Jorge Drexler está en plena gira internacional para presentar Taracá, su decimoquinta producción de estudio, grabada en Uruguay tras dos décadas sin registrar allí un álbum. El disco, además, está nominado a ocho Grammy latinos, entre ellos Mejor álbum, Grabación y Canción por «¿Cómo se ama?».
En una entrevista con AFP, días antes de su concierto en París, el cantautor uruguayo repasó el momento de su carrera y el lugar que ocupa la música en español. Su punto de partida fue claro: «Es un muy buen momento para la música, para la cultura en español en general, para el idioma español», dijo.
La escena lo dice todo. Drexler no habla desde el centro de la industria, sino desde su margen elegido. «Mi proyecto no va por las autopistas del ‘mainstream’ sino que va por las carreteras comarcales», afirmó. Y remató con una frase que resume su trayectoria: «Siempre he sido un mal vendedor de discos».
Ese contraste define el tono de la conversación. Por un lado, el éxito planetario de nombres como Bad Bunny o Rosalía; por el otro, un músico que se presenta como parte de una expansión cultural más amplia, aunque sin reivindicarla como propia en términos comerciales. Para él, el fenómeno tiene un alcance que desborda fronteras: «A los lugares a los que está llegando la música en español hoy en día, hay sitios a los que no llegó Cervantes en su momento».
Drexler también habló del disco como una vuelta a casa. Taracá representa su regreso a Uruguay, donde no grababa desde hacía dos décadas. El álbum rinde homenaje a ritmos tradicionales como el candombe, un ritmo afrouruguayo que, según él, vertebra el proyecto. Entre los temas que mencionó figuran «Toco madera», «El tambor chico» y «¿Qué será que es?».
El músico vincula esa elección con una escena más amplia de la música uruguaya. «La música uruguaya está viviendo un momento muy especial, muy fructífero», afirmó, con énfasis en el candombe. No es una afirmación menor para un artista que ha hecho de los puentes, la mezcla y la circulación de tradiciones una marca de autor.
La conversación también dejó espacio para el plano personal y para su relación con el reconocimiento internacional. El álbum puede sumarse a la quincena de gramófonos que ya tiene y al Oscar que ganó en 2005 por «Al otro lado del río», de la banda sonora de Diarios de motocicleta. Drexler dijo sentirse feliz de compartir número de nominaciones con Rosalía y admitió que le sorprende figurar junto a artistas como ella o Karol G.
Su lectura del momento cultural no fue solo celebratoria. Antes habló del mundo como un espacio más «polarizado», más «extremo», más «duro», más «insensible» y más «inconsciente» desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Ese diagnóstico, dijo, alimentó en parte la canción «Nuestro trabajo/Los puentes», escrita un día antes de que Trump llegara por primera vez al poder, en enero de 2017.
«Me dio un ataque de miedo, un miedo que resultó estar justificado después», recordó. Frente a ese clima, insistió en una idea que atraviesa su obra: aprender a ponerse en el lugar del otro, incluso cuando se cree que el otro está equivocado. «Es el acto básico para desmontar un conflicto», dijo.
En el fondo, Drexler plantea una tesis sencilla: la música no solo entretiene, también conecta. «La música de por sí es un puente entre las personas», afirmó. Esa convicción, más que una consigna, parece ordenar toda la entrevista: del candombe al pop global, de Uruguay al circuito internacional, de la admiración por Bad Bunny a la distancia con el mercado.
Para el lector, el giro es claro. Mientras la industria castiga cada vez más lo que no entra en las autopistas del gran negocio, Drexler reivindica el valor de los recorridos laterales, donde la identidad pesa tanto como la escala. Y en un tiempo en que la cultura también se mide por métricas de alcance, su postura recuerda que no todo éxito se expresa en volumen ni en cuotas de mercado.
También hay una lectura más amplia: si la música en español vive un momento de expansión, eso no depende solo de las plataformas o de los rankings. Depende de que existan artistas capaces de convertir una lengua compartida en una comunidad de escucha. Ese es el terreno en el que Drexler se mueve, con una lógica menos industrial y más artística. Y ahí está, precisamente, su fortaleza.


