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Parques británicos como refugio climático: la propuesta que divide a los vecinos

Una encuesta de la Universidad de Sheffield halló apoyo para incorporar especies no autóctonas en parques urbanos del Reino Unido, pero también un rechazo fuerte a animales considerados peligrosos. El debate abre una pregunta de fondo: hasta dónde debe llegar la intervención humana para corregir los efectos del clima.
miércoles 7 de octubre de 2026

La Universidad de Sheffield encuestó a más de 250 residentes del Reino Unido sobre una idea que hasta hace poco habría sonado impensable: usar parques urbanos como refugios para especies afectadas por el cambio climático. La propuesta, publicada en la revista Sustainability y divulgada por Phys.org, plantea incorporar fauna exótica y plantas no autóctonas en espacios verdes de ciudades británicas.

La escena lo dice todo. En lugar de pensar el parque solo como un lugar de recreo, el estudio lo imagina como una pieza de una red de hábitats capaz de ayudar a plantas y animales que ya no podrían desplazarse por sí solos con la rapidez necesaria hacia zonas más frías si el calentamiento global continúa.

El planteamiento se inscribe en la llamada migración asistida, una estrategia que consiste en trasladar especies mediante intervención humana hacia regiones con condiciones más favorables para su supervivencia. Los investigadores sostienen que los parques y jardines británicos podrían funcionar como «escalones» dentro de una red de refugios que se extendería por el norte de Europa.

Los datos de la encuesta muestran que la idea no cayó en terreno completamente hostil. Más del 50% de las personas consultadas dijo que estaría satisfecha con la presencia de tortugas de Hermann y abejarucos carmesí del norte en sus parques locales. La plantación inspirada en paisajes mediterráneos recibió el respaldo de entre el 60% y el 70% de los participantes.

La respuesta cambia cuando la propuesta entra en territorio más incómodo. La posibilidad de ver cebras en parques urbanos obtuvo una reacción más dividida, aunque más del 40% de los encuestados se mostró bastante receptivo. En cambio, las hienas manchadas y las serpientes venenosas europeas áspid fueron las peor recibidas: casi el 75% de los consultados respondió negativamente o expresó incertidumbre ante la posibilidad de encontrarlas en espacios verdes cercanos.

Ross Cameron, profesor de horticultura de la Universidad de Sheffield y director del estudio, dijo que el sondeo modificó las previsiones iniciales. «Esperábamos que la gente se mostrara bastante reacia a la idea de tener animales exóticos y no autóctonos en su parque local. Pero parece que entienden que el mundo natural está bajo presión y que quizás debamos hacer las cosas de otra manera», declaró.

Cameron también puso la discusión en una escala temporal concreta. «Se prevé que el clima de Londres se asemeje al de la Barcelona actual para el año 2050», afirmó. Bajo ese escenario, plantas que hoy necesitan protección contra las heladas en jardines británicos podrían permanecer al aire libre durante todo el año.

El estudio, sin embargo, no defiende una apertura indiscriminada. Los investigadores reconocen que los animales de gran tamaño, los depredadores y los ejemplares peligrosos implican problemas prácticos y políticos que requieren una evaluación particular antes de cualquier reintroducción. Por eso, el equipo científico sugiere iniciar los proyectos de conservación de manera gradual con especies de menor tamaño.

Cameron remarcó ese límite con una frase que resume bien la cautela del proyecto: «No estamos sugiriendo que nadie vaya a encontrarse con hienas en su carrera matutina próximamente». En cambio, señaló que las tortugas, los abejarucos y las plantas mediterráneas «son cosas que parecen entusiasmar de verdad a la gente. Y podrían marcar una gran diferencia».

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la ecología dejó de ser solo un asunto de preservación y pasó a rozar el diseño mismo del espacio público. Lo que está en juego no es únicamente qué especies pueden sobrevivir, sino quién decide cómo se administran los parques, con qué criterio se alteran los entornos urbanos y cuánto peso debe tener la intervención humana en nombre de la adaptación climática.

Desde una óptica de libertad y orden, el debate también toca una fibra sensible: la tentación de convertir cada espacio común en laboratorio de ingeniería ambiental. Si el cambio se hace, el criterio importa. No cualquier idea merece imponerse sobre la vida cotidiana de los vecinos, y menos cuando entraña riesgos, costos de gestión y nuevas obligaciones para el aparato local.

La propuesta de Sheffield apunta a una verdad incómoda: el clima cambia y obliga a ajustar decisiones. Pero también deja otra lección más amplia. Cuando el Estado, las universidades o los administradores públicos empiezan a rediseñar el entorno, el umbral entre adaptación razonable y burocracia expansiva puede volverse muy delgado. Ahí es donde conviene exigir prudencia, evidencia y límites claros.

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