La escena lo dice todo. Bruce Blanco, una estrella de rock venida a menos, quebrada y víctima de sus excesos, intenta revivir los viejos días de gloria de Sad Face, la banda que lo lanzó a la fama y que él mismo llevó a la ruina. No lo hace por nostalgia, sino para seguir costeando su «miserable estilo de vida».
Esa es la base de Esto no es Sad Face, la nueva película de José Salaverría, que llega a las salas de cines venezolanas el 8 de octubre. La cinta se presenta como una sátira de las crisis existenciales de los hombres de mediana edad y de su dificultad para reconocer que necesitan ayuda para no herir a quienes tienen alrededor.
Salaverría lo resume con una idea sencilla: «Todos sufrimos, hemos vivido un divorcio o despecho, pero la verdad es que seguimos adelante (…) La mejor catarsis es la risa y el arte». El filme se apoya precisamente en esa lógica: humor, actuaciones exageradas y un estilo burlón para convertir el fracaso personal en comedia.
La historia sigue a Bruce en su intento de revivir Sad Face junto a un grupo de adolescentes. Sin querer, el rockero termina convertido en una especie de mentor para los jóvenes, pero los roces entre ellos hacen que la banda se vuelva a separar poco antes de su gran debut. En el camino aparece Asli, hija de otro de los exintegrantes fallecidos, quien se interpone para evitar el regreso del grupo.
La película mezcla comedia con situaciones deliberadamente exageradas y escenas de falso documental. En ocasiones, el espectador puede preguntarse si algunas interpretaciones forman parte del plan o si responden a «un desatino del momento»; de ese juego sale una obra que recuerda al cine de clase B popular en los años 80.
El reparto está encabezado por el mexicano Jorge Luis Moreno, conocido por su trabajo en series como Chespirito: Sin querer queriendo y El señor de los cielos. También participan Josette Vidal, Fefi Oliveira y Willy Martin, además de actores nóveles como Guaiker Noriega, Ángel Chacín Márquez y Juan Mantilla, quienes interpretan a los jóvenes músicos que intentan revivir Sad Face.
Moreno lleva el peso de la historia, pero las actuaciones de Guaiker, Juan y Ángel son las más destacadas, según la reseña. Los tres, con experiencia en cortometrajes, aportan el tono y el ritmo más divertido y gracioso de la trama.
La producción es una coproducción entre México y Venezuela, grabada en 2018 en Maracaibo. Salaverría dijo que la inspiración nació de una experiencia personal: «un divorcio complicado», además de la movida musical rockera de la ciudad en los años 90. También quiso rendir homenaje a bandas como Zapato 3 y TLX, y a referencias de su formación como MTV.
«Extraño mucho escuchar bandas, no porque me las recomendó un algoritmo, sino porque me las recomendó una persona», dijo el cineasta. Su comentario apunta a una época en la que las subculturas tenían lugares de encuentro y una comunidad reconocible. La película se mueve, en parte, sobre esa nostalgia: no solo por la música, sino por una forma de vida cultural que se apoyaba en la proximidad y en el intercambio directo.
El estreno, sin embargo, no llegó rápido. Aunque el filme se grabó hace ocho años, hubo escenas filmadas a finales de 2020, lo que retrasó el lanzamiento. Salaverría atribuyó parte del problema a «un montón de burocracias que retrasaron todo». Y añadió: «En las películas independientes, con bajos recursos, cualquier cosita que les pasa desbalancea todo».
Ahí está el giro que importa. Una película sobre la ruina personal terminó atrapada también en la ruina administrativa que suele castigar a las producciones de bajo presupuesto. Cuando el aparato burocrático se impone, la creatividad paga la cuenta en tiempo, dinero y oportunidades perdidas.
Salaverría dijo además que quiere que más personas se interesen por lo que se hace en Zulia y en el resto del país relacionado con cine, música o cualquier manifestación artística. También afirmó: «Ahorita hay muy buenas bandas en Maracaibo, pero la crisis y la falta de apoyo es lo que hace que no terminen de destacar».
Para entender el presente hay que volver a esa semana: no solo se estrena una sátira sobre el paso del tiempo y el fracaso, también se expone el costo de producir cultura en un entorno donde la burocracia, la crisis y la falta de apoyo siguen condicionando quién llega a escena y quién queda en la trastienda.
Los detalles cuentan la historia. Esto no es Sad Face no solo se ríe de la mediana edad: también deja ver cómo, en Venezuela, el talento independiente debe abrirse paso entre retrasos, escasez y trámites que golpean con fuerza a quienes intentan hacer cine fuera de las grandes estructuras.


