La escena se repite en consultorios de todo el país: una familia recibe el diagnóstico de una enfermedad grave y, en medio del shock, nadie menciona los cuidados paliativos hasta meses o años después, cuando ya no queda margen para tratamientos curativos. Para el médico Sebastián Figueroa Dunn, director médico del Centro Los Pinos, ese retraso es el error de base de un sistema que asocia estos cuidados solo con la etapa final de la vida.
«Los cuidados paliativos son un paraguas amplio que busca aliviar el sufrimiento desde el momento del diagnóstico de una enfermedad grave, incluso mientras se realizan tratamientos curativos», explicó Figueroa Dunn (MN 131149). La distinción no es menor: mientras el paciente lucha por curarse, el dolor, la ansiedad, el insomnio o la depresión pueden y deben tratarse en paralelo, no como un capítulo aparte reservado para el final.
Las cifras confirman que la práctica va muy por detrás de la teoría. Según la Organización Mundial de la Salud, 56,8 millones de personas necesitan este tipo de atención cada año en el mundo y solo cerca del 14% accede a ella. La Organización Panamericana de la Salud estimó que 40 millones de personas la requieren anualmente debido al envejecimiento de la población y al aumento de enfermedades crónicas y no transmisibles.
En Argentina, la Ley Nacional de Cuidados Paliativos N.º 27.678 reconoce el acceso como un derecho y el servicio está incluido en el Plan Médico Obligatorio. Pese a ese marco normativo, menos del 15% de quienes lo requieren efectivamente lo recibe, según los datos citados por el especialista. El derecho existe en el papel; la prestación, no siempre en la práctica.
Figueroa Dunn trazó además una línea que ordena el momento de intervención de cada dispositivo. «El hospice se activa cuando la enfermedad ya no responde a tratamientos curativos y el foco pasa a ser el confort, la dignidad y la calidad de vida en la etapa final», señaló. Los cuidados paliativos, en cambio, pueden convivir con la búsqueda activa de la cura.
La trastienda de ese acompañamiento no es solo clínica. El especialista describió un trabajo que involucra a la asistencia social —para ordenar bienes y responsabilidades— y a la psicología paliativista, encargada del plano emocional del grupo familiar. «El orden en el fin de vida forma parte del cuidado y debería ser una práctica habitual», afirmó, en referencia a tradiciones como el shukatsu japonés o el Döstadning sueco, ambas orientadas a organizar pertenencias para no trasladar esa carga a los familiares.
Según el médico, la resistencia a esa conversación no es indiferencia sino miedo. «En nuestra sociedad la muerte está asociada al temor a lo desconocido, a la ausencia y al dolor; por supuesto que hay familias que ordenan sus asuntos en paz pero casi siempre es difícil», dijo. Y agregó que el resultado depende de la historia previa de cada núcleo: «Con familias unidas se logra mayor orden y calma, cuando el desorden es previo el trabajo del equipo será mayor».
Los objetos materiales, sostuvo, cumplen una función que trasciende lo doméstico. «En el final de la vida de un adulto mayor los bienes, en mi experiencia, son la tranquilidad de dejar un pedacito de porvenir a los que quedan», explicó. También los vinculó con la memoria afectiva: «Creo que se guardan los objetos que los llevan a ese lugar de felicidad que vivieron con la persona que va a partir». Y sumó una lectura cultural más amplia: «Los objetos y bienes nos atan a la tierra. En la cultura occidental lamentablemente muchas veces somos lo que tenemos».
Figueroa Dunn pidió no juzgar a quienes no logran cerrar ese proceso. «Sobre los familiares creo que no es egoísmo, gran parte de las veces es miedo, y ese miedo se vuelve enojo y desconfianza», afirmó, y explicó que la reacción está ligada a la confrontación con la propia finitud: «Los seres humanos nos encontramos con la finitud, y la muerte de ese familiar nos enfrenta con la nuestra». Sobre cómo abordar la conversación con los mayores, recomendó hacerlo «siempre desde el amor y la comprensión», porque «la empatía es ponerse en el lugar del otro y hacerlo en el fin de la vida es difícil por la lucha con el miedo y la culpa».
Los detalles cuentan la historia de un derecho que existe en la letra de la ley argentina pero que, en los hechos, no llega a ocho de cada diez personas que lo necesitan. El Plan Médico Obligatorio lo incluye, la norma lo garantiza, y sin embargo la brecha entre lo prometido por el Estado y lo efectivamente prestado sigue intacta.
Es el patrón conocido de buena parte de la salud pública latinoamericana: la sanción de una ley no sustituye la capacitación de profesionales, la inversión en infraestructura ni la integración real dentro del sistema sanitario, tres tareas que la propia Organización Panamericana de la Salud reclamó en su último reporte. Mientras el aparato estatal tarda en cerrar esa brecha, son centros privados y médicos como Figueroa Dunn quienes, en la práctica cotidiana, terminan sosteniendo un derecho que el papel promete y la gestión no siempre entrega.



