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El fotógrafo boliviano, el Che y Borges: la trastienda de un retrato que Leandro Katz persiguió durante 25 años

A los 88 años, el artista argentino repasa en el Bellas Artes cómo una llamada a La Paz en 1992 y la admiración de Borges por el Che terminaron en una obra que cruza mitología, propiedad de la imagen y memoria.
Imagen ilustrativa
viernes 4 de septiembre de 2026

La escena lo dice todo. Un teléfono suena en Nueva York en 1992. Del otro lado, desde La Paz, una voz responde: «Sí señor, soy yo». Es Freddy Alborta, el fotógrafo boliviano que un cuarto de siglo antes había tomado la fotografía más célebre del cadáver del Che Guevara. Leandro Katz, que había hecho la llamada, decide tomar un avión para conocerlo en persona.

Esa búsqueda, contada ahora por Katz a LA NACION, es el origen de «El día que me quieras» (1997), una de las piezas centrales de la muestra que desde el martes ocupa el Museo Nacional de Bellas Artes: «Leandro Katz. La noche y las palabras», curada por Francisco Lemus y Mariana Marchesi. Es la primera antológica del artista en un museo argentino.

Katz tiene 88 años y rechaza cualquier etiqueta que intenten ponerle. «Soy un investigador», resume, aunque Wikipedia lo presente como «escritor, artista visual y cineasta». Vivió durante décadas en distintos países de América y en Estados Unidos, donde obtuvo becas como la Guggenheim y tiene obra en el MoMA. Hoy trabaja desde su departamento porteño, donde —según cuenta— cada ambiente, incluida la cocina, se convirtió en espacio de producción.

La imagen que persiguió durante décadas tiene, según el propio Katz, un peso que trasciende el hecho político. La compara con «La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp» (1632), de Rembrandt, y con «Lamentación sobre Cristo muerto» (1475-78), de Andrea Mantegna. La paradoja: Alborta, el autor, no conocía esas pinturas europeas cuando disparó su cámara, y vendió la foto por 75 dólares a una agencia internacional que nunca mencionó su nombre. El detalle no es menor para un artista que dedicó buena parte de su obra a indagar en la autoría, la propiedad y el destino de las imágenes.

Los detalles cuentan la historia también en el terreno de las ideas. Katz asegura que Jorge Luis Borges, a quien cita en varias de sus obras y de cuyas charlas sobre Chaucer fue oyente sin ser nunca su alumno formal, «admiraba al Che Guevara». La afirmación choca de entrada con lo que cualquier lector de Borges esperaría, dada la distancia ideológica entre el escritor liberal y el guerrillero marxista. Consultado sobre esa aparente contradicción, Katz explica que la admiración no era política sino narrativa: «Por su heroísmo. Tal vez no políticamente, pero como un personaje heroico. Dentro de la narrativa, el Che es un personaje casi mitológico», dice, y agrega que lo que lo vuelve mítico es «su osadía, su valentía, su coraje, su locura» al enfrentar a un ejército con apenas 17 hombres.

Esa lectura —el Che como figura mitológica antes que como programa político— es la que sostiene «El día que me quieras», donde Katz cruza al guerrillero con Borges y con Carlos Gardel. La elección no fue casual: surgió, cuenta, en un momento en que instituciones culturales de Nueva York discutían la identidad de las comunidades inmigrantes —japonesas, chinas, latinoamericanas— que reclamaban su propio territorio cultural y político a fines de los años setenta y principios de los ochenta. Katz se preguntó entonces qué representaba su propia identidad argentina, y las tres figuras aparecieron casi de inmediato.

Para construir el relato sobre la muerte del Che, Katz recurrió a un texto de Borges: la parábola «El testigo». La elección, explica, respondió a la necesidad de dar sentido a una trilogía —Borges, Gardel, el Che— que la película invoca desde el título.

Su formación fue, según relata, más autodidacta que académica. Hizo el servicio militar en la Marina argentina entre 1959 y 1961, mientras trabajaba como traductor de poetas Beat y de Dylan Thomas en una oficina cercana a la Facultad de Filosofía y Letras. Asistía como oyente, de uniforme, a las clases de Jaime Rest, el profesor adjunto de Borges. Nunca obtuvo un título formal, pero esa experiencia lo llevó después a dar clases de historia del arte precolombino en la School of Visual Arts y de semiótica y cine en la Universidad de Brown, donde la beca Guggenheim funcionó, según le dijeron, «como un doctorado».

En 2019 donó a la Biblioteca Nacional «Alfabeto lunar», la instalación que había montado en la explanada del edificio durante Art Basel Cities: Buenos Aires, por sugerencia de la curadora Cecilia Alemani. Que la pieza —proyecciones sobre la luna que hoy usan los chicos para jugar— haya quedado como patrimonio público lo conmueve, dice.

Más allá de la biografía de un artista longevo y singular, la historia de Katz ilumina un dato incómodo para cualquier relato que busque prolijidad ideológica: los símbolos culturales rara vez respetan las etiquetas políticas que se les quieren imponer. Que Borges —el escritor que desconfiaba del poder estatal y de los mesianismos colectivistas— haya podido admirar al Che por su coraje personal, y no por su proyecto, es un recordatorio de que la mitología y la política son territorios distintos, y de que reducir a cualquiera de los dos a la caricatura del otro es, casi siempre, un empobrecimiento.

La muestra en el Bellas Artes, en ese sentido, funciona como un espejo de esa complejidad: la de un artista que se resiste a las clasificaciones fáciles y que, a los 88 años, sigue reivindicando la investigación por encima de la etiqueta.

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