San Juan Comalapa queda a unos 80 kilómetros de la capital guatemalteca. Ahí nació hace 33 años Sara Curruchich, la menor de seis hermanas, hija de un campesino y una tejedora que también trabajó en casas particulares. La escena lo dice todo: una infancia de canciones improvisadas mientras la madre barría y el padre araba, sin escuela de música cerca ni plan alguno de proyección internacional.
Esa cocina sonora fue, según relató Curruchich en una entrevista con El País, su primera academia. A los siete años pidió permiso para sumarse a las clases de una instructora que dirigía coros religiosos en el pueblo. Su padre, Eladio, pensaba que todavía era pequeña. Dos años después, la muerte de él la dejó sin esa referencia, pero la música se volvió el modo de mantener el vínculo.
La cantautora se trasladó a la capital para completar estudios musicales de nivel medio, de los que se graduó. Los viajes constantes entre Comalapa y la ciudad, a partir de 2011, coincidieron con el inicio de sus propias composiciones. En esos trayectos, contó, empezó a notar un trato distinto por ser mujer indígena: bromas que, según ella, escondían «racismo disfrazado de chistes».
No hubo cuota ni programa institucional detrás del despegue: hubo un restaurante. El Adobe, un local de Comalapa que ya no existe y que reunía al movimiento cultural local, fue el escenario de su primer tema propio. En 2015 lo subió a redes sociales y el 25 de noviembre de ese año dio su primer concierto formal en L'Aperó, una pizzería de la capital. De ahí en más, construyó su carrera con un equipo de tres mujeres.
Los detalles cuentan la historia de una expansión hecha canción por canción, festival por festival. España, Portugal, Finlandia, Francia, Alemania, Italia y Sudáfrica fueron sumándose a su itinerario. En 2019 publicó su primer álbum, «Somos», grabado entre Guatemala, Francia y España bajo la producción de Gambeat, bajista de La Ventura, la banda de Manu Chao, con la participación de Amparo Sánchez, exvocalista de Amparanoia.
Dos años después llegó «Mujer Indígena», producido por Sánchez para el sello Mamita Records, con colaboraciones de Lila Downs, Rosalina Tuyuc, Carmen Cúmez y Muerdo. Ese mismo año, 2021, Curruchich recibió el premio MTV MIAW Transforma por su trabajo artístico y social a favor de la igualdad de género. En mayo de 2026 grabó «Quisiera ser» junto con Andrea Echeverri y Héctor Buitrago, de Aterciopelados.
En el escenario la acompañan tres músicas mexicanas: Sandra Moreno en la marimba, Moty en la batería y Karla Molkovich en el bajo. La cantante señaló que esa formación íntegramente femenina todavía sorprende al público, y explicó que buscan ocupar espacios que históricamente les fueron reducidos.
Uno de los episodios que más la marcó ocurrió en 2017, durante una gira por comunidades alejadas de Guatemala pensada para descentralizar el acceso al arte. En algunos lugares solo había mujeres, porque los hombres emigraban desde los 13 años. En una localidad, los asistentes evitaron al principio las sillas dispuestas para el espectáculo: pensaban que no estaban destinadas a ellos.
Curruchich canta en kaqchikel incluso ante públicos que no entienden el idioma. Lejos de verlo como una barrera, lo define como «un ejercicio de liberación». Domina el inglés y algo de francés, pero evita las traducciones literales: prefiere que cada audiencia reciba el sentido central de la canción, no la letra exacta.
Para entender el presente hay que volver a esa trastienda de conciertos en pizzerías y restaurantes cerrados. La historia de Curruchich no es la de una beneficiaria de programas de promoción identitaria, sino la de una artista que edificó una carrera de exportación cultural —discos, sellos independientes, giras europeas— a partir de talento propio y decisiones de mercado tomadas por ella misma y su equipo. Es la diferencia entre el asistencialismo simbólico y el mérito que se demuestra con boletos vendidos.
El desenlace, por ahora, es una discografía que circula por salas de siete países y una colaboración reciente con referentes del rock latinoamericano. Ninguna cuota lo garantizó: lo hizo un catálogo de canciones que, según ella misma resume, es «música raíz que camina».



