Una empresa argentina de inteligencia artificial aplicada al campo acaba de dar un salto industrial. DeepAgro cerró una alianza con Jacto, fabricante brasileño de maquinaria agrícola con más de 78 años de trayectoria, para que su sistema llegue incorporado de fábrica en pulverizadoras selectivas.
El acuerdo comenzará en Brasil y, según anticiparon, luego buscarán llevarlo a otros países. Para DeepAgro, la novedad cambia el tamaño del negocio. Hasta ahora, su tecnología podía instalarse en máquinas que ya estaban trabajando. Con el convenio, pasará a formar parte de equipos nuevos desde la línea de producción.
«Jacto pone la máquina y nosotros ponemos la inteligencia artificial», resumió Juan Manuel Baruffaldi, CEO y cofundador de DeepAgro, en diálogo con LA NACION. La frase condensa el giro: una agtech nacida en Santa Fe deja de vender solo una solución técnica y empieza a entrar en una cadena industrial de mayor escala.
El sistema se llama SprAI. Lleva cámaras colocadas sobre el botalón de la pulverizadora, observa el lote mientras la máquina avanza y, con inteligencia artificial, reconoce dónde hay malezas. A partir de esa lectura, decide en tiempo real dónde debe aplicar herbicida. Todo el proceso ocurre dentro de la propia máquina, por lo que no necesita conexión a Internet para funcionar.
La diferencia con una aplicación tradicional es clara. No pulveriza de la misma manera toda la superficie. Abre la aplicación en los lugares donde detecta malezas y evita hacerlo donde no las encuentra. Según la empresa, esa lógica busca reducir la cantidad de agroquímicos utilizados.
La alianza con Jacto surgió porque la compañía brasileña buscaba sumar tecnología de aplicación selectiva a sus pulverizadoras. Baruffaldi explicó que, entre las opciones disponibles en el mercado, DeepAgro apareció con referencias positivas de clientes. Después de esas pruebas, comenzaron las conversaciones entre ambas firmas hasta llegar al acuerdo.
El vínculo no nació en el vacío. La tecnología argentina ya había sido probada en Brasil por Amaggi, una de las grandes empresas agroindustriales de ese país. Entre febrero y junio, el sistema trabajó sobre 13.000 hectáreas de algodón. Según los datos difundidos por DeepAgro, esas aplicaciones permitieron utilizar unos 26.000 litros menos de glufosinato que con una pulverización uniforme.
Ese antecedente fue una carta de presentación en un mercado exigente. Ahora, además, la empresa argentina tendrá a su favor la red de distribuidores de Jacto, que acompañará a los equipos con la tecnología incorporada desde fábrica. Para DeepAgro, el alcance comercial deja de depender solo de instalaciones puntuales y pasa a apoyarse en una estructura ya montada.
Baruffaldi destacó el peso que tiene el acuerdo para la compañía. «Nos permite crecer y hacernos conocidos también en Brasil de la mano de Jacto», dijo. También señaló que el convenio no cierra la puerta a trabajar con otras marcas. La intención, sostuvo, es llevar su inteligencia artificial a más máquinas agrícolas y, en el futuro, alcanzar acuerdos similares con otras empresas.
DeepAgro nació en 2017. La idea surgió cuando Baruffaldi, licenciado en Ciencias de la Computación, buscó una manera de ayudar a su padre, productor agropecuario, con una de las tareas del campo. Desde esa trastienda familiar llegó a una tecnología que ahora entra en una alianza regional de escala mucho mayor.
El desenlace también coincide con un momento financiero de expansión. En julio, DeepAgro cerró una ronda de inversión pre-Serie A por US$3 millones, liderada por Aqua Capital. Ahora la empresa prevé abrir en marzo una nueva ronda con la meta de conseguir US$10 millones, según informó Baruffaldi.
La escena lo dice todo. Una empresa argentina que nació para resolver un problema concreto del lote terminó asociándose con un gigante brasileño para llevar su solución al mercado desde la fábrica misma. Para la libre empresa, el mensaje es claro: cuando la innovación encuentra escala, el campo gana eficiencia y el productor obtiene tecnología más precisa. Lo que no hace falta es más burocracia; hace falta competencia, capital y una cadena productiva que premie el mérito tecnológico.


