AHORA
Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•Zacharia cae a los cinco días y expone el costo político de la improvisación en la Casa Blanca•Trump frena la transmisión pública de la ejecución de Hasan tras el rechazo por convertirla en espectáculo•Pope Leo pasa la primera prueba tras la cirugía de pulmón y el Vaticano habla de recuperación normal•La mansión de Durazo se convierte en universidad: Tlalpan gana una sede y el gobierno presume recuperación de espacio•Museo Nacional: 30 obras retiradas y una batalla cultural que avanza sobre la memoria•Sonora frena sus exportaciones de ganado por una sospecha de aftosa•El Vaticano descarta complicaciones en la cirugía del papa León XIV, con un pronóstico aún por definir•Caen dos presuntos extorsionadores tras el ataque a la casa de Elvis Guerra•Tecnología, individualismo y política: la alarma de Ades sobre una sociedad más replegada•Anthropic pide reglas comunes para la IA mientras acelera ingresos y salida a bolsa•
Hemisferio
PolíticaAméricasMundoNegociosTecnologíaCulturaIdeas
Hemisferio
Secciones
El medio
Mundo

El Malecón de La Habana, refugio cotidiano frente a la crisis cubana

Construido entre 1901 y 1902, el paseo marítimo se convirtió en punto de encuentro, pesca y conversación para habaneros que buscan aire, luz y mar en medio de apagones y crisis alimentaria.
miércoles 7 de octubre de 2026

El Malecón de La Habana no nació como un símbolo turístico, pero terminó convertido en uno. Construido entre 1901 y 1902, el paseo de ocho kilómetros protege sectores de la ciudad de la acción del mar y, con el tiempo, se consolidó como parte de la vida cotidiana de la capital cubana.

También se volvió una especie de sala pública a cielo abierto. Allí se reúnen pescadores, jóvenes, familias enteras, músicos y grupos de amigos. El apodo de «sofá de la Habana» no responde a una denominación oficial: surgió del uso social del muro como un lugar para sentarse a conversar, escuchar música, pescar, contemplar el mar o esperar.

La escena es simple, pero dice mucho sobre el país. Mientras la crisis diaria golpea a la isla, el Malecón ofrece una pausa. En sus muelles, grupos de amigos e incluso desconocidos comparten espacios donde se forma una suerte de «piscina» o alberca para bañarse con más tranquilidad. Para muchos, es también una forma de mirar la ciudad sin la mediación de la rutina doméstica.

Los apagones aparecen en esa historia como un factor decisivo. Las fuentes describen que los largos apagones son momentos en que los habitantes deciden ir al Malecón. Al atardecer, el paseo marítimo se transforma en punto de encuentro para quienes buscan luz natural ante la ausencia de electricidad.

Ese uso resignifica el espacio. Lo que para una ciudad costera es obra de infraestructura y borde marítimo, para muchos cubanos funciona como refugio frente a la escasez de luz y frente al encierro forzado por la crisis. No se trata solo de mirar el mar: se trata de encontrar un lugar donde seguir viviendo la ciudad cuando la vida doméstica se interrumpe.

La pesca ocupa un lugar central en esa rutina. Una de las actividades más comunes en el Malecón es pescar, y en las imágenes y descripciones aparece como una forma de conseguir comida ante la crisis alimentaria que atraviesa Cuba. Allí, la línea entre recreación y necesidad se vuelve borrosa.

También hay un componente generacional. Jóvenes posan para fotografías, músicos comparten con parejas, madres e hijas se distraen un momento junto al Castillo de los Tres Reyes del Morro. En torno al muro conviven el ocio, la contemplación y la supervivencia, a veces en la misma escena.

La extensión de ocho kilómetros ayuda a explicar su peso urbano. El Malecón no es un rincón aislado, sino una franja que acompaña la ciudad y protege sectores enteros de la acción del mar. Por eso su presencia es material y simbólica al mismo tiempo: amarra a La Habana con la costa y a los habaneros con un espacio de uso común.

El nombre popular condensa esa apropiación. «Sofá de la Habana» no es un rótulo de oficina ni una estrategia de marketing. Es una forma de nombrar un sitio que la gente hizo suyo porque ofrece algo que en la isla parece cada vez más escaso: un lugar para reunirse sin pedir permiso, conversar sin apuro y resistir, aunque sea por unas horas, el peso de la crisis.

Para entender el presente hay que volver a esa semana, y a tantas otras parecidas, en las que el Malecón aparece como la salida más cercana a la asfixia cotidiana. La escena lo dice todo. Cuando el Estado no garantiza electricidad estable ni alivio a la crisis alimentaria, la calle y el borde del mar terminan funcionando como respuesta improvisada de la gente.

Ahí está el contraste que importa: un espacio público que sirve de respiro porque el sistema alrededor falla. Los protagonistas de esta historia no son los edificios ni el muro, sino los cubanos que siguen buscando en ese paseo un poco de vida normal. El desenlace no es una solución; es una evidencia. Cuando la economía y los servicios no alcanzan, la ciudadanía se apoya en lo único que todavía no se ha apagado: el encuentro entre personas, el mar y la necesidad de seguir adelante.

Más de Mundo