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El dinero irrumpe en la infancia y abre un debate sobre deseo, educación y mercado

Alexandra Kohan sostiene que hoy «se arrasa con la infancia» cuando se pone a los niños a interesarse por el dinero. Su lectura psicoanalítica cuestiona la expansión de la lógica mercantil en la vida cotidiana.
domingo 11 de octubre de 2026

A las diez y media de la mañana, en su casa de la Ciudad de Buenos Aires, Alexandra Kohan acomodó los auriculares y empezó a hablar de dinero. Lo hizo con la calma de quien abre una caja opaca: no para simplificarla, sino para mirar de qué está hecha.

La psicoanalista y ensayista acaba de publicar El libro del dinero: entre el don y la materialidad, editado por Paidós, y en la entrevista insistió en una idea que atraviesa todo su planteo: «El dinero nunca es solamente dinero». Para Kohan, esa presencia es hoy más visible y más fantasmagórica al mismo tiempo.

«Uno escribe situado en una época y me parece que es un momento en el que el dinero tiene un lugar», dijo. También explicó que escribe para saber qué piensa y qué no, y para investigar las formas mercantiles y consumistas con las que las personas se relacionan con los otros. En su enfoque, el dinero no es un simple instrumento de intercambio, sino un objeto cargado de deseo, opacidad y significados múltiples.

Kohan describió el dinero como un «significante vacío» que puede llenarse de sentidos distintos. Dijo que esa doble condición la llevó a pensar el vínculo entre el dinero y la vida cotidiana: cómo se paga o no se paga, cómo se olvida alguien de pagar, cómo se cuentan los billetes, cómo se guardan o cómo se cobra. «Cobrar tampoco va de suyo», afirmó.

La escena lo dice todo. En su lectura, la economía no entra en la subjetividad por la vía de la razón pura, sino por el deseo. «El interés por el dinero no es racional, sino libidinal», recordó al citar a Freud. Desde allí enlazó el dinero con factores sexuales, pulsionales y con una historia temprana que, según explicó, el psicoanálisis rastrea hasta la infancia.

Kohan retomó incluso la relación entre el dinero y la materia fecal para hablar de desprendimiento, asco y civilización. Citó a Ferenczi para señalar que el interés de los niños por la caca muta al interés por el dinero, y sostuvo que la civilización se ocupa de separar esas dimensiones. También recordó una frase de Bataille: «La civilización es la cloaca».

Pero el punto más político de su argumento apareció cuando vinculó esa lógica con el presente. «Cómo hoy en día se arrasa con la infancia, de muchas maneras, pero también de esa manera: poniendo a los niños a interesarse por el dinero», dijo. En esa frase condensó una preocupación que excede el consultorio y entra de lleno en el debate cultural sobre el mercado, la educación y la formación de los chicos.

Ese giro no es menor. Cuando una época convierte el dinero en tema central de socialización, lo que se juega no es solo una preferencia pedagógica, sino el lugar que se le da al deseo, al juego y al tiempo de maduración. Kohan no habló desde la trinchera económica, pero su advertencia apunta a la misma dirección: cuando la lógica mercantil se vuelve dominante, la infancia pierde espacio frente a la cuenta, el cálculo y la obsesión por acumular.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en la que el dinero dejó de ser solo una herramienta y pasó a ocupar el centro de la conversación pública y privada. En esa deriva, el mercado no solo organiza transacciones: también moldea hábitos, impone urgencias y coloniza el lenguaje con el que se piensa la vida.

Los detalles cuentan la historia. Kohan no propone una nostalgia ingenua ni niega que la plata importe. Reconoce, de hecho, que todos quieren dormir tranquilos, pagar las cuentas, comer y vivir lo mejor posible. Pero su crítica apunta a otra cosa: a la conversión de la relación humana en una relación permanentemente mediada por la forma mercantil.

Ahí está el desenlace de su planteo. La discusión sobre educación financiera no es neutra cuando se la mira desde el ángulo del desarrollo humano. Si el niño entra demasiado pronto en el cálculo, sale demasiado pronto del juego. Y cuando la lógica del dinero ocupa el lugar donde antes había tiempo para el deseo, lo que queda es una sociedad más eficiente para contabilizar, pero más pobre para formar personas libres.

Esa es la tensión de fondo que deja esta conversación. No se trata solo de cuánto dinero hay, sino de qué tipo de civilización se construye cuando el dinero se vuelve la medida de casi todo. Kohan pone el dedo en una herida cultural: la expansión de una racionalidad mercantil que avanza sobre la infancia, sobre el lenguaje y sobre la manera de desear.

La lectura es incómoda para cualquier agenda que celebre el cálculo como virtud suprema. También recuerda algo básico que el buen periodismo no debería perder de vista: el dinero organiza la vida, pero no debería colonizarla por completo. Cuando eso ocurre, el costo no se ve en una planilla, sino en la formación de una sociedad menos libre para imaginar otras cosas.

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