El viernes 4 de septiembre de 2026, la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO) publicó un dato que los mercados venían temiendo desde julio: la comida volvió a encarecerse en el mundo, y lo hizo más rápido de lo previsto.
El índice de precios de los alimentos de la FAO subió 1,9% en agosto de 2026 frente a julio, y 2,5% en comparación con agosto de 2025. Son incrementos muy superiores a los de julio, cuando el alza mensual había sido de apenas 0,6% y la interanual de 1%.
La escena lo dice todo: temperaturas extremas en varios continentes, rutas de exportación bloqueadas por conflictos armados y una demanda de biocarburantes que no cede. Ese es el cóctel que la FAO describe detrás de la subida.
El azúcar fue el protagonista del mes. Su precio saltó 11,9% en agosto, hasta el nivel más alto desde junio de 2025. El verano excepcionalmente caluroso que sufrió Europa redujo los rendimientos de la cosecha, mientras que en Asia el fenómeno de El Niño amenaza directamente la producción.
El trigo tampoco se quedó atrás: se disparó 15% frente al año anterior. La FAO señala como causa central las "perturbaciones persistentes de los flujos de exportación en el mar Negro", ligadas a la guerra entre Rusia y Ucrania, un conflicto que sigue determinando cuánto paga por el pan cualquier familia, esté donde esté.
El maíz subió 2,5% en el mes, empujado por perspectivas de menores rendimientos en algunas regiones de Estados Unidos y Europa, por el encarecimiento de los fertilizantes derivado del bloqueo de Ormuz, y por la fuerte demanda de biocarburantes que compite con la mesa por el mismo grano.
Casi todos los demás indicadores —carne de ave, arroz, aceite de palma— también registraron aumentos en agosto. La excepción notable fue la carne de vacuno, cuyo precio retrocedió por la mayor competencia entre productores australianos y brasileños en los mercados mundiales, después de que China fijara cuotas de importación.
"Los impactos climáticos, las tensiones geopolíticas y las perturbaciones logísticas en el comercio se combinan, reduciendo las previsiones de abastecimiento", advirtió Máximo Torero, economista jefe de la FAO, en el comunicado difundido ese viernes.
Para entender el presente hay que volver a esa semana de principios de septiembre, cuando la FAO también revisó a la baja sus proyecciones para la cosecha de cereales de 2026: 2.980 millones de toneladas, un descenso del 2% frente al récord de 2025. Aun así, según la organización, esta sería la segunda cosecha más importante jamás registrada, un matiz que evita el catastrofismo pero no borra la tendencia alcista de los precios.
El fenómeno no es ajeno a la región. Colombia registró en agosto temperaturas de hasta 42,9 °C, en medio del mismo episodio de El Niño que la FAO cita entre las causas de la presión sobre los cultivos asiáticos y, por contagio, sobre el mercado global de granos.
Los detalles cuentan la historia: no hay un solo culpable —ni el clima, ni la guerra, ni la especulación— sino la acumulación de shocks de oferta que ningún control de precios doméstico puede neutralizar cuando el trigo se cotiza en Chicago y el azúcar en Londres.
Para los países que importan buena parte de sus alimentos, como varios en América Latina, la lección de agosto es incómoda pero clara: la seguridad alimentaria depende menos de decretos y más de la capacidad de producir con reglas estables, propiedad rural protegida y acceso fluido al comercio internacional. Cuando los flujos de exportación se rompen en el mar Negro o el fertilizante se encarece por un bloqueo en Ormuz, la única defensa real de un país es una agricultura propia competitiva y abierta al mundo, no barreras que aíslen a los productores del mercado que finalmente fija los precios.
El desenlace de este episodio todavía no está escrito. La FAO habla de una cosecha 2026 que, pese a la caída del 2%, seguiría siendo la segunda más grande de la historia. Pero mientras el azúcar y el trigo sigan marcados por El Niño y por una guerra que entra en su cuarto año sin resolución, el dato de agosto seguirá siendo, sobre todo, una advertencia sobre lo que cuesta cada plato de comida en cualquier mesa del planeta.



