Carlos Humberto Morazán, un hondureño de 30 años con síndrome de Down, volvió a ver a su familia en El Salvador después de varios días de búsqueda en Honduras. La escena lo dice todo: el punto final del caso no fue una calle ni un hospital, sino una estación policial en Cojutepeque, Cuscatlán Sur.
La Policía Nacional Civil de El Salvador informó que Carlos se presentó en la delegación el 28 de septiembre. A partir de ese momento, dijo la institución, comenzaron las gestiones para identificarlo y ubicar a sus familiares.
Según la PNC, tras realizar verificaciones, logró comunicarse con los hermanos del joven en Honduras. Ellos ya habían denunciado su desaparición.
La familia viajó luego desde Honduras hasta El Salvador por la frontera de El Amatillo, en el departamento de La Unión. Un equipo policial los esperaba allí y los trasladó hasta Cojutepeque para concretar la entrega.
La institución señaló que el joven fue entregado en buen estado de salud y que no había sido víctima de ningún delito. También indicó que no precisó cómo llegó desde Honduras hasta la ciudad salvadoreña, ni el recorrido que realizó mientras estuvo separado de su familia.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Los familiares habían pedido ayuda pública desde finales de septiembre para localizarlo. El medio hondureño HCH difundió el testimonio de sus hermanos, que explicaron que Carlos requería cuidados especiales y tenía dificultades para comunicarse.
Uno de ellos afirmó que Carlos no habla y se expresa principalmente mediante señas. También dijo que podían identificarlo si lo llamaban «Pastor», porque respondía a ese nombre.
La familia relató que el hombre salió de su vivienda el 26 de septiembre en el barrio El Arenal, en Danlí, departamento de El Paraíso. Sus parientes creían que iba hacia una iglesia, una actividad que realizaba con frecuencia, pero no regresó a casa.
Una de sus hermanas explicó que Carlos llegó a la terminal de Danlí y abordó un taxi. El conductor no consiguió establecer hacia dónde se dirigía, porque el joven no podía expresarse verbalmente. Más tarde, según el relato familiar, subió a un autobús que cubría la ruta entre Danlí y Tegucigalpa, con llegada a Comayagüela.
Los familiares presentaron denuncias ante las autoridades de Danlí y Tegucigalpa mientras intentaban reconstruir sus últimos movimientos. La hermana del joven advirtió además que Carlos tampoco escuchaba y que necesitaba supervisión. Durante la búsqueda, expresó temor por los riesgos que podía enfrentar solo en la vía pública, sobre todo cerca de vehículos, motocicletas y otros peligros.
La PNC indicó que el contacto con los hermanos permitió coordinar el viaje de la familia a territorio salvadoreño. Tras cruzar por El Amatillo, el padre y los hermanos del joven fueron trasladados a Cojutepeque, donde se produjo el reencuentro.
Los detalles cuentan la historia. El caso terminó con el regreso de Carlos Humberto Morazán junto a sus familiares, después de haber salido de su casa. En medio de la trastienda del operativo, la intervención policial sirvió para cerrar una búsqueda que había empezado en Honduras y terminó en una delegación salvadoreña.
La escena también recuerda algo básico que a veces se pierde entre trámites y fronteras: cuando una persona desaparece, cada hora pesa. Aquí hubo coordinación entre autoridades y familia, y el desenlace fue el reencuentro. Pero el dato de fondo permanece. Un ciudadano vulnerable cruzó sin explicación conocida de un país a otro antes de ser localizado, y el sistema solo logró reconstruir su ruta después de que la búsqueda ya llevaba días en marcha.


