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Arquitectas uruguayas detrás de obras icónicas en Estados Unidos

Andy Robert y Mercedes Carriquiry fundaron Slantis con tecnología y hoy trabajan para estudios y compañías en proyectos como la terminal del aeropuerto de Los Ángeles, JP Morgan y Apple. La historia muestra cómo una apuesta privada puede abrirse paso en el mercado más grande del mundo.
martes 6 de octubre de 2026

Tenían 25 años. Tenían algunos ahorros. También tenían, según recuerdan, prácticamente ningún contacto en Estados Unidos.

Con eso alcanzó para subirse a un avión desde su Uruguay natal a Los Ángeles y gastar cada dólar que habían juntado en conseguir un cliente. No había reuniones agendadas. No había empresas esperando recibirlas. Tampoco fecha de regreso.

Durante los primeros tres días en Estados Unidos, encerradas en una habitación de hotel, empezaron a llamar por teléfono a estudios de arquitectura que no conocían. No sabían ni cómo empezar. Su formación, hasta ese momento, era arquitectura. Andy Robert y Mercedes Carriquiry lo cuentan ahora desde sus oficinas en Uruguay.

Hasta que alguien atendió y las escuchó. Del otro lado estaba un empresario del sector que les pidió que viajaran hasta San Francisco para mostrarle a su equipo cómo habían desarrollado tres proyectos en los que ya habían trabajado. Aceptaron de inmediato. Después, apareció el giro menos glamoroso de la escena: no sabían ni dónde quedaba San Francisco.

Esa reunión terminó siendo uno de los primeros grandes pasos de Slantis, la empresa que habían fundado poco tiempo antes con una premisa que todavía hoy define el negocio: usar tecnología para repensar la manera en la que se desarrolla la arquitectura.

Once años después, la compañía tiene 250 personas y oficinas en Estados Unidos, Uruguay y la Argentina. Pero el objetivo de las fundadoras va más allá de sumar contratos. No quieren solamente participar de grandes edificios. Quieren cambiar la forma en la que esos edificios se piensan y se construyen.

Las dos son uruguayas. Se conocen desde los 16 años y estudiaron arquitectura en universidades diferentes. Robert dice que su universidad tenía un foco más puesto en los negocios. La de Carriquiry, más en la técnica y el diseño. Ambas compartían una inquietud: querían salir de Uruguay y entender cómo se hacía arquitectura en otros mercados.

Carriquiry se fue a Francia. Robert, a Alemania. Fue allí donde Robert aprendió programación y la aplicó al campo de la arquitectura. Esa experiencia le mostró que la tecnología podía intervenir mucho antes de que una obra llegara al terreno.

Cuando volvieron a Uruguay siguieron caminos tradicionales. Robert trabajó en obra. Carriquiry ingresó a un estudio boutique, donde llegó a liderar el desarrollo del Audi Zentrum de Montevideo. Pero algo no les cerraba.

En 2015 se sentaron en un café y se hicieron la pregunta que terminó dando origen a la empresa: ¿por qué una industria que diseña edificios cada vez más complejos seguía utilizando procesos tan tradicionales y que habían cambiado relativamente poco?

La respuesta que se dieron fue simple. Repensar cómo se hace arquitectura y usar la tecnología como estandarte.

La definición de la compañía también lo resume: una empresa de tecnología y producción creada por arquitectos para arquitectos. No busca quedarse con la autoría conceptual de un edificio. Busca intervenir en el espacio entre la idea inicial y la construcción.

En un proyecto tradicional, explican, un arquitecto puede diseñar una forma y después superponer estructuras, materiales, instalaciones, proveedores, medidas y detalles constructivos. Cuando esos elementos no dialogan desde el comienzo, los errores aparecen más adelante. Y en construcción, descubrir un conflicto tarde significa generalmente más tiempo y más dinero.

Ahí entra el trabajo de Slantis. Utilizan herramientas como BIM, sigla de modelado de información para la construcción, y cada vez más inteligencia artificial para construir una especie de modelo virtual del edificio. Así coordinan variables antes de llegar a la obra.

Ese camino las llevó a trabajar con algunos de los grandes estudios y compañías del mercado estadounidense. Y también a participar de proyectos de una escala difícil de imaginar cuando comenzaron en Montevideo.

Entre los emprendimientos más importantes aparecen la nueva terminal del aeropuerto internacional de Los Ángeles, con 13.935 m² de programa aeroportuario; la nueva sede de JP Morgan en Nueva York; proyectos vinculados con YouTube y Google en California; y el aeropuerto de Denver. Actualmente también trabajan en la renovación de tiendas de Apple en Estados Unidos.

La escena lo dice todo. Dos arquitectas que empezaron llamando por teléfono desde una habitación de hotel terminaron en el centro de obras y desarrollos que mueven inversión, empleo y decisiones técnicas de alto valor. No hay relato más claro sobre lo que puede ocurrir cuando el talento privado encuentra un mercado dispuesto a premiarlo.

También hay una lectura más amplia. La arquitectura, como cualquier industria, rinde más cuando se libera de la rutina y se apoya en innovación, eficiencia y competencia. Slantis no solo creció: mostró que una empresa pequeña, nacida lejos del centro financiero global, puede entrar en proyectos mayores si ofrece productividad real y menos desperdicio de tiempo y dinero.

Para los lectores importa por una razón simple. Cada avance que reduce errores y acelera obras protege recursos y mejora resultados. En tiempos de burocracia, costos crecientes y procesos lentos, el mercado vuelve a recordar una verdad básica: la tecnología bien usada no es un adorno. Es una ventaja competitiva.

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