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Bisturí y disciplina: la promoción que la Universidad de Panamá exhibe como prueba de rigor

Sesenta y nueve médicos se graduaron en la Facultad de Medicina de la UP, donde un cuarto de la clase alcanzó puntajes de referencia internacional, un dato que la decana subrayó como sello de exigencia académica.
Imagen ilustrativa
domingo 6 de septiembre de 2026

La toga cayó sobre los hombros de Daniella V. Leblanc Moreno un poco antes de que ella subiera al podio. La escena lo dice todo: seis años de guardias, exámenes y salas de hospital resumidos en un aplauso que llenó el auditorio. Leblanc Moreno, primer puesto de honor de la promoción, no habló de cifras. Habló de las jornadas de estudio y de las dificultades que enfrentaron sus compañeros durante la carrera, y pidió que no se olvidaran de la empatía, la humildad, la solidaridad y la vocación de servicio. Detrás de cada diagnóstico, dijo, hay un paciente y una familia.

Detrás de ella, en el escenario, estaban los protagonistas administrativos de la jornada: la decana de la Facultad de Medicina, Oris Lam de Calvo, y la vicerrectora de Asuntos Estudiantiles, Mayanín Rodríguez. Fue Lam de Calvo quien puso los números sobre la mesa. Según la información difundida por la propia universidad, cerca del 95% de los egresados de la facultad aprobó en el primer intento el examen de certificación en un periodo que la institución ubicó entre 2014 y 2026. La cifra, presentada por la UP como un resultado destacado, no se acompañó de una comparación histórica: no se afirmó que fuera la marca más alta en una década ni un récord absoluto, solo un dato que la decana quiso subrayar en el día de la graduación.

Hubo otro número que resonó con fuerza en la sala: el 25% de esta promoción obtuvo puntajes considerados de referencia internacional. Es decir, uno de cada cuatro nuevos médicos superó el examen con resultados que, según la facultad, se ubican en el estándar más alto que se mide fuera de las fronteras panameñas. Los detalles cuentan la historia: no fue toda la clase, fue una cuarta parte, y eso es exactamente lo que la universidad decidió resaltar, ni más ni menos.

Esther E. Guerra Batista y Ámbar B. Barahona Centeno ocuparon el segundo y tercer puesto de honor, respectivamente, acompañando a Leblanc Moreno en el podio de los mejores promedios de la generación. Los tres nombres quedarán en el acta de una ceremonia que se celebró en el marco de los 75 años de la Facultad de Medicina, una institución que, desde su creación, ha formado a 6,281 médicos.

Pero el diploma no cierra el proceso. Los 69 graduados culminaron seis años de formación académica y clínica, y para obtener la idoneidad profesional deberán cumplir todavía dos años de internado. El título de médico, en Panamá, no se firma el día de la toga: se termina de ganar en las salas de un hospital, bajo supervisión, durante dos años más.

El viceministro de Salud, Manuel Zambrano Chang, que participó en representación del ministro Fernando Boyd Galindo, tomó la palabra para marcar el terreno que les espera. Llamó a los nuevos médicos a ejercer con ética, honestidad, empatía y responsabilidad, un discurso que en cualquier otro contexto sonaría a fórmula protocolaria, pero que en un país donde la confianza en el sistema de salud pública es un asunto de todos los días adquiere un peso distinto.

La vicerrectora Rodríguez, por su parte, habló del futuro inmediato de la profesión: la inteligencia artificial, la robótica, la salud digital y el análisis de datos ya están cambiando la manera en que se ejerce la medicina, dijo, y advirtió que los nuevos profesionales deberán incorporar estas herramientas de manera responsable, sin que la tecnología desplace la relación humana con los pacientes. Es una tensión que no es exclusiva de Panamá, pero que aquí se plantea con la Facultad de Medicina cumpliendo tres cuartos de siglo de existencia.

Para entender el presente hay que volver a esa mañana de graduación: una facultad pública que decide medirse con un estándar de aprobación cercano al 95% y presume que uno de cada cuatro egresados alcanza nivel internacional. Son cifras que la propia institución eligió exhibir, y que hablan de un mérito individual —seis años de estudio, dos más de internado por delante— que no se compra ni se regala.

En un debate público donde con frecuencia se cuestiona la calidad de lo estatal, esta promoción ofrece un dato incómodo para el escepticismo fácil: cuando el examen es exigente y el estándar se sostiene, la universidad pública puede producir resultados que compiten de igual a igual con cualquier referencia internacional. El desenlace de esta historia no lo escribe la ceremonia de graduación, sino los dos años de internado que aún tienen por delante Leblanc Moreno, Guerra Batista, Barahona Centeno y sus 66 compañeros.

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