La escena ocurrió en la Escuela de Gobierno UC, entre paneles y preguntas de estudiantes. Sabina Alkire, economista alemana de 57 años y académica de la Universidad de Oxford, regresó a Chile invitada por esa universidad y el Instituto de Éticas Aplicadas para hablar de una idea que ella misma ayudó a construir hace quince años: medir la pobreza no solo por ingresos, sino por carencias en educación, salud y vivienda.
Junto al economista James Foster, Alkire creó en 2010 el Índice de Pobreza Multidimensional (IPM), hoy usado en la encuesta Casen. En esta entrevista con La Tercera, la académica lanzó una frase que resume el eje de su visita: «No hay una correlación significativa entre el crecimiento económico y la reducción de la pobreza multidimensional».
Los detalles cuentan la historia. Según Alkire, el 14 de octubre se publicará un estudio internacional que compara tendencias de pobreza monetaria y multidimensional en 108 países, con mediciones nacionales adicionales en 61 países. El hallazgo que destaca: cuando solo un tipo de pobreza se reduce, en el 75% de los casos es el IPM el que baja, no la pobreza monetaria.
Sobre Chile, con 9,5% de desempleo, Alkire fue consultada sobre qué puede hacer el Estado antes de que la pobreza multidimensional comience a subir. Su respuesta combinó diagnóstico empresarial y gasto público: «Lo primero es tener un intercambio con el mundo empresarial, para ver cuáles son sus necesidades, las tendencias y las proyecciones». Y añadió una idea concreta: en algunos países, quien cuida a un adulto mayor puede recibir «no tanto como un sueldo, pero sí un bono», una medida que —advirtió— «tiene implicancias para el presupuesto».
La irrupción de la inteligencia artificial fue otro de los temas. Para Alkire, la IA «aún no» es motor de una nueva pobreza multidimensional, pero es «una posibilidad muy grande», capaz de golpear tanto a los pobres actuales como a trabajadores con educación y empleo estable. Entre las salidas que plantea está «dar un ingreso básico financiado a través de impuestos a negocios que surjan a partir de la IA», además de subsidiar a comunidades rurales con conocimientos en agricultura o cuidado de bosques, «porque si un día las redes de computadoras se caen, vamos a necesitar» ese tipo de saberes.
La vivienda apareció con datos de la Cámara Chilena de la Construcción: el allegamiento por incapacidad financiera llega a 7% en sectores medios y profesionales, jóvenes titulados con trabajo estable que no logran pagar un arriendo. Alkire evitó una respuesta única. Citó el caso de Tailandia, donde el 46% de los hogares está compuesto por una sola persona y el problema ya no es el hacinamiento sino la soledad. «Es una conversación donde hay preguntas, pero no respuestas», resumió.
Consultada sobre si existe un tipo de gobierno que combata mejor la pobreza, la académica fue categórica: «En realidad, no». Según explicó, la Oxford Poverty and Human Development Initiative (OPHI) ha trabajado con gobiernos de derecha, de izquierda e incluso regímenes no democráticos, y en todos ha registrado resultados. La condición que pone su red de 67 países no es ideológica sino de compromiso: interés real en reducir la pobreza, ausencia de indicios de corrupción y que el IPM sea política de Estado y no bandera de un gobierno de turno.
Para ilustrar la magnitud de lo medido, Alkire citó dos casos asiáticos: según el IPM de India, 415 millones de personas salieron de la pobreza en 15 años; en China, 90 millones lo hicieron entre 2012 y 2020. Sobre Chile fue clara: «Eso no es posible en Chile, porque no hay tanta gente. Entonces no se pueden comparar».
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la creadora del IPM recorrió Santiago repitiendo una idea incómoda para cualquier receta de crecimiento a secas: que el PIB puede subir sin que la vida cotidiana de millones mejore en salud, vivienda o educación. Es un llamado de atención legítimo sobre los límites de mirar solo cifras macro.
Pero el diagnóstico de Alkire trae también una receta que merece escrutinio: financiar un ingreso básico con impuestos a los negocios de inteligencia artificial y sostener bonos estatales para cuidadores o comunidades rurales. Son fórmulas que, aplicadas sin disciplina fiscal, terminan pagándose con el dinero de los contribuyentes y pueden desincentivar la creación de empleo formal, justamente la vía que históricamente ha sacado de la pobreza monetaria a más personas que cualquier programa de transferencias. La pobreza multidimensional importa, y sus indicadores son útiles; pero reducirla sin motor de crecimiento y libre empresa detrás corre el riesgo de convertirse en asistencialismo permanente sin salida de fondo.



