A una novela le bastó una tarde para nacer. Claudia Piñeiro contó que la idea de El canto invisible surgió cuando, en casa de una amiga en Madrid, vio a Irene Lozano usar una app para identificar un pájaro que cantaba al atardecer. Desde entonces, dijo, la app se volvió una obsesión: no solo para reconocer aves, sino para descubrir especies en sus viajes.
De ese disparador salió una historia que acaba de publicarse por Alfaguara y que gira en torno de Julia, una editora que intenta terminar el libro inconcluso de su amiga Marina, una bióloga y especialista en bioacústica que murió dejando además un secreto. En paralelo, Julia debe lidiar con su nieto, un joven de postura política conservadora, contrario a la suya.
Piñeiro, nacida en Argentina y autora premiada con el Premio Clarín de Novela, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz y finalista del Booker Prize en 2022, explicó que el canto de los pájaros le permitió pensar otra cosa: la forma en que se disputa un territorio sin violencia, a través del sonido, y también la cantidad de otros «cantos» cotidianos que pasan inadvertidos hasta que una situación estalla en la sociedad.
La escena lo dice todo. La novela avanza desde la escucha, o mejor, desde su ausencia. Piñeiro definió escuchar como compenetrarse de verdad con lo que el otro dice, sin reducirlo a un murmullo que se finge atender. Y llevó esa idea al terreno político y familiar: recordó que, en su sociedad, muchos se enojaron con los jóvenes que votaron al gobierno actual, les pusieron adjetivos para descalificarlos y quisieron tenerlos lejos, hasta descubrir en la propia familia a un joven que pensaba y votaba en las antípodas.
En la trama, Julia encarna a una mujer progresista frente a un nieto libertario o, al menos, votante de este gobierno. Piñeiro dijo que ella no había escuchado antes sus quejas, su desilusión ni su miedo respecto del futuro, y que tampoco había advertido cómo el mundo estaba en falta con esas generaciones. La conversación no haría que ninguno cambiara de idea, aclaró, pero sí podría permitir que se encontraran en puntos comunes no menores.
Ese puente entre generaciones no es accesorio en la novela: es el centro emocional y político de la historia. Piñeiro señaló que sus personajes viven en las mismas calles que ella y en el mismo tiempo, por lo que terminan atravesados por conflictos reales. Dijo también que esta tensión generacional se ve hoy en Argentina, y supuso que también en Chile, además de haberla visto en las últimas elecciones de Brasil.
La autora fue más allá al hablar del progresismo. Consultada por si ha sido efectivo para transmitir sus ideas a las nuevas generaciones, respondió que «es evidente que no», no solo por la transmisión de ideas sino por la falta de respuesta a las inquietudes de la sociedad y de la juventud. Según su mirada, si no se reconocen los propios puntos flojos, será difícil salir de la situación en que las derechas más o menos ultra invaden el mundo ofreciendo pececitos de colores.
Piñeiro dijo que conversó con varios jóvenes y que eso le permitió entender algo central: pese a las diferencias, hay lugares donde pueden encontrarse. Sostuvo que muchos de los pibes que votaron al gobierno argentino no coinciden con el presidente en sus ataques a la comunidad LGTB, a las mujeres, a las personas con discapacidad, a la educación o la salud pública. Dijo que lo eligen por el modelo económico y por desilusión con otras propuestas, y que minimizan esos otros problemas aunque no los aprueban, porque lo sienten como un costo inevitable que esperan que se revierta.
Ahí aparece el desenlace político de esta conversación: no hay romanticismo posible con una generación que vota distinto, pero tampoco sirve el desprecio como método. La autora pone el foco en una falla del progresismo que en su diagnóstico va más allá de la comunicación: es una incapacidad de respuesta ante el malestar real de los más jóvenes. Para una sociedad que sigue discutiendo entre etiquetas y consignas, el mensaje es incómodo y directo.
También es una advertencia sobre el precio de no escuchar. Cuando el debate se refugia en la comodidad ideológica, la conversación pública se empobrece y la familia termina siendo la primera trinchera. En la lectura de Piñeiro, la política ya no está solo en los parlamentos o en las urnas: entró en la mesa, en la crianza y en la intimidad. Y ahí, como en el canto de los pájaros, el que no presta atención corre el riesgo de perder el sentido de lo que tiene alrededor.


