El anuncio llegó por escrito, un jueves cualquiera de septiembre, pero cambió el mapa del Congreso colombiano. Cambio Radical formalizó ante el Consejo Nacional Electoral su ingreso a la coalición del gobierno de Abelardo de la Espriella, con un comunicado que hablaba de «contribuir a la recuperación del rumbo del país» y «fortalecer sus instituciones». Los detalles cuentan la historia: no fue una improvisación, sino la culminación de meses de acercamientos entre la Casa de Nariño y una de las bancadas más antiguas del bipartidismo colombiano.
La decisión la presentaron los codirectores del partido junto con las bancadas de Senado y Cámara, un total de 19 congresistas: siete senadores y doce representantes. Detrás de esa cifra están dos apellidos que pesan en la política nacional: el veterano exsenador Fuad Char y Enrique Vargas Lleras, hermano del fallecido exvicepresidente y líder histórico del partido, Germán Vargas Lleras. Para entender el presente hay que volver a esa semana, cuando Cambio Radical decidió que su lugar ya no estaba en la ambigüedad, sino en la mayoría.
El comunicado del partido no fue un cheque en blanco. Cambio Radical anticipó que respaldará al Ejecutivo en «las reformas, iniciativas y proyectos» orientados a «recuperar la seguridad, reactivar la economía, generar empleo, fortalecer el sistema de salud y mejorar el bienestar de las familias colombianas». Pero también dejó una advertencia para la trastienda de las negociaciones futuras: mantendrá «una agenda legislativa ambiciosa e independiente», con ejes propios como la generación de oportunidades para mujeres y jóvenes, el crecimiento económico y la equidad.
La escena lo dice todo sobre cómo se ha reconfigurado el Congreso desde que De la Espriella asumió, el 7 de agosto, en Cali, para el periodo 2026-2030. El presidente llegó al poder con Defensores de la Patria, su movimiento ciudadano —que ya cuenta con aval para convertirse en partido— sin el respaldo inicial de una colectividad tradicional. Desde entonces, la trastienda del Palacio ha sido una construcción metódica de coalición, pieza por pieza.
Salvación Nacional fue el primer eslabón: la plataforma que sostuvo la campaña presidencial de De la Espriella mucho antes de que otros partidos se sumaran, aunque hoy solo tenga cuatro exponentes en el Legislativo, tres senadores y una representante. Después llegó el Centro Democrático, con una de las bancadas más numerosas de la coalición —47 congresistas, 17 senadores y 30 representantes—, que declaró coincidencias con el Gobierno en seguridad, reactivación económica y austeridad estatal, pese a matices que no oculta. Se sumó también el Partido de la U, con el argumento de la estabilidad institucional, y el movimiento Creemos, fundado por el alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, que respaldó directamente la gestión presidencial. El Gobierno, además, cuenta con afinidades en sectores de los partidos Conservador y Liberal.
El giro de Cambio Radical llega, entonces, no como un hecho aislado sino como el último capítulo de una estrategia de mayorías. Frente a esa coalición se ubica el bloque progresista encabezado por el Pacto Histórico, con 67 congresistas, mientras que la Alianza Verde ha optado por declarar su independencia. El desenlace de esa correlación de fuerzas determinará, en los próximos meses, qué tan lejos puede llegar la agenda legislativa del nuevo Ejecutivo.
Que un partido con la tradición y el peso regional de Cambio Radical decida sumarse formalmente al oficialismo es una señal que trasciende el conteo de escaños. Es la confirmación de que buena parte de la clase política colombiana —incluida la que en el pasado navegó con cautela entre gobiernos de distinto signo— ve en la agenda de seguridad, reactivación económica y fortalecimiento institucional de De la Espriella una alternativa preferible a la polarización que caracterizó a la administración de Petro.
Para Hemisferio, la lectura es clara: cada partido que se suma a la coalición oficialista no solo blinda la gobernabilidad de De la Espriella, sino que reduce el margen de maniobra de un petrismo que hoy se repliega a la oposición formal en el Congreso. La pregunta que queda abierta es si esa mayoría legislativa se traducirá en las reformas de fondo —seguridad, empleo, inversión— que el país necesita, o si terminará diluida en la negociación de cuotas y prioridades regionales que toda coalición amplia arrastra consigo.



