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Reciclaje en Chile: la brecha entre saber y hacer sigue frenando el sistema

Solo uno de cada tres chilenos sabe qué ocurre con sus residuos tras reciclar, según el tercer Barómetro de Reciclaje de ReSimple y Cadem. El desafío, dice Macarena Palma, ya no es solo informar, sino convertir la educación en hábitos sostenidos y reglas más claras.
lunes 5 de octubre de 2026

Solo uno de cada tres chilenos sabe qué pasa con sus residuos después de reciclarlos. Ese dato, que aparece en el tercer Barómetro de Reciclaje de ReSimple y Cadem, resume una tensión que el sistema chileno todavía no resuelve: la gente dice conocer el reciclaje, pero esa comprensión no se traduce con facilidad en conducta cotidiana.

La medición, levantada a tres años del inicio de la operación del reciclaje de envases y embalajes, muestra que más del 84% de las personas reconoce los principales materiales reciclables y que disminuyen varias barreras prácticas para hacerlo. Aun así, el salto desde la disposición declarada hasta la acción regular sigue siendo el punto débil.

«El pasar del conocimiento a la acción es la siguiente etapa que tenemos que lograr en el reciclaje», dijo Macarena Palma, gerente de marketing y asuntos públicos de ReSimple, en entrevista con radio Duna. Su diagnóstico pone el foco en una falla de ejecución más que de intención: hoy mucha gente sabe qué reciclar, pero no necesariamente sostiene el hábito.

El barómetro indica que un 50% de las personas declara reciclar de manera quincenal o mensual. Pero, según ReSimple, existe una diferencia entre lo que la ciudadanía declara y lo que realmente logra incorporar a su rutina. La organización insiste en que el reto no es solo ampliar la adhesión inicial, sino consolidar una práctica estable en los hogares.

La confianza aparece como una pieza central del problema. El estudio incorpora por primera vez un índice de confianza en el reciclaje en Chile, que llega a 53,5%. Sin embargo, al mirar los detalles, la fotografía se divide: las personas expresan una confianza superior al 60% en su propio aporte, mientras que la confianza en que los demás hacen el proceso correctamente cae al 39%.

A eso se suma que solo un 35% declara saber qué ocurre con sus residuos después de entregarlos para reciclaje. Palma subraya que esa brecha importa porque la participación ciudadana también depende de la certeza de que el esfuerzo hecho en casa no termina perdido en la burocracia o en una cadena poco transparente.

«Tenemos una oportunidad de 65% de personas que no saben lo que pasa. Yo creo que es tremendamente importante el tema de la confianza y saber que lo que estás haciendo, porque es un esfuerzo, sí llega a buen puerto», afirmó.

La accesibilidad también pesa. Un 52% considera que reciclar es fácil, mientras que el 48% restante no lo ve así. Aunque disminuyen barreras como la falta de información, tiempo, espacio en el hogar o cercanía de puntos de reciclaje, Palma sostiene que la infraestructura disponible sigue siendo determinante para que el ciudadano común no tenga que cargar con costos extra de tiempo y desplazamiento.

«Una de las cosas claves es que efectivamente tiene que estar muy a la mano el reciclaje para el ciudadano», explicó. En su planteamiento, pedirle a una persona que vaya a un punto limpio sigue siendo una exigencia de preparación, tiempo y desvío respecto de su rutina laboral o familiar.

Por eso, la recolección domiciliaria aparece como una herramienta que reduce fricciones y facilita que el reciclaje se incorpore a la vida diaria. Pero Palma advierte que esa expansión debe ir acompañada de educación permanente. «Esto es consistencia, es a largo plazo. No es «voy, educo y me retiro», sino cómo seguimos educando», dijo.

En esa misma línea, la ejecutiva sostiene que la educación ciudadana es una de las palancas que más mueve la participación. ReSimple reconoce que existen discusiones sobre mayores exigencias o sanciones para quienes no reciclan, pero plantea que cualquier avance debe considerar las condiciones reales de implementación y el aprendizaje de la ciudadanía.

El enfoque, según Palma, no es expulsar a quien parte tarde, sino abrir la puerta para que más personas se sumen y aprendan en el camino. «Nosotros preferimos que comiencen con el acto de reciclar y sobre la marcha nos preocupemos de que aprendan y enseñar», dijo.

El debate también alcanza al marco regulatorio. ReSimple plantea que hoy los municipios no están obligados a sumarse a la Ley de Responsabilidad Extendida del Productor, la llamada REP, una situación que la organización considera necesario revisar. Palma dijo que ven ahí «una oportunidad de no ser menos ambiciosos en lo que queremos con la ley, pero sí tener reglas más eficientes y más claras que permitan que esto ocurra».

Además, ReSimple apunta a la revisión del Decreto Supremo N°12, que fija metas de recolección y valorización de envases y embalajes. Según Palma, esas conversaciones ya avanzan con el Ministerio del Medio Ambiente y otros actores del ecosistema REP. «Hoy en día contamos con mucha evidencia, entonces las conversaciones están avanzando, las voluntades están», agregó.

El 88% de las personas, según el barómetro, cree que una alianza público-privada es la mejor forma de abordar el reciclaje. Para ReSimple, eso confirma que el sistema no depende de un solo actor, sino de una red completa: municipios, gobierno, empresas, sistemas de gestión, gestores y recicladores de base.

La escena lo dice todo. El reciclaje en Chile ya no parece un problema de desconocimiento total, sino de coordinación, hábito y confianza. Para entender el presente hay que volver a esa semana: la discusión ya no gira solo en torno a enseñar qué se recicla, sino a construir condiciones para que hacerlo deje de ser un esfuerzo excepcional y se convierta en rutina.

Ahí está el giro que importa. Cuando el aparato regulatorio no obliga, cuando el servicio no está suficientemente a mano y cuando la educación no se sostiene en el tiempo, el costo termina recayendo en la voluntad individual. Y en esa fórmula, el sistema avanza más lento de lo que promete.

Lo que está en juego es simple: si el reciclaje va a depender solo del entusiasmo ciudadano o si el Estado, los municipios y los operadores pueden armar un esquema claro, accesible y verificable. Sin reglas más eficientes y sin confianza en que el residuo llega a buen puerto, la buena intención sigue siendo un insumo débil para una política pública que quiere volverse hábito.

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