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Argentina entra en la nueva carrera espacial con activos propios, pero el negocio ya es de escala global

La industria espacial dejó de ser una competencia de banderas para convertirse en un mercado multimillonario dominado por satélites, datos y empresas privadas. Argentina conserva capacidades, experiencia y proyectos, pero el desafío será convertir ese capital científico en valor económico y soberanía real.
domingo 11 de octubre de 2026

La carrera espacial ya no se mide solo por quién llega primero a la Luna. Hoy se juega también en telecomunicaciones, observación de la Tierra, análisis de datos, navegación e infraestructura orbital. En ese tablero, el espacio se volvió una industria estratégica y multimillonaria, con participación creciente de empresas privadas.

En una entrevista en Infobae a la Tarde, Carolina Renaud trazó ese mapa y ubicó a Argentina dentro de una historia más larga de la que suele recordarse. «Argentina tiene más de 70 años de desarrollo espacial», sostuvo. Y recordó que el recorrido local no empezó con los satélites conocidos por el público, sino en 1949, cuando el ingeniero Teófilo Tabanera impulsó el desarrollo de una industria espacial argentina.

Ese proceso derivó en programas de investigación y, una década más tarde, en el lanzamiento del Alfa Centauro, el primer cohete argentino, en 1960. Después llegaron hitos que colocaron al país entre los pioneros de la región y del mundo en experimentación biológica en el espacio.

Renaud destacó el trabajo de la Fuerza Aérea en aquellos años y recordó que en 1967 Argentina envió al espacio al ratón Belisario, mientras que en 1969 hizo lo mismo con el mono Juan. Ambos fueron recuperados con vida. «Argentina fue el cuarto país del mundo en mandar un ser vivo al espacio», señaló.

Detrás de esas misiones, explicó, hubo capacidades que iban mucho más allá del experimento: desarrollo de cohetes, cálculo de trayectorias, sistemas de recuperación y formación científica. Es decir, una base tecnológica que no se improvisa y que demanda tiempo, continuidad y dinero.

Ese conocimiento no desapareció. Sigue presente en ámbitos académicos, con grupos de la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Nacional de Córdoba que continúan trabajando en cohetería experimental. La escena lo dice todo: la huella espacial argentina no quedó congelada en los libros, sino que persiste en laboratorios y universidades.

El nuevo giro de la industria está marcado por el llamado New Space, un modelo en el que las compañías privadas tomaron un rol central. Los satélites son cada vez más pequeños, numerosos y especializados, y un mismo lanzamiento puede transportar decenas de cargas útiles de empresas, universidades y organismos de investigación.

Renaud describió ese cambio con claridad: «El sector privado tomó un rol muy preponderante». Y lo vinculó con una expansión de usos que va desde materiales y productos farmacológicos hasta aplicaciones alimentarias, todo bajo las condiciones de la microgravedad.

Argentina participa de ese ecosistema. Renaud mencionó investigaciones vinculadas con el envío de semillas de maní a la Estación Espacial Internacional, desarrolladas desde la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Córdoba. También destacó el CubeSat Atenea, una misión en la que participaron universidades y organismos científicos nacionales y que permitió enviar un satélite argentino a unos 70.000 kilómetros de la Tierra.

En ese proyecto participaron la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad Nacional de San Martín, la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, el Instituto Argentino de Radioastronomía, la Comisión Nacional de Energía Atómica y el Instituto Balseiro. Para Renaud, uno de los principales resultados fue la experiencia acumulada. «Ahora Argentina tiene herencia de vuelo, con lo cual distintos países pueden solicitarnos esos servicios», explicó.

Esa frase resume el desafío de fondo: dejar de ser solo un país con antecedentes valiosos para pasar a ser un proveedor de capacidades. En un mercado donde el acceso al espacio se abarata y se multiplica, la ventaja ya no está solo en lanzar más, sino en ofrecer servicios, datos, ingeniería y soluciones concretas.

También aparece un frente institucional. La participación argentina en los Acuerdos Artemis abre un marco de cooperación internacional para proyectos de exploración espacial. Según Renaud, allí existe una oportunidad para que universidades, organismos científicos y empresas nacionales desarrollen experimentos, electrónica, ingeniería y procesamiento de datos.

En ese contexto, la especialista subrayó dos desarrollos argentinos: los satélites SAOCOM, destinados a la observación de la Tierra, y los ARSAT, utilizados para telecomunicaciones. «Los SAOCOM son de observación de la Tierra y los ARSAT son de telecomunicaciones», explicó. Y fue más lejos al marcar el valor estratégico de la infraestructura propia: «ARSAT es soberanía en telecomunicaciones».

La lectura de fondo es incómoda para cualquier país que quiera insertarse en serio en esta industria: el espacio dejó de ser una épica de laboratorio y se convirtió en un negocio multimillonario. Eso exige escala, continuidad y reglas claras para que el conocimiento no quede atrapado en la burocracia ni dependa solo del entusiasmo de científicos y universidades.

Para Argentina, el potencial existe. La pregunta es si el aparato estatal, las instituciones científicas y el sector privado podrán traducirlo en ventajas concretas para la economía real. En una industria donde mandan la inversión, la innovación y la infraestructura, quedarse en el gesto simbólico sería caro. Convertir esa herencia en soberanía productiva, en cambio, podría dar al país un lugar más firme en el nuevo mapa espacial.

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