Karl Deisseroth, profesor estadounidense de bioingeniería y de psiquiatría y ciencias del comportamiento en la Universidad de Stanford, recibió este lunes 5 de octubre el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026, otorgado por el Instituto Karolinska de Estocolmo, Suecia.
Junto con los científicos alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel, Deisseroth fue reconocido por su trabajo en optogenética, una disciplina que combina técnicas genéticas y ópticas para controlar el comportamiento de las células.
Según explicó el comité que otorga el reconocimiento, los galardonados sentaron las bases de una nueva era en la neurociencia al descubrir la canalrodopsina, una proteína presente en un alga unicelular que fue transformada en un tipo de interruptor para las células nerviosas, activado por luz.
La escena lo dice todo. En las redes sociales, Deisseroth compartió el momento en que dio la noticia a su familia. En el video aparecen sus cuatro hijos y su esposa, la neurocientífica Michelle Monje. «Acabo de recibir una llamada esta mañana, para decirme que he ganado el Nobel», dijo frente a Sofia, de 10 años, y Emma, de 13, que se lanzaron a abrazarlo. Hudson, de 16 años, también lo felicitó.
La Universidad de Stanford también difundió el recibimiento del investigador a su llegada al trabajo. En la grabación se ve a alumnos y personal académico y docente recibirlo con aplausos y vítores mientras entra por las puertas del recinto.
Jonathan Levin, doctor y presidente de la Universidad de Stanford, dijo que «no solo estamos orgullosos de que Karl sea uno de nuestros miembros del cuerpo docente aquí en Stanford, sino que fue uno de nuestros estudiantes... En Stanford nos enorgullece considerarlo uno de los nuestros».
De acuerdo con Gaceta Médica, la proteína descubierta por el equipo de científicos en un alga unicelular es uno de los aportes más precisos de la neurociencia por su hallazgo sobre canales iónicos activados por la luz y la optogenética.
Ese método ayuda a identificar cómo las células nerviosas dan forma a los recuerdos, sentimientos y comportamientos en el cerebro, como el hambre, la sed o la defensa del cuerpo. También ha traído avances en la comprensión del deterioro visual de las personas y su restauración.
La proteína canalrodopsina es sensible a la luz azul y permitiría controlar células específicas en las células cerebrales de los mamíferos, lo que ayudaría a tener nuevo conocimiento sobre el tratamiento de ciertos trastornos neurológicos y psiquiátricos.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El Nobel vuelve a poner en primer plano una idea poderosa: la ciencia de frontera no nace de la burocracia ni de los discursos, sino de la libertad para investigar y convertir conocimiento básico en aplicaciones concretas. En este caso, la promesa es médica y humana: más comprensión del cerebro y nuevas posibilidades para tratar enfermedades.
También hay una lectura más amplia para Stanford y para el ecosistema científico que rodea a sus investigadores. Cuando una universidad celebra a uno de los suyos por un hallazgo así, lo que está en juego no es solo prestigio académico. Es la capacidad de atraer talento, sostener laboratorios competitivos y defender una cultura de mérito, donde el avance se mide por resultados y no por consignas.

