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La primera generación de la Universidad de O’Higgins y el costo de estudiar lejos de Santiago

Los egresados iniciales de la UOH recuerdan una apuesta pública que buscó retener talento en la región y desafiar la idea de que la educación de calidad estaba solo en la capital. La experiencia dejó mejoras, temores y una señal política: cuando una universidad regional funciona, también ahorra traslados, pensiones y dependencias innecesarias.
domingo 11 de octubre de 2026

En 2022, durante el primer acto de titulación de la Universidad de O’Higgins, Rafael Correa, entonces rector, resumió la razón de ser del proyecto con una frase clara: «Por décadas O’Higgins clamaba por una universidad de la región, para la región. Y esa universidad llegó».

La escena lo dice todo. Lo que nació como una apuesta pública para formar profesionales en la propia región ya tiene más de una señal de consolidación. Según la institución, sobre 9.000 alumnos cursan actualmente alguna de las 27 carreras que ofrece la UOH, creada por la Ley N° 20842 en 2015 para fundar una universidad estatal en la Región de O’Higgins.

Pero detrás de esa cifra hay una historia más amplia: la de una zona donde, según la primera encuesta de Esto es Chile, el 72% recomienda a las nuevas generaciones ir a Santiago para estudiar, y más de la mitad, 53%, les aconseja trasladarse a la capital para trabajar. Además, un 66% considera que todavía es común tener que moverse a otra región para acceder a una educación de calidad.

Ese dato importa porque marca el contexto en que apareció la UOH: una institución pública que buscó disputar la idea de que la formación superior de calidad debía concentrarse en Santiago. Su objetivo, desde el inicio, fue contribuir al desarrollo social, material y cultural de la región.

Fernanda Kri Amar, rectora actual de la UOH, sostuvo que en la admisión 2026 el 88% de los aspirantes postuló en primera opción a la universidad. «Es un tremendo resultado», dijo. «Significa que los estudiantes tenían los puntajes y la posibilidad, muchos de ellos, de irse a Santiago, sin embargo, eligieron en primera opción a nuestra universidad».

Los protagonistas de esa primera generación cuentan el otro lado de la historia: el de quienes dejaron de ver el traslado como una obligación. Daniel Concha, hoy de 31 años, fue parte del grupo inicial y egresó como ingeniero agrónomo. Antes había pasado dos años en Geología en la Universidad Andrés Bello, en Viña del Mar. «El ambiente nunca me gustó. Uno es de campo y allá encima era una universidad privada, entonces igual fue difícil y choqueante, por lo que preferí dejarla de lado», relató.

Cuando abrió la UOH, Concha ingresó a Ingeniería en Agronomía. Vivía a 20 minutos, viajaba en micro y no pagaba pensión. «Fui becado por la gratuidad», dijo. Su caso no fue aislado: sus dos hermanas menores también pasaron por la universidad. Una ya egresó de Pedagogía en Inglés y la menor cursa cuarto año de Derecho.

Rocío Carreño, de 28 años, se matriculó en la primera generación de Terapia Ocupacional y celebró haber podido estudiar en Rancagua. «Todos nosotros emigrábamos para poder estudiar y se dio la oportunidad de poder hacerlo dentro de nuestra misma región, en nuestra casa y con nuestras familias», dijo. La diferencia entre estudiar cerca o migrar, agregó, también estaba en lo cotidiano: no tener que enfrentar una ciudad ajena, sin hogar hecho ni rutina armada.

Amanda Rozas, también de 27 años, recuerda los primeros años bajo la tutela de la Universidad de Chile, todavía sin casino oficial y con clases en containers medianos, pequeños y grandes según la cantidad de estudiantes. Carlos Ávila, egresado de Pedagogía en Lenguaje, dijo que eligió la UOH porque no quería irse a Santiago y porque Rancagua quedaba cerca de Santa Cruz.

No todo fue entusiasmo. Carolina Pavez, primera egresada de Enfermería, admitió que su mayor miedo era que se tratara de una universidad sin experiencia. Concha fue todavía más directo: «El temor era: me van a estafar, esta universidad es falsa, esto nunca existió». Pero el desenlace, a juicio de varios de sus primeros graduados, fue distinto.

«Las expectativas siempre estaban altas, uno sabía que iba a cosas nuevas, que iba a ser el conejillo de indias del sistema, pero resultó bastante bien», añadió Concha. También relató que a veces llegaba un profesor a probar algo nuevo o a reestructurar la malla. Carreño coincidió: durante sus cinco años de carrera, dijo, hubo cambios en el diseño y el orden de los ramos.

Esa memoria deja una lección que va más allá de la universidad misma. Cuando una institución pública se instala donde antes había escasez de alternativas, el beneficio no es solo académico: también reduce costos familiares, evita migraciones forzadas y crea arraigo. Para una región como O’Higgins, la discusión de fondo no es solo cuántos profesionales gradúa, sino cuánto deja de obligar a sus jóvenes a depender de Santiago para estudiar.

La pregunta, en el fondo, es de libertad y oportunidad. Cada estudiante que pudo quedarse cerca de su casa, de su familia y de su red de apoyo representa menos presión sobre los hogares y más capacidad de decisión individual. En un país acostumbrado a concentrar el futuro en la capital, la UOH mostró que una alternativa regional no solo es posible: también puede funcionar.

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