La escena lo dice todo. Mientras el Comité Noruego del Nobel anunciaba el premio de la paz 2026, ponía en primer plano a una jurista que hizo carrera en el lugar menos cómodo para los gobiernos: los tribunales.
La galardonada es Navanethem Pillay, conocida como Navi Pillay, sudafricana, ex Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y exjueza del Tribunal Penal Internacional. El comité la premió por lo que describió como una trayectoria marcada por la «valentía e integridad» y por su impulso a un orden legal internacional más amplio, capaz de llevar ante la justicia a responsables de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y genocidio.
Pillay, nacida en 1941 en Sudáfrica, empezó su carrera en los años del apartheid. Las fuentes coinciden en que defendió a opositores al régimen segregacionista y que logró que los presos políticos de Robben Island, donde estaba encarcelado Nelson Mandela, obtuvieran acceso a abogados. Más tarde, pasó a ocupar cargos de peso en la justicia internacional y en Naciones Unidas.
Entre los hitos que marcaron su trayectoria aparece uno que el mundo jurídico no olvida: en 1998, como parte de un grupo de jueces en el tribunal para Ruanda, ayudó a establecer por primera vez en la jurisprudencia penal internacional que la violación podía constituir un acto de genocidio. Ese antecedente vuelve ahora al centro del debate sobre el alcance real del derecho internacional cuando se enfrenta a la violencia masiva.
La propia Pillay también quedó asociada a una de las misiones más controvertidas de los últimos años. Entre 2021 y 2025 presidió una comisión de investigación creada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para examinar las causas profundas del conflicto israelí-palestino. Según una de las fuentes, ese panel concluyó que en Gaza se estaba cometiendo un genocidio desde el comienzo de la guerra desencadenada por el ataque de Hamas contra Israel el 7 de octubre de 2023. Pillay declaró a AFP en 2025: «La responsabilidad recae en el Estado de Israel».
Esa etapa la dejó en el centro de duras críticas. La misma comisión recibió cuestionamientos de Israel y, según otra de las fuentes, Pillay llegó a ser acusada de antisemitismo, señalamiento que rechazó. No es un detalle menor: el premio la encuentra en un momento en que la disputa ya no gira solo en torno a una guerra o a un caso, sino a la legitimidad misma de los marcos jurídicos internacionales.
El premio también llega con Pillay todavía activa. Según las fuentes, hoy se desempeña como jueza ad hoc en un proceso relacionado con la persecución de la minoría rohinyá en Birmania. En paralelo, en Nuremberg, denunció los ataques contra la Corte Penal Internacional y advirtió que «vivimos en una época donde el derecho internacional y los derechos humanos son blanco de ataques políticos».
El comité Nobel reforzó esa lectura al advertir que observa «un giro hacia la política de poder en detrimento de los marcos jurídicos y del respeto mundial por el Derecho y la justicia». Para el organismo, cuando la fuerza se impone al Derecho, se socavan la estabilidad, la confianza y la coexistencia pacífica.
Hay una razón por la que ese mensaje resuena más allá de Oslo. Pillay no es una figura de salón ni una diplomática decorativa. Su carrera se construyó donde el poder suele incomodarse con las reglas: tribunales, comisiones de investigación y expedientes que obligan a fijar responsabilidades. De Mandela a Ruanda, de la ONU a Gaza, su nombre quedó ligado a la idea de que la justicia internacional debe existir para algo más que emitir comunicados.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El Nobel no solo honra una biografía; también toma partido por una arquitectura institucional que muchos gobiernos prefieren debilitar cuando los alcanza el escrutinio. La escena lo dice todo: el reconocimiento a Pillay funciona como un recordatorio de que el Estado de derecho no es una consigna decorativa, sino el único límite serio frente a la política de poder.
En tiempos en que la burocracia internacional suele parecer lenta y distante, el caso Pillay recuerda algo elemental: cuando los tribunales funcionan, el costo de la impunidad sube. Y cuando se deslegitima a quienes investigan o juzgan, el beneficio inmediato no es para la justicia, sino para quienes quieren moverse sin control.
Ese es el desenlace de fondo. El Nobel premia a una jueza; pero también advierte sobre una pelea mayor por el principio de que ningún Estado, por fuerte que sea, debería quedar fuera del alcance de la ley.

