Durante tres años, Medicina fue la respuesta obligada a la pregunta de qué estudiar para ganar bien en México. Esta semana esa certeza se rompió. El Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) presentó su informe «Compara Carreras 2026» y el primer lugar tiene un nombre distinto: Matemáticas.
Los números cuentan la historia. Un profesionista de Matemáticas gana en promedio 29 mil 887 pesos al mes. Medicina, que dominaba el ranking, cae al segundo puesto con 27 mil 823 pesos, apenas por delante de Finanzas, con 27 mil 290 pesos. En el otro extremo, Diseño curricular y pedagogía cierra la tabla con 15 mil 934 pesos mensuales, una brecha de 47% frente al primer lugar.
El IMCO analizó 65 licenciaturas y 14 carreras técnicas, y cruzó el ingreso con otros indicadores: desempleo, informalidad, riesgo laboral y vinculación entre lo que se estudia y lo que finalmente se trabaja. Los detalles cuentan la historia mejor que el titular: el salario más alto no siempre es sinónimo de estabilidad.
Estomatología y odontología ilustra esa trampa. Combina ingresos superiores al promedio con un mayor riesgo de desempleo o informalidad, advierte el informe. La lección para quien elige carrera a los 17 años: el sueldo inicial engaña si no se mira la letra pequeña del mercado laboral.
La informalidad, de hecho, es el otro protagonista silencioso del reporte. Terapia y rehabilitación encabeza esa lista con 52% de informalidad, seguida de Veterinaria (42%), Gastronomía y servicios de alimentos (41%), Literatura (39%) y Criminología y criminalística (38%). En el polo opuesto, Desarrollo de software y Finanzas registran apenas 11%, y la Formación docente en secundaria, 12%.
Hay un dato que debería inquietar más que el ranking mismo: entre 2020 y 2025, mientras el desempleo entre profesionistas bajaba de 5% a 3%, la informalidad subía de 22% a 24%. El ingreso promedio mensual creció 10.2% real, de 16 mil 151 a 17 mil 795 pesos, pero una parte creciente de esa fuerza laboral trabaja sin las protecciones que en teoría ofrece un título universitario.
El informe también documenta un desajuste estructural: 54% de los profesionistas mexicanos trabaja en algo que no tiene relación directa con lo que estudió. Quienes sí ejercen su carrera ganan en promedio 25 mil 964 pesos; quienes no, 20 mil 862 pesos, una diferencia de 20%. Más de 1.2 millones de esos profesionistas «fuera de sitio» terminan en puestos de apoyo administrativo, ventas y comercio que no exigen licenciatura.
Medicina general, pese a perder el primer lugar salarial, sigue siendo la carrera con mayor coherencia entre estudio y empleo: 81% de sus egresados ejerce la profesión. En el extremo contrario están los Planes generales de ciencias sociales, con solo 8% de vinculación, Ciencias computacionales y Diseño curricular y pedagogía, con 9% cada una, y Comunicación y periodismo, con 21%.
Matemáticas no solo desbancó a Medicina en el ingreso mensual: también fue la licenciatura con mayor crecimiento salarial real desde 2020, cercano a 41%. En el desenlace opuesto, Formación docente en secundaria registró una caída de 3% en el mismo periodo, la única entre las 65 carreras analizadas junto a otras dos que retrocedieron frente a 2020.
El IMCO propone algo sencillo pero políticamente incómodo: que la orientación vocacional en la educación media superior incorpore ingresos, desempleo, informalidad y costos regionales, para que los estudiantes decidan con información real y no con inercia de prestigio.
El mensaje de fondo, aunque el informe no lo diga con estas palabras, es que el mercado laboral mexicano premia hoy la escasez técnica —matemáticas, finanzas, software— por encima de la vocación de servicio que durante años sostuvo el prestigio de Medicina. Nadie decretó ese cambio desde una oficina pública: lo hicieron millones de decisiones de contratación tomadas por empresas que necesitan resolver problemas concretos con talento cuantitativo.
Queda, sin embargo, la otra cara de la moneda: una informalidad que crece incluso entre quienes sí terminaron una licenciatura, señal de que el aparato regulatorio y el costo de formalizar empleo siguen empujando a profesionistas mexicanos hacia la economía informal, justo cuando el país necesitaría lo contrario para capitalizar ese bono educativo. El diploma sigue rindiendo —74% más de ingreso que el bachillerato, según el propio IMCO—, pero el Estado tiene una tarea pendiente: que ese mérito se traduzca en empleo formal, no en resignación estadística.



