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La hora que el Estado no explicó

Chile adelantó los relojes por decreto una vez más, mientras las organizaciones de salud que pidieron terminar con la medida se quedaron sin respuesta oficial.
Imagen ilustrativa
domingo 6 de septiembre de 2026

A las 00.00 horas del domingo, mientras la mayoría del país dormía, los relojes de Chile saltaron directo a la 01.00. Sesenta minutos desaparecieron sin que nadie los votara. Así comenzó, una vez más, el horario de verano.

La escena lo dice todo: un ajuste técnico decidido en oficinas de gobierno, ejecutado en la madrugada, sin ceremonia ni explicación pública el mismo día del cambio. Las regiones que van desde Arica y Parinacota hasta Los Lagos pasaron del huso horario UTC-4 al UTC-3, donde permanecerán hasta el próximo giro del calendario oficial.

No todo el territorio se movió igual. Aysén y Magallanes y la Antártica Chilena no tocaron sus relojes: esas regiones mantienen de forma permanente el huso UTC-3, al margen del vaivén estacional que rige en el resto del país. En Isla de Pascua e Isla Salas y Gómez, en cambio, el ajuste sí se aplicó, pero conforme al horario local de esas islas: los relojes avanzaron a las 22.00 del sábado 5 de septiembre.

El trámite se repite dos veces al año. El cambio anterior había ocurrido el sábado 4 de abril, cuando el país entró al horario de invierno. Ahora, cinco meses después, la maquinaria administrativa volvió a girar en sentido contrario.

Los protagonistas de esta historia no son solo los relojes. En los días previos al ajuste, organizaciones de salud pidieron terminar definitivamente con el cambio de hora. Su argumento: la medida puede afectar el reloj biológico de las personas y alterar severamente el ciclo circadiano. Advirtieron también sobre posibles incrementos en trastornos de ansiedad y depresión, y sobre riesgos agudos para sectores vulnerables, como los adultos mayores.

La advertencia no cambió nada. La medida se mantuvo tal como estaba planificada, y con el ajuste de esta madrugada, gran parte del territorio nacional volvió a regirse por el horario de verano. No hubo, según consta, una respuesta pública detallada a los cuestionamientos sanitarios planteados en los días previos.

Para quienes quieran verificar la hora oficial en cada zona del país, el Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA) mantiene habilitada su plataforma horaoficial.cl, la referencia técnica que zanja cualquier duda sobre qué hora rige en cada rincón de Chile, desde el desierto de Atacama hasta la Antártica.

Los detalles cuentan la historia. Un país que se organiza en distintos husos horarios según la geografía —continental, insular, austral— y que, además, se somete dos veces al año a un ajuste que altera la rutina de millones de personas por decisión administrativa. La pregunta que las organizaciones de salud dejaron flotando no es menor: si existe evidencia sobre el impacto en el ciclo circadiano y la salud mental, ¿por qué la respuesta del Estado fue simplemente seguir el calendario de siempre, sin un debate público a la altura del reclamo?

Esa es, en el fondo, la tensión que atraviesa este ejercicio aparentemente inocuo de mover agujas. No se trata de una crisis política ni de una decisión con costo fiscal directo, pero sí de una intervención estatal recurrente sobre la vida cotidiana de todo un país, tomada sin que medie una justificación pública robusta frente a quienes advierten un costo sanitario concreto. En un Estado que se toma en serio los límites de su propia autoridad, ese tipo de decisiones no debería repetirse por inercia burocrática, sino sostenerse —o abandonarse— con argumentos que resistan el escrutinio ciudadano.

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