A casi 35 años de su primera visita a México, Alejandro Sanz regresó al país con Vanessa Martín como invitada y reunió a más de 60.000 aficionados en el Foro GNP de la Ciudad de México. La cita formó parte de la segunda parte de su gira «¿Y ahora qué?», con la que el vocalista y compositor recorrerá seis de los estadios más grandes del país.
La escena lo dice todo. Sobre el escenario, Sanz ondeó una bandera mexicana que después lanzó al público y comenzó su espectáculo pidiendo paz en varios idiomas, en línea con su discurso antibélico de los últimos años tras la guerra de Ucrania y el conflicto de Palestina.
El repertorio mezcló canciones de su último álbum, como «Bésame», con temas de etapas anteriores como «Desde cuándo» y «Mi soledad y yo». Uno de los momentos más emotivos llegó cuando presentó a Martín, a quien describió como una de las artistas que más lo ha apoyado durante su carrera profesional, marcada —según la propia crónica de la noche— por diversas crisis financieras y de salud mental.
Sanz dijo que «lo bonito de la vida es que no te deja de sorprender con cosas bellas» y explicó que «hay una parte de la música que se hace en soledad, y en esa soledad hay solo una compañía que es la de tu alma, la de tus inquietudes y la de tu corazón». Más tarde, ya sentado en un sillón y con fotos personales proyectadas a su espalda, buscó un ambiente íntimo pese a estar en un escenario con capacidad de más de 65.000 aficionados.
Entre las canciones que interpretó estuvieron «El vino de tu boca», «Quisiera ser» y «Hoy no me siento bien». Antes del cierre, reflexionó sobre el poder de la música y dijo que ese poder es «para hacer el bien» y que, cuando alguien no está en su mejor día, «siempre está la música para darte un abrazo y que te recuerde algo bonito».
El desenlace llegó con dos de sus temas más reconocidos en México: «No es lo mismo» y «Corazón partío». Sanz seguirá su gira por el país el 14 de octubre en Saltillo, en el estadio Francisco I. Madero.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: aquí no hubo burocracia ni Estado de por medio, sino un recordatorio de que la música sigue siendo una compañía poderosa cuando la vida aprieta. En una época de ruido público y soledad privada, el valor está en lo que une a decenas de miles sin pedir permiso ni subvenciones.
La escena también deja una lectura simple: cuando el mercado cultural produce artistas capaces de movilizar a más de 60.000 personas, el resultado no es solo entretenimiento, sino una forma de libertad individual y de encuentro que el aparato estatal no puede fabricar. Esa es la diferencia entre imponer y convencer; entre administrar emociones desde arriba y dejar que el talento haga su trabajo.


