Hay un baúl, en algún lugar de la casa de Rebeca Escribens, repleto de agendas que arrancan cuando ella tenía trece o catorce años. Ahí, dice, empezó todo: canciones, poemas, pensamientos sueltos que durante décadas no salieron de ese cofre. El año pasado, cuando decidió reservarse más tiempo para sí misma, los desempolvó. El resultado es «El derecho de renacer», su primer libro, y el preámbulo de un proyecto mayor: un unipersonal llamado «No soy una señora» que estrena en un mes.
La escena lo dice todo: una mujer que durante años cuidó celosamente su vida privada decide, de golpe, abrirla al público. En conversación con Infobae Perú, Escribens explica que no fue una decisión solitaria. «Mi hermana fue quien me impulsó a publicar estos escritos», cuenta. La convenció una idea simple: al crear comunidad, los problemas se hacen menos pesados. «Descubres que no eres el único con dificultades», dice. «Aunque las circunstancias sean distintas, la emoción es la misma.»
El libro, según ella, es «una viñeta de relatos sobre pasajes dolorosos y frustrantes» de su vida desde la niñez. Muchos de esos pasajes los llevará al escenario, contados y cantados, en un show con bailarines, música en vivo y una puesta en escena que le permitirá, por fin, «cantar, bailar y actuar a la vez».
Dos duelos distintos atraviesan las páginas. El primero llegó con la maternidad: su hijo Diego nació cuando ella tenía diecisiete años. «Cuando empecé a trabajar, mi madre ya estaba enferma y mi hijo muchas veces me acompañó», recuerda. Hubo una vez en que lo dejó en un baño al cuidado de una desconocida mientras vendía perfumes para sostenerse. El segundo hijo llegó años después, en una realidad distinta: una familia constituida, la posibilidad de contratar ayuda. Pero incluso ahí apareció el dolor, de otra forma. «El segundo embarazo trajo mi primera gran depresión, porque recién lloré a mi mamá, aunque ya habían pasado nueve años desde su partida», dice Escribens.
El otro duelo es el de la orfandad, que —según ella— «no tiene edad». Perdió primero a su madre y después a su padre, y con ambas partidas sintió que algo se movía de lugar. «Es como si te quitaran el piso y toma tiempo volver a crearlo», describe. De su padre guarda un recuerdo particular: un hombre parco y distante que, sin embargo, terminó diciéndole que estaba orgulloso de ella. Escribens imagina, entre risas, cómo reaccionaría él ante el libro: «Espero que no hables de mí, porque si hablas de mí te cobro».
Para entender el presente hay que volver a esa infancia donde, según cuenta, se sintió excluida por ser distinta. «Por muchos años me sentí excluida, como si todo lo hiciera mal porque tenía otras formas de hacer las cosas», relata. Fue la terapia, dice, la que le permitió salir de ese círculo. Se define como «una mujer díscola y disruptiva» que siempre terminó haciendo las cosas a su manera, aunque eso implicara una lucha constante.
Escribens insiste en que no escribió el libro para ser mejor comprendida. «No lo escribí para que me conozcan más. Solo me interesa mostrar mi trabajo y que a partir de eso opinen o critiquen», aclara. Tampoco lo hizo con grandes expectativas comerciales, pero admite que la respuesta del público la sorprendió: hay lectores que coinciden con sus relatos y otros que se asombran ante ciertos pasajes de su vida.
Los detalles cuentan la historia de una carrera construida a pulso: de vender perfumes con un hijo pequeño a su cargo, a sostener hoy una doble identidad profesional que ella misma resume sin adornos: «Soy actriz de profesión y conductora de oficio». Ahora suma la de escritora, y en un mes sumará la de protagonista de un show unipersonal que ella describe con una frase que resume el momento: «Estoy feliz, pero también muerta de miedo».
En una industria del espectáculo que suele vender versiones pulidas de sus figuras, el gesto de Escribens llama la atención por lo contrario: expone el costo real de la reinvención, sin atajos ni relato heroico gratuito. El libro no pide compasión ni construye una víctima; documenta el trabajo, muchas veces solitario, de rehacerse después de cada pérdida. Esa insistencia en el mérito propio —vender perfumes a los diecisiete, sostener una carrera, transformar el duelo en oficio— es, más allá de la anécdota íntima, el verdadero argumento de su historia.



