Abdelrahman ElGendy escribe desde el exilio y vuelve una y otra vez a la misma imagen: el puente Qasr el-Nil, en El Cairo, y la mañana del 28 de enero de 2011, el «viernes de la rabia», tres días después del estallido de la revolución egipcia. La escena lo dice todo. En el video que recuerda, las fuerzas de seguridad empujan a los manifestantes hacia atrás, los vehículos blindados aceleran, las bombas lacrimógenas cruzan el aire, los cañones de agua los golpean y las balas de goma quiebran huesos.
Pero lo que marca a ElGendy no es solo la violencia. Es el instante en que la multitud vuelve a avanzar. Cada vez que la policía la expulsa del puente, regresa. Cada vez que retorna, empuja un poco más. Hasta que algo se rompe: la gente corre hacia las fuerzas, y hasta los soldados, dice, se quedan congelados por un segundo antes de huir. Ese momento de ruptura, escribe, sigue siendo una clave para entender Egipto.
ElGendy creció en El Cairo bajo Hosni Mubarak, que había gobernado durante más tiempo del que él había vivido. Tenía 15 años cuando estalló la revolución en enero de 2011, todavía en la escuela secundaria y entrando apenas en su conciencia política. Dos años después, la política ya había invadido casas, amistades, aulas y morgues.
En julio de 2013, el ejército, encabezado por Gen. Abdel-Fattah el-Sisi, derrocó a Mohamed Morsi, de la Hermandad Musulmana, quien había sido el primer presidente elegido democráticamente de Egipto. En las semanas siguientes, los seguidores de Morsi acamparon y protestaron en el este de El Cairo, cerca de la mezquita Rabaa al-Adawiya. En agosto de 2013, el ejército y la policía abrieron fuego contra los manifestantes en lo que llegó a conocerse como la masacre de Rabaa. El padre de un amigo cercano de ElGendy estuvo entre los muertos.
Indignado, ElGendy se sumó al movimiento callejero contra el golpe. El 6 de octubre de 2013 fue arrestado en una protesta masiva cerca de la plaza Tahrir y pasó los siguientes seis años y tres meses como preso político. Fue liberado por un milagro casual en 2020 y huyó de Egipto hacia Estados Unidos.
En su relato, el país quedó atrapado en una estructura que no cambió con la caída de Mubarak. Tras el golpe de los Oficiales Libres en 1952, sostiene, el orden político egipcio siguió, en la práctica, bajo dominio militar. La autoridad de las fuerzas armadas, añade, ha sido santificada durante más de siete décadas, y ese estatus se extendió al aparato de seguridad: policía, fiscales, jueces y oficiales de inteligencia. A ese entramado lo llama la «Familia Águila».
El símbolo no es casual. El águila está en la bandera egipcia y también en los uniformes oficiales. Para ElGendy, resume un contrato social implícito: quienes la portan encarnan a la nación; quienes quedan fuera son desechables. La revolución de 2011, dice, contradijo de frente esa lógica.
La ruptura no duró. ElGendy afirma que la revolución fue aplastada, que decenas de miles siguen encarcelados y que la dificultad económica ha quebrado a los egipcios. Cuando mira hacia atrás, ve un país organizado por fantasmas, aunque en su propio marco no son uno sino cuatro. Uno de ellos es esa Familia Águila que describe como el primer fantasma.
También recuerda cómo la maquinaria oficial reaccionó cuando las protestas crecieron. La televisión y otros medios estatales desataron una campaña de descrédito contra los manifestantes, presentándolos como agentes extranjeros y agitadores externos. Según ese relato, los revolucionarios habían sido entrenados por Israel y vinculados al mismo tiempo con Estados Unidos, Irán, Hamas, al-Qaeda, la Hermandad Musulmana y organizaciones no gubernamentales internacionales. Incluso circularon acusaciones absurdas de que eran alimentados y financiados por Kentucky Fried Chicken.
Mientras tanto, los manifestantes atacaron comisarías en todo el país, ocuparon sedes de seguridad nacional en varias gobernaciones, asaltaron cámaras de tortura y sacaron a la luz archivos de horror y abuso. La sede del Partido Democrático Nacional fue incendiada. Fundado por Anwar Sadat en 1978 y dirigido por Hosni Mubarak desde 1981 hasta 2011, ese partido había dominado la política egipcia durante años.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Lo que ElGendy describe no es solo una crónica personal, sino el retrato de un Estado que convirtió el uniforme en una forma de soberanía y el disenso en material desechable. La consecuencia para el ciudadano común es clara: cuando el aparato estatal se impone sobre la sociedad, la libertad política se encoge y el costo recae sobre quienes no tienen uniforme.
Ese es el desenlace más duro de la historia egipcia que cuenta ElGendy. No es únicamente la caída de una revolución, sino la persistencia de un orden donde la fuerza reemplaza a la rendición de cuentas. Y cuando eso ocurre, el precio lo pagan los presos políticos, las familias de los muertos y una economía nacional que termina cargando con las decisiones de los cuarteles.

