El 7 de julio de 1898 se encendió en Medellín la primera bombilla de la ciudad, alimentada por una planta hidráulica de apenas 500 kilovatios sobre la quebrada Santa Elena. La escena lo dice todo: de esa chispa artesanal a la construcción, en 1929, de Guadalupe I —la primera gran central del departamento, con 10.000 kilovatios de capacidad— pasó apenas una generación. Para entender el presente hay que volver a esa semana en que Antioquia decidió que la energía no sería un servicio accesorio, sino una vocación.
Luego vinieron Guadalupe II, Riogrande I y, ya bajo el sello de EPM, Troneras, Guadalupe III y Guadalupe IV, hasta desembocar en el embalse de Guatapé, el primero de gran envergadura en la región. Ese recorrido de más de un siglo convirtió a EPM, según su más reciente informe de sostenibilidad, en una empresa con más de 17.600 empleados y una capacidad efectiva neta de generación de 4.785 megavatios, muy lejos ya de ser «una simple empresa de servicios como bien puede tenerla cualquier otra ciudad».
Sobre ese cimiento se construyó un ecosistema empresarial que hoy pocas ciudades de la región pueden igualar. Medellín es la sede del Grupo ISA, la estatal que administra más de 46.000 kilómetros de circuitos de transmisión eléctrica en el país. Es también el domicilio de XM, encargada de operar el sistema interconectado y administrar el mercado mayorista de energía, y la cuna de Celsia, filial del Grupo Argos, que opera 44 plantas de generación. A ello se suma Isagén, generadora que hoy está en manos de privados tras su venta por parte del Estado, un dato que los protagonistas del sector no pasan por alto.
«La tesis es simple: Medellín debe posicionarse explícitamente como el Energy Valley de América Latina. No como complemento del Valle del Software. Como apuesta principal», explicó Darío Palacio, columnista de EL COLOMBIANO, quien a comienzos de este año lanzó la propuesta en un ensayo titulado Olvidémonos de ser Silicon Valley: por qué Medellín debe ser la capital energética de Latinoamérica. Palacio resalta que en Antioquia está concentrado el 43% de las centrales hidroeléctricas del país, además de desarrollos recientes en energías alternativas, incluidos los proyectos de hidrógeno verde que investiga EPM.
La trastienda de esta discusión no es nueva. Desde la década de 1990, cuando la Cámara de Comercio de Medellín impulsó la política de Ciudad Clúster ante el retroceso de las grandes industrias tradicionales, la ciudad viene reinventando su vocación económica. Ese esfuerzo hizo posible que Ruta N alojara uno de los 22 centros para la Cuarta Revolución Industrial de la red liderada por el Foro Económico Mundial y que Medellín se convirtiera en el primer Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación del país, capaz de competirle a ciudades mucho más grandes como Buenos Aires o Ciudad de México en el terreno del emprendimiento tecnológico.
Según Palacio, el ecosistema energético antioqueño se completa con firmas proveedoras de equipos —cables, transformadores y demás artefactos para las distintas etapas de producción, transmisión, distribución y comercialización—, consultoras especializadas, constructoras del sector y emprendimientos de energías alternativas. Los detalles cuentan la historia: no se trata de una idea improvisada, sino de una infraestructura empresarial que tardó más de cien años en levantarse.
El desenlace de este debate está por escribirse, pero los números ya están sobre la mesa. Ninguna otra región del país concentra semejante proporción de generación hidroeléctrica ni alberga en un mismo territorio a los grandes operadores de transmisión, mercado mayorista y generación privada del sector eléctrico colombiano.
Lo que revela esta discusión, más allá de la marca que finalmente adopte Medellín, es que su músculo energético no nació del gasto público discrecional sino de más de un siglo de inversión sostenida, en gran parte hoy en manos de capital privado, como el caso de Isagén. Ese es el verdadero activo que la ciudad puede vender al mundo: reglas claras, infraestructura consolidada y una tradición empresarial que entendió temprano que la energía, como el software, se construye con capital, ingeniería y mérito, no con consignas.
Si Medellín logra capitalizar ese legado sin caer en la tentación de convertirlo en otro programa estatal más, la apuesta por el Energy Valley podría ser menos una utopía y más una consecuencia lógica de decisiones que el mercado, y no la burocracia, ya viene tomando desde hace décadas.



