes Sosa del Centro Cultural Borges, el público que llegó a ver «A mamá (una orestíada vernácula)» no sabía que, esa misma mañana, Ca7riel & Paco Amoroso habían lanzado un nuevo tema. La coincidencia, más que casualidad, terminó siendo el hilo que conecta dos objetos separados por casi sesenta años: la música de Palito Ortega y la vanguardia pop argentina actual.

El sencillo del dúo, titulado «Ha Ha (A Colors Show)», usa como sample la risa seca —«ja, ja», onomatopéyica, casi de cómic— de «La Felicidad», el tema que Palito Ortega grabó en 1967 y que la crónica describe como su «unidad básica». El fragmento aparece en el segmento de Paco Amoroso, el más oscuro del track, que arranca citando las coreografías de Flecha Juventud y termina derivando hacia la estética del Joker.

En paralelo, la obra de Guillermo Cacace —que ya se había montado en 2003 y 2013 y ahora vuelve en 2026— cierra con Orestes estrangulando a su madre Clitemnestra al ritmo de «La sonrisa de mamá», otro clásico de Palito Ortega, esta vez de 1972, mientras de fondo suena el zumbido de unas luces navideñas con las pilas casi agotadas. La tragedia griega, trasladada a una mesa del conurbano bonaerense en «una navidad de mierda», usa como banda sonora el repertorio más ligero del ídolo del Club del Clan.

Para entender el presente hay que volver a esa semana, pero también a los años sesenta. La presencia de Palito Ortega en estos territorios —una tragedia griega en clave absurda, un sample en el pop del siglo XXI— no responde, según describe la nota, al consumo irónico de la nostalgia. Tiene un antecedente más antiguo: Alberto Greco, el artista que la crónica define como «el catalizador de todo y todos», estaba obsesionado con la popularidad de Palito. El mito cuenta que Greco llegó a proponerle al Teatro San Martín convertirlo en uno de sus «Vivo Dito» —una obra de arte viva— dentro del hall del teatro. La propuesta habría sido rechazada por temor a que una avalancha de fans destruyera la fachada vidriada del edificio.

Greco no se detuvo ahí. En su ¿novela? «Besos Brujos» incluyó, a modo de instrucción, la orden de cantar «Sin Timón», otro de los hits de Palito en el Clan. Ese mismo 1965, Marilú Marini y Ana Kamien bailaron «Vestida de novia» —descrita como «lúgubre»— en «Danse Bouquet», el espectáculo que marcó el desembarco de la danza pop en el Instituto Di Tella.

Los detalles cuentan la historia. En la reposición actual, «A Mamá» —la canción que Palito grabó para el Día de la Madre— es interpretada por el personaje de Ifigenia con guitarra criolla, «sin ritmo», como una letanía inexpresiva que provoca risas en la sala, similares, según la crónica, a las que se escuchan en el Bafici. Es un guiño que la nota vincula directamente con el teatro under de los años ochenta y noventa.

Ca7riel & Paco Amoroso, por su parte, convierten la ironía en su terreno de juego. El uso del «Ja Ja» remite, según el análisis, a la apropiación del cómic por el pop art y al dilema eterno de los artistas que se suben a la limusina con las zapatillas sucias: ¿son felices o cumplen con la felicidad que exige la foto?

La nota cierra con una pregunta retórica: ¿es Palito Ortega una obra de arte total? La respuesta que ofrece es escéptica: apenas una apropiación del polémico ensayo de Boris Groys sobre Stalin, aplicada a un cantante que, como mucho, «se probó el traje de la real politik».

Lo que queda, más allá de la ironía académica, es un dato que no necesita interpretación forzada: seis décadas después de sus primeros hits, Palito Ortega sigue siendo materia prima de la cultura argentina, desde el hall de un teatro que temió una avalancha de fans hasta el algoritmo de un lanzamiento musical que hoy se anuncia por notificación en el teléfono.

Esa persistencia dice algo sobre el mercado del entretenimiento que casi nunca se subraya: los catálogos populares no se agotan, se reciclan. Lo que en 1967 fue un producto masivo del Club del Clan, hoy es insumo de vanguardia, sample de pop internacional y banda sonora de tragedia griega. Ningún ministerio de cultura decidió esa vigencia; la decidió, con sus propios códigos, el gusto del público y el instinto de los artistas por encontrar valor donde otros ya dejaron de mirar.

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