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Pantallas y salud juvenil: la cuenta que ya mide millones de años perdidos

Una serie de estudios de The Lancet relaciona el uso excesivo de dispositivos digitales en niños y jóvenes con depresión, obesidad, trastornos del sueño y menor actividad física. Los investigadores también calculan una pérdida anual de 2,8 millones de años de vida saludable por depresión asociada a más de dos horas diarias de pantallas recreativas.
miércoles 7 de octubre de 2026

Una nueva serie de estudios publicada por The Lancet volvió a poner bajo el reflector un hábito cotidiano que ya compite con el sueño, la actividad física y la atención de niños y jóvenes: el celular.

La investigación, centrada en «los determinantes digitales de la salud», reunió tres estudios de un grupo internacional de científicos. El punto de partida fue amplio: 121 revisiones sistemáticas, 2.790 estudios primarios y datos de aproximadamente 9 millones de jóvenes de 0 a 24 años.

La escena lo dice todo. En el centro ya no está solo el lugar donde se vive, el trabajo que se hace o el contacto con la naturaleza, sino también el tiempo frente a la pantalla. Según la serie de The Lancet, ese tiempo se asocia con problemas como depresión, ansiedad, obesidad, trastornos del sueño y menor actividad física.

Uno de los hallazgos más llamativos es la estimación sobre depresión. Los autores calculan que pasar más de dos horas al día frente a pantallas con fines recreativos —como hacer scroll durante 120 minutos— podría estar relacionado con el 20% de los casos de depresión en personas menores de 25 años en todo el mundo.

A partir de esa relación, y al compararla con las cifras del estudio Global Burden of Disease 2023, los investigadores estiman una pérdida anual de 2,8 millones de años de vida afectados por este trastorno mental.

El problema no termina ahí. La misma revisión señala que, en adolescentes y jóvenes de 10 a 24 años, el uso problemático de pantallas también podría relacionarse con emociones negativas, problemas de conducta, menor calidad de vida, soledad, problemas comunes de salud mental y autolesiones o pensamientos y comportamientos suicidas.

En el frente físico, la obesidad aparece como otra consecuencia posible. Pasar más de dos horas al día en el celular estaría relacionado con el 15% de los casos de esta enfermedad en niños y jóvenes a nivel mundial, de acuerdo con la estimación recogida en la serie.

El sueño es otro de los frentes sensibles. Niños de 0 a 10 años tendrían mayor probabilidad de dormir menos o tener un sueño de peor calidad al descansar. En los adolescentes, esa probabilidad se duplicaría, al mismo tiempo que se reducen las posibilidades de hacer actividad física.

Los detalles cuentan la historia. De los miles de estudios revisados, el 71% de las asociaciones en la infancia y el 80% en la adolescencia mostraron efectos adversos para la salud. Los beneficios representaron apenas el 8% y el 10%.

Entre las virtudes detectadas, la más clara fue el acceso a contenido educativo interactivo, asociado con un mejor desarrollo del lenguaje en niños. Es decir, el problema no es la pantalla por sí sola, sino el uso, el contexto y el contenido.

Ahí entra una de las advertencias centrales de la publicación: todavía no hay estudios suficientemente grandes y durante lapsos largos que permitan afirmar una relación causal definitiva entre un hábito y un síntoma. Dicho de otro modo, la correlación es fuerte, pero la causalidad no está cerrada.

Aun así, la revista concluye que la magnitud de la exposición y sus posibles consecuencias sobre la salud justifican tomar medidas preventivas.

También advierte que no basta con contar cuántas horas pasan los adolescentes frente al celular o el computador. Para entender los riesgos reales hay que considerar la edad, el tipo de contenido, el contexto de uso y la forma en que operan los algoritmos de las plataformas.

Y el giro más incómodo para las familias no es solo doméstico. La responsabilidad, según la serie, no recae únicamente en los usuarios y sus hogares, sino también en las compañías tecnológicas, que tienen grandes volúmenes de datos útiles para seguir investigando.

Para una economía de la atención que convierte cada minuto de pantalla en un activo comercial, el hallazgo es incómodo: el costo no lo pagan solo los hogares, también lo absorbe la salud pública. Cuando el uso recreativo se desborda, el precio se mide en depresión, sueño perdido, menos actividad física y, al final, en años de vida saludable que dejan de existir.

La discusión ya no debería girar únicamente en torno a prohibir o permitir, sino a poner límites, exigir información y pedir responsabilidad a las plataformas. Si los incentivos del mercado premian capturar tiempo de pantalla, el deber del Estado y de las familias es evitar que esa lógica termine cobrando la cuenta más cara: la salud de una generación.

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