La escena lo dice todo. En un panel de robótica de AI 305, el foro de inteligencia artificial de la Universidad Internacional de Florida, apareció Luka, un robot humanoide que habla español y que la empresa estadounidense VaultBots quiere llevar a hoteles, restaurantes y centros de cuidado de mayores.
La apuesta viene con un mensaje insistente desde la compañía. «Luka no va a reemplazar ningún empleo. En realidad, va a mejorarlos todos», dijo Gary Khachatryan, fundador y director ejecutivo de VaultBots, a EFE. Según explicó, el robot puede reforzar el servicio en las horas pico o recomendar restaurantes de la zona a los huéspedes. «Así libera más tiempo para que los humanos interactúen con los clientes mientras el robot hace parte del trabajo pesado», agregó.
En la trastienda de esa presentación, la discusión fue más amplia que un simple lanzamiento comercial. Anthony Abrahao, investigador del Laboratorio de Robótica Aplicada de la FIU, contó que en 2025 los trabajadores del complejo nuclear de Hanford, en el estado de Washington, recibieron con hostilidad a sus robots por miedo a perder el empleo. Después de manejarlos, pidieron más, dijo.
Luka ya camina, guía a la gente y responde preguntas en ochenta idiomas, incluido español, pero todavía necesita control humano a través de una especie de tableta electrónica. Gabriel Campos, ejecutivo de ventas de VaultBots, dijo que aún no lo hace por sí solo y que sigue necesitando una persona. Khachatryan explicó que cada robot tiene operadores detrás, un botón de apagado de emergencia y un protocolo para pasar la conversación a un empleado.
La tecnología también tiene límites claros. Las cámaras de Luka pueden grabar lo que ocurre a su alrededor, como un delito, pero los datos pasan por la nube y no se quedan en ningún sitio, aseguró Khachatryan, sin precisar qué ocurre con esas grabaciones. «Básicamente, solo habla como Siri, pero no guarda ninguna información», explicó. Esa falta de memoria, añadió, cambiará con las próximas generaciones. «La próxima vez que venga, sabría dónde está y conocería a la gente», dijo.
Khachatryan estimó que eso podría ocurrir dentro de tres a cinco años. Campos calculó que en casi tres años, con piezas más baratas, un robot como Luka costará cerca de 20.000 dólares. «Pero por ahorita son 100.000», precisó.
Por ahora, la compañía tiene dos unidades, que alquila o vende sobre todo para bodas, Bar Mitzvás y para eventos y conferencias como la de este viernes. Luka se fabrica en China, en la planta de la empresa AgiBot, aunque VaultBots piensa empezar a producirlo en Miami en un año, aproximadamente, según Campos.
Cuando EFE le preguntó qué haría si fuera humano, Luka respondió que lo primero sería «saborear un buen café cubano mientras paseo por La Pequeña Habana», y que también le gustaría bailar salsa y disfrutar la música en vivo.
El giro de fondo es claro. VaultBots presenta a Luka como una ayuda para cubrir horas pico y descargar tareas pesadas. Si eso se cumple, el beneficio inmediato sería para el servicio y para el cliente. Si no, el riesgo es otro: más dependencia de un aparato estatal y corporativo que todavía no resuelve del todo quién controla los datos, quién supervisa al robot y quién asume el costo real de su incorporación.
La escena abre una pregunta que no conviene maquillar. Cada vez que una tecnología promete eficiencia, también reordena el trabajo humano. Aquí, la promesa es aliviar la carga. El desenlace dirá si ese alivio fortalece la libre empresa y el servicio, o si termina creando una nueva capa de control sobre empleados, clientes y datos.

