En Venecia, Antioquia, Juan Pablo Villa Herrera convirtió un patio de la Hacienda La Amalia en un meliponario dedicado a las abejas nativas. Allí trabaja con especies sin aguijón, menos defensivas que las abejas comerciales, y desde 2019 opera el negocio verde Zángano, enfocado en la conservación de 19 especies de abejas nativas, tanto sociales como solitarias.
La escena lo dice todo. Antes de la entrevista, Villa Herrera invita a probar café y luego muestra un balde blanco del que sale el zumbido de las abejas. También explica que se formó en meliponicultura viendo videos de YouTube y que entre 2012 y 2013 comenzó a trabajar con abejas angelitas, una especie nativa que conoció desde la infancia en el campo.
Su apuesta tiene un valor económico y otro ecológico. En sus palabras, al principio aquello era un hobby. Después empezó a comprar abejas a vecinos y encontró que la miel de estas especies tiene atributos especiales, incluso medicinales. Según Villa Herrera, la miel de abejas nativas se asocia en la zona con beneficios para las enfermedades de los ojos.
Pero el contraste con la abeja comercial es claro. El zootecnista Anderson Bustamante Penagos, profesor de cátedra de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Antioquia, señala que la Apis mellifera es la abeja más productiva del mundo a nivel comercial. En condiciones óptimas, una colmena produce en promedio 30 kilos de miel al año, mientras una colmena de abejas nativas hace con suerte entre una libra y un kilo en el mismo periodo.
Esa diferencia define el tamaño del negocio y también su lógica. La miel de abejas nativas no compite por volumen, sino por identidad, origen y diversidad. Bustamante explica que el aroma, el color y el sabor de cualquier miel están determinados por las flores que visitan las abejas, y que por eso existen perfiles de sabor propios.
Villa Herrera describe además una relectura del zángano, que en el habla cotidiana suele asociarse con la pereza. En las abejas Apis mellifera, dice, el zángano transmite entre el 80% y el 90% de la genética cuando fecunda a la reina. Para él, esa pieza del ecosistema tiene un valor central en la calidad de las colmenas.
Hay otro dato que amplía el cuadro. Según cálculos de expertos citados por Bustamante, el 90% de las abejas del mundo no crean colmenas, ni tienen reina, ni almacenan miel. Es una cifra que ayuda a mirar el fenómeno con más precisión: detrás de la imagen popular de la abeja hay una diversidad mucho mayor de la que suele verse en la cultura y en el mercado.
En esa tensión entre tradición, biodiversidad y negocio aparece el desenlace de esta historia. Villa Herrera no solo protege abejas; también construye una actividad productiva alrededor de ellas. Y lo hace en un país donde la conversación pública suele concentrarse en lo que rinde más, no necesariamente en lo que conserva más vida.
Ese es el valor de este tipo de iniciativas: muestran que hay emprendimientos que no miden su éxito solo en kilos de miel, sino en capital natural preservado. En tiempos de eficiencia extrema, la apuesta de Venecia recuerda que el mercado también puede premiar la diversidad biológica cuando el producto tiene historia, origen y una diferencia real frente a la producción masiva.
La trastienda de esta escena es simple y, al mismo tiempo, reveladora: conservar abejas nativas puede generar valor, aunque no en la escala industrial de la Apis mellifera. Para un país con vocación agrícola, ese equilibrio entre rentabilidad y conservación no es un detalle romántico; es una lección sobre cómo producir sin aplastar la biodiversidad.

