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Muere Víctor Hugo Ayala, la voz del Himno Nacional que marcó a la televisión pública

El barítono bogotano falleció a los 92 años y dejó una grabación de las 11 estrofas completas que durante décadas cerró las emisiones de fin de año. Su caso recuerda cómo una pieza cultural puede quedar atada a un rito colectivo de país.
martes 6 de octubre de 2026

Víctor Hugo Ayala murió en Bogotá a los 92 años, según coinciden las fuentes consultadas. El cantante y barítono nació el 13 de junio de 1934 y fue una de las voces más representativas del bolero, la música romántica y la lírica colombiana del siglo XX.

Su nombre quedó ligado, sobre todo, a una grabación que atravesó generaciones: la versión de las 11 estrofas completas del Himno Nacional de Colombia. Durante décadas, esa interpretación acompañó el cierre de emisiones de la televisión pública en las jornadas de fin de año.

La escena lo dice todo. Para muchos hogares, la voz de Ayala no era solo parte de una pieza musical: era el sonido con el que terminaba el año. En una época en la que la radio y la televisión pública eran escenarios centrales de difusión, su interpretación del himno adquirió una presencia que excedió el ámbito artístico.

Las fuentes coinciden en que Ayala construyó una carrera de cinco décadas, ligada a la radio, los escenarios y la música colombiana. También señalan su paso por la casa disquera Sonolux y su presencia en programas como Donde nacen las canciones, de Nueva Granada y Radio Cadena Nacional (RCN), donde compartió con Jaime Llano González y otras figuras de la época.

Su repertorio incluyó temas como Camino Verde, La quiero porque la quiero, Ya que te vas, Si te vuelvo a besar y Perdónala Señor. En esa lista aparece también Amor de mis amores, canción que interpretó en El Show de las Estrellas, de Jorge Barón Televisión.

Las fuentes ubican otro dato clave en su trayectoria: grabó cerca de 48 producciones discográficas y realizó varias giras internacionales. También señalan que, durante diferentes periodos de su vida, residió en Canadá y Estados Unidos, antes de regresar a Colombia.

Pero fue el himno lo que fijó su nombre en la memoria colectiva. Ayala llegó a grabar las once estrofas de la composición en una época en que la mayoría de las personas solo conocía la primera. Ese registro terminó convertido en un documento sonoro de la identidad nacional, sostenido por una voz que conectó con varios públicos a lo largo de décadas.

En vida, según una de las fuentes, Ayala dijo en distintas ocasiones que esa grabación constituía su mayor orgullo artístico. No hacía falta más: pocos intérpretes logran que una pieza quede asociada a un gesto común de país y no solo a un catálogo de éxitos.

La noticia de su muerte deja una lección incómoda para un tiempo dominado por la fugacidad. Mientras la cultura popular suele premiar la novedad instantánea, la huella de Ayala se sostuvo en algo más duradero: una voz capaz de enlazar memoria, ritual y pertenencia. Los detalles cuentan la historia.

En esa persistencia hay una idea que va más allá del homenaje. Cuando una interpretación artística se vuelve parte de la rutina nacional, deja de pertenecer solo al escenario y entra en la vida pública. Eso es lo que ocurrió con Ayala: su voz terminó unida a un símbolo que millones reconocen, sin pedir permiso a la moda ni a la prisa.

También hay una lectura sobre el valor de la cultura que no depende del aparato estatal, sino de su capacidad de permanecer en la gente. La televisión pública sirvió de vehículo; la memoria colectiva hizo el resto. En un país donde casi todo compite por atención inmediata, la permanencia de esa grabación recuerda que la identidad también se construye con obras que sobreviven al ruido.

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