Emmanuel Carrère llegó a México para iniciar un recorrido que incluye la Ciudad de México y Monterrey. Su primera parada fue una conversación con la prensa en la Casa de Francia, donde habló de Koljós (Anagrama, 2026), el libro que considera uno de los más personales que ha escrito hasta la fecha.
La obra, de apenas 400 páginas, reconstruye la genealogía de su familia a partir de archivos, cartas y fotografías. Carrère explicó que el punto de partida fue la muerte de su madre, en 2023, Hélène Carrère d’Encausse, historiadora rusa, miembro del parlamento francés y galardonada con la Gran Cruz de la Legión de Honor. Tras su fallecimiento, dijo, comenzó este libro que entrelaza una historia íntima con la historia de Europa.
El propio autor marcó el cambio que ve en este trabajo. «Para mí, este libro marca un cambio», dijo. Aun cuando su literatura suele moverse en territorios duros —citó títulos como Una novela rusa, De vidas ajenas y El adversario—, aseguró que escribir Koljós lo llevó a un lugar de serenidad e incluso alegría.
Carrère vinculó esa experiencia con una idea de Sigmund Freud. Recordó la distinción entre la infelicidad neurótica y la infelicidad ordinaria: la primera como una capa adicional, fabricada por uno mismo; la segunda como la parte inevitable de la vida, aquello que incluye la muerte, la enfermedad y la separación de quienes se ama. En ese marco, explicó que el libro no necesariamente lo sanó, pero sí apaciguó algo en él.
«Estoy entrando en la vejez con una gran tranquilidad», afirmó.
Esa tranquilidad, sin embargo, no se traduce en optimismo frente al presente. Carrère señaló la velocidad con la que la inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa lejana para ocupar más espacio en las mentes de las personas. Su lectura es cautelosa: «No tengo idea de qué va a suceder, pero si medimos las ventajas e inconvenientes de la IA, creo que los inconvenientes son mucho más pesados», comentó.
También habló de la polarización, visible en conflictos como la invasión rusa en Ucrania y la guerra en Gaza. Dijo que los boicots pueden ser eficaces a nivel económico, pero no en el terreno cultural. No se mostró partidario de tratar como enemigo a una persona solo por su nacionalidad rusa, aunque sí dijo estar de acuerdo con el boicot contra quienes en Israel o Rusia son aliados del gobierno.
El contraste entre esa mirada y la celebración del oficio literario quedó claro al final de la conversación. Carrère se reconoció como un privilegiado por haber encontrado su vocación en la escritura y poder dedicarse a ella.
La escena lo dice todo: un escritor que usa la memoria familiar para ordenar su propio presente y, al mismo tiempo, observa con escepticismo un mundo donde la tecnología acelera y la polarización estrecha el espacio del diálogo.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El caso de Carrère importa porque pone frente al lector una tensión muy actual: la libertad creativa y el trabajo intelectual frente a un entorno cada vez más dominado por el ruido, los bandos y las plataformas. En esa trastienda, la escritura aparece no como evasión, sino como una forma de resistencia íntima frente a la presión de la época.


