Karol G lleva desde julio de 2026 una gira por estadios de Estados Unidos con la Viajando Por El Mundo Tropitour, que la ha puesto frente a recintos como el SoFi Stadium de Los Ángeles, el MetLife Stadium de Nueva York y el Hard Rock Stadium de Miami. La gira, según la artista, sostiene el peso de Tropicoqueta, su sexto álbum de estudio, y también le sirve para promover No Me Arrepiento De Sentir Tanto.
En una entrevista con Joe Coscarelli y Jon Caramanica en el Popcast, de The New York Times, la cantante habló del lugar que ocupan los artistas latinos en Estados Unidos y de lo que significó para ella encabezar Coachella 2025. La escena lo dice todo: sobre un escenario que la convirtió en una de las figuras centrales de ese festival, Karol G dijo que sintió «mucho peso» por el momento que vivía su comunidad en el país.
«Ser headliner, en el momento que nuestra comunidad estaba viviendo en el país, sentí mucho peso para tomar el momento y que valiera la pena», dijo la artista colombiana. También explicó que el montaje le tomó tiempo y que quiso pensar cada elemento: «Me tomó mucho tiempo crear un show para Coachella: todo lo que quería defender, mi mensaje, cómo voy a presentar a mi comunidad».
Su objetivo, según contó, no era solo hacer una presentación de alto impacto visual, sino construir una puesta en escena que comunicara identidad. «Quería hacer un show en el que la gente pudiera entender quiénes somos, qué estoy intentando decir», afirmó.
Karol G también sostuvo que, para ella, el arte y la política no podían separarse. «Creo que no hay forma de separarlos. Creo que la gente sabe lo que representamos los latinos. O sea, todos estamos en plan ‘que se joda ICE’, ¿sabes? Todos pensamos así», dijo.
Aun así, aclaró que su apuesta en Coachella no fue hacer un discurso político explícito desde el escenario. Frente a tres cabezas de cartel —Justin Bieber, Sabrina Carpenter y ella—, dijo que su decisión fue otra: «Necesitaba asegurarme de que Karol G llevara a ese escenario todo lo que somos. Y traer eso fue, para mí, la mejor manera de dar una declaración».
Ese mensaje no se quedó en el espectáculo. La cantante dijo que su Fundación Con Cora tiene un programa de apoyo a mujeres inmigrantes en Estados Unidos. «Ayudamos a todas las mujeres inmigrantes, chicas en Estados Unidos, que necesitan irse o a quienes alguien se llevó, y las ayudamos legalmente», afirmó. Para Karol G, el activismo de escenario y el trabajo de base forman parte de un mismo compromiso.
La conversación también tocó las acusaciones de apropiación cultural que recibió tras publicar Tropicoqueta en 2025. La artista rechazó esa crítica y aseguró que, en su caso, la mezcla de ritmos responde a su propia biografía. «Entendería eso si lo hago por cualquier tendencia o por cualquier razón que no es honesta», dijo.
Su argumento fue personal. «Para mí no es apropiación cultural, por ejemplo con el mariachi o la música mexicana, porque crecí escuchándola. Tuve un mariachi en mis 15 años. Crecí escuchándola, siendo fan, entendiendo la cultura, aprendiéndola, investigándola», explicó. Y añadió una comparación con Rocío Dúrcal, a quien describió como una artista nacida en España que se mudó a México por su amor a la música y a la cultura ranchera.
El giro de la historia es claro: Karol G no habló solo de una gira o de un disco, sino de la disputa por el significado de la representación latina en uno de los escenarios más visibles del mundo. En una industria donde muchos prefieren el silencio estratégico, ella eligió convertir su presencia en mensaje.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: lo que Karol G describió en Coachella y lo que ahora sostiene con su fundación apuntan a una idea incómoda para la corrección política y cómoda para el poder cultural de turno. Los artistas pueden querer esquivar la consigna, pero no esquivan el debate sobre quién habla por una comunidad, quién la representa y con qué libertad lo hace.
Y ahí está el valor de su postura desde la óptica de la libre expresión y la iniciativa individual: no pidió permiso para definir su obra ni delegó su identidad en una burocracia cultural. La usó, la defendió y la convirtió en un activo artístico. En una época en la que todo quiere leerse como catecismo político, esa decisión también es una declaración.


