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El maíz que le gana a la tormenta: en el corazón agrícola de EE.UU., la innovación privada responde a la sequía

Mientras el USDA recorta la cosecha esperada y más de la mitad del país enfrenta sequía, agricultores de Iowa apuestan por la genética de Bayer antes que por promesas oficiales.
Imagen ilustrativa
viernes 4 de septiembre de 2026

En Huxley, Iowa, un auditorio escuchaba con atención a Jerry Seuntjens, agricultor de Kingsley, un pueblo del noroeste del estado. La escena lo dice todo: un productor de 1050 hectáreas de soja y maíz, criado en la misma tierra que hoy trabaja, admitiendo ante extraños que la naturaleza sigue mandando. «La madre naturaleza es la que siempre tiene el control. Y eso es muy difícil para mí, que me gusta controlar todo lo que puedo», dijo durante el Bayer Innovation Showcase, el centro de entrenamiento donde la firma alemana exhibe sus tecnologías agrícolas más avanzadas.

Seuntjens no hablaba en abstracto. En mayo, en plena fase crítica de siembra, un tornado golpeó su establecimiento. «Es increíble cómo el cultivo sufrió tanto y ver donde está hoy es muy importante para mí», relató. Junto a él, en el panel, estaba Nahzir Okde, productor de Mato Grosso, Brasil, otro testigo de que los vaivenes climáticos no reconocen fronteras.

Para entender el presente hay que volver a esa primavera. El productor contó que cultiva desde hace cinco años el sistema Preceon, una tecnología de Bayer disponible en el mercado estadounidense que reduce entre un 30 y un 40% la altura de la planta respecto de un maíz convencional, con un tallo más potente que evita el vuelco y permite ingresar al cultivo avanzado para aplicar agroquímicos o fertilizantes. «Con el clima siendo siempre un desafío y algo que no puedo controlar, es bueno tener esa herramienta que te respalda», dijo Seuntjens, y agregó que tras el tornado el maíz «emergió del suelo más fuerte, más rápido, que es el objetivo del juego».

Los detalles cuentan la historia de una apuesta empresarial de escala. Bayer proyecta, con productos y estrategias como esta, ventas incrementales por más de 3500 millones de euros en los próximos cinco años. En la Argentina, el sistema Preceon lo sembrarán este año unos 20 productores con 1000 bolsas, una muestra todavía pequeña de un despliegue que en Estados Unidos ya tiene recorrido.

El telón de fondo es alarmante en los números pero sobrio en el relato. Por las rutas de Iowa se ven maíces sufridos por temperaturas sofocantes. El último tour del Pro Farmer, que evalúa la suerte del maíz a nivel nacional, fue categórico: se esperan 17 millones de toneladas menos que las 406,75 millones estimadas por el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA). Iowa e Illinois, que juntos representan más del 30% de la producción nacional, tenían previsiones de 70 millones y casi 59 millones de toneladas respectivamente, cifras que el clima ahora pone en duda. El 56,61% del territorio estadounidense se encuentra en condiciones de sequía.

Consultado puntualmente sobre ese fenómeno, Seuntjens no ocultó la incertidumbre pero volvió a apoyarse en la genética: «Con los rasgos genéticos actuales, las plantas son muy defensivas. Mis rendimientos continúan aumentando, y de eso se ha tratado principalmente el juego: de tratar de optimizar, ya sea la gestión de la humedad o el fertilizante, para realmente sacarle el máximo provecho». Sobre el resultado final, fue cauto: «Está por verse, creo que voy a estar ligeramente por debajo de lo que estaba antes. Pero eso se sabrá en un par de semanas cuando entremos al campo y vea qué es lo que realmente hay allí».

El desenlace, entonces, todavía no está escrito. Pero la trastienda de este año agrícola en el corazón de Estados Unidos ya deja una enseñanza que excede la cosecha: frente a una naturaleza que ningún funcionario puede domesticar por decreto, la respuesta que se está ensayando en los campos de Iowa no vino de un programa estatal de subsidios ni de una cumbre climática, sino de la inversión privada en genética vegetal y de productores dispuestos a pagar por una herramienta que reduce el riesgo.

Es la lógica del mercado operando donde más se la necesita: capital de riesgo, investigación aplicada y un agricultor que decide, con su propio dinero y su propia tierra, qué tecnología lo protege mejor. Mientras el USDA recalcula toneladas y la sequía ocupa más de la mitad del mapa, la pregunta relevante no es cuánta ayuda pública llegará, sino cuánta innovación seguirá llegando desde el sector privado. En esa apuesta, más que en cualquier discurso sobre el clima, parece estar la verdadera resiliencia del campo estadounidense.

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